1.

Hay algo excepcional en los tiempos actuales, esto es, en el capitalismo periférico del siglo XXI, el de la crisis financiera internacional. En líneas generales, sería el segundo momento de cambio multiplicador en las identidades político-partidarias desde la caída del muro de Berlín. Entre lo que sucede en América Latina y lo que está pasando  en Europa es evidente que estamos frente a cambios de magnitud en términos de “fronteras políticas”, en lo que tiene que ver con las líneas que definen los discursos, acciones y comportamientos políticos. Quien recibe fuertemente estas consecuencias es, precisamente, la denominada “cultura de izquierda”. Se ha vuelto bastante difícil discriminar una distintiva “cultura de izquierda”, un lenguaje  común, que sea propio de una “visión de izquierda”: por ejemplo, ¿cuáles son los productos artísticos —musicales, pictóricos, literarios— emblemáticamente de izquierda hoy en día? ¿Qué objetualidades/externalidades proyectan esa “cultura de izquierda”? Pareciera que la dispersión de la producción (de signos), propia de esta etapa del capitalismo, que se potencia en este tramo de la historia,  también ha afectado a la izquierda. La “cultura de izquierda” ya no tiene la misma funcionalidad contenedora (identitaria) de antaño; ya no logra convertirse en ese espacio cobertor y organizador que, en términos de una economía psicológica, liberaba posibilidades para otras acciones. En el pasado, ser de izquierda significaba participar de una “cultura de izquierda” que, a través de ciertos elementos, sistematizaba la realidad de determinada forma. Hoy no existen esos elementos univerzalizables.

¿Dónde puede verse más claro este declino de la “cultura de izquierda”? En el debilitamiento del internacionalismo propio de la “cultura de izquierda”, algo que le es constitutivo,  originario. Si la noción de izquierda nace con la Revolución Francesa, lo es también el “impulso universal” que se deriva de la mística de la Declaración. Ya en estos últimos tiempos, y luego de la oxigenación ideológica que supuso el levantamiento zapatista —y luego Seattle o el FSM—, ahora hay una fuerte “retracción” internacionalista. No es una vuelta clásica al nacionalismo, pero es un momento en el que un aspecto clave de la cultura (tradicional) de izquierda queda  relegada.  Supongo  “tradicional”, porque  los procesos  políticos que viven, por ejemplo, varios países latinoamericanos, contienen elementos propios de una “cultura de izquierda”;  y en ese sentido, la anterior “hermandad” de izquierda pareciera proyectarse en la “hermandad” latinoamericana. Pero está claro que son otros vínculos. Este “internacionalismo” en retroceso desvirtúa las formas del siglo XX de lo que se conoció como “solidaridad” de izquierda.

En líneas generales,  hay que admitir que ciertas “tradiciones” se van disolviendo; en ese sentido, habrá que ver en qué medida la tesis de una “crisis civilizatoria” también afecta este plano. La “cultura de izquierda” tal como la conocimos, con la que se socializaron millones (!) de personas durante los siglos XIX y XX alrededor  del planeta pareciera encontrar un punto de freno. Los indignados, las rebeliones árabes  o los movimientos de “ocupación” de los espacios públicos en EE.UU u en otros países, no creo que puedan “encadenarse” entre sí tan fácilmente, como muchos analistas suponen.  Pero lo que tiene menos  sentido todavía es encuadrar  movimientos tan diferentes en el marco de la (anterior) “solidaridad internacionalista” de la “cultura de izquierda”. Eso pareciera corresponder a otra etapa histórica, incluso de la propia izquierda.

Aquella “hospitalidad militante” (de izquierda), que podía explicitarse en circunstancias muy disímiles, tiende a desaparecer. En términos concretos: por ejemplo, cuando se encuentran dos “militantes de izquierda” de un continente y otro, ya no se verifican esos inmediatos  interreconocimientos de empatía directa; se han abierto brechas  culturales que quiebran los pizarrones —para utilizar una imagen de Mao— que antes formaban  a todos (los de izquierda). Ya no hay una línea que marque  una “cultura de izquierda” universal.  Hay (otras) culturas militantes, o subculturas, no estrictamente de izquierda (salvo las formas  de irradiación de los partidos de izquierda)  que generan  esas autoidentificaciones a la distancia, pero no bajo el signo usual de lo que se denominó “cultura de izquierda”. Habrá que ver, entonces, qué pasa con la izquierda sin una propia “cultura”, y sin su inherente internacionalismo.

2.

En el marco de estas transiciones para la izquierda (señaladas  en la respuesta anterior), la perspectiva no puede darse por agotada definitivamente, de ninguna manera. Pueden reconocerse con mayor o menor claridad “decisiones políticas de izquierda” en ciertos gobiernos, pueden  constatarse “discursos de izquierda”, y otras realidades susceptibles de encuadrarse, no sin dificultad, dentro de la noción de izquierda. Es decir, quizás como “cultura de izquierda”, como conjunto de símbolos y signos, se esté agotando, pero eso no quiere decir que la noción de izquierda se anule. Quizás no pueda  transmitirse como cultura, pero existe aún como principio de sistematización de la realidad, a través de cierto enfoque  y aproximación de la dialéctica social.

Tampoco puede  decirse que la izquierda está “refugiada” en alguna actividad concreta o adherida a algún sujeto social específico. Ni que se anide en una profesión, estilo artístico o modelos sociales.

Volviendo sobre el caso argentino, hay que admitir que no es un período de la historia de nuestras formas de comunicarnos, del lenguaje social argentino, que sea propicio para la izquierda, que supone una reflexión, análisis, disposición para la construcción de las respuestas —“sin teoría no hay movimiento”. Hoy en día, los mediadores socioculturales principales son los periodistas, que hablan de todo, y dicen cualquier cosa. En ese sentido, la estructura socio-simbólica es lo menos  favorable  no ya a una “cultura de izquierda” sino siquiera a una “actitud” de izquierda. La izquierda es una reflexión a una situación previa, es la posición alternativa, el paso que viene después, el “sepulturero” de algo que existe: surge como contestación a un punto de partida anterior, como una reflexión sobre lo que está. Es lo que puede ver de otra manera eso que encierra, por ejemplo, el “jeroglífico de la mercancía”. Luego, en el tiempo, habrá una salida práctica oportuna, pero como parte de una contextualización ideativa previa.

Se equivoca la izquierda (argentina, para el caso) si cree que entrando a la velocidad de los canales de información —twitter, redes sociales, televisión, etc.— y adaptándose a esos medios va a resolver la cuestión de su fragilidad en el sistema político o su presencia en el sistema social en general. Todo lo contrario, quizás se diluya aún más lo que es su particularidad: la reflexión, el análisis, el distanciamiento con la realidad. Ser de izquierda es una postura, emblemáticamente, fenomenológica, de procesar la realidad a través de los conceptos. No se debe  perder  de vista esta circunstancia. Y eso es justamente lo que tiene para “ofrecer” en el marco del kirchnerismo: tiene que saber  cómo hacer para aportar aquello que le es idiosincrático. Lo paradojal es que debe hacerlo en el marco de coyunturas y percepciones colectivas que —por circunstancias que no es aquí donde  deban  describirse— se identifican con el kirchnerismo.

El kirchnerismo no es simplemente un determinado gobierno; hay una etapa histórica que puede enunciarse como kirchnerista, en tanto hay trazos y estilos que corresponden a esta época, y figuras públicas emblemáticas, músicas, consumos. Así como hubo una etapa peronista o menemista, también hay una etapa kirchnerista. Incluso buena parte de quienes se reconocen  y se autoidentifican como de izquierda son, en ese sentido, kirchneristas (en la práctica): participan de los circuitos sociales singularmente recreados durante la etapa kirchnerista, sobre todo en lo que tiene que ver con su socialización a través del consumo.

Desde un punto de vista argumental, la izquierda tiene que también poder procesar esto, y no simplemente colocarse por fuera siguiendo lo que es un posicionamiento electoral frente al gobierno. Puede seguir con las disposiciones “tácticas” que quiera pero hace falta que pueda elaborar su aporte “estratégico”, proyectual, ideológico: si los procesos históricos se guían por las determinaciones de los proyectos políticos que lo promueven,  la izquierda tiene que estar en esa elaboración, en ese aporte, en esas ideas constructoras de la dialéctica general. Lo estuvo, a su manera, hace diez años, en el proceso histórico que supuso el 19 y 20 de diciembre del 2001. Puede mantener la distancia que quiera, pero incorporando y metabolizando (desde la crítica) analíticamente la experiencia social de la que participa.  Como siempre ha sido: ser de izquierda es un desafío frente a la realidad, y a las formas de la realidad. Ahora toca superar esta duplicidad y contribuir a elaborar conceptualmente la etapa, a participar de lo que son los proyectos políticos: más que nunca, una “guerra de posiciones”.