El cuestionario parte de una serie de postulados por lo menos discutibles. Ni la relación entre izquierda e “iluminismo” es lineal, ni existe una distancia infranqueable con el historicismo, el nacionalismo o el romanticismo. Por el contrario, estos elementos convivieron siempre en tensión en las diferentes formas concretas que históricamente adoptó dicha “cultura”.

Por su parte, la separación tajante entre izquierda y “cultura peronista”, y el pretendido carácter “hegemónico” de esta última, dicen más sobre  los supuestos de las preguntas que sobre  los problemas aludidos. Reducir analíticamente fenómenos políticos complejos no parece ser la mejor forma de comprenderlos en su despliegue histórico, única dimensión en la que se puede juzgar el sentido de las posturas y acciones que adopta. No percibir la difícil coexistencia en distintas fuerzas políticas de elementos que buscan la transformación de las condiciones sociales, políticas y económicas, con otros dirigidos a su preservación, es negarle a la izquierda una posibilidad clara de intervención. Es no ver que una parte de tales fuerzas ya están dentro del kirchnerismo.

Este cuestionario supone  que existen líneas a priori que la izquierda “debería” adoptar o evitar, de acuerdo  a un curso de acción previamente conocido. Pero el mapa nunca es el territorio; la naturaleza de la política requiere combinar la mirada cenital con una más cercana al terreno sobre el cual se pretende intervenir. Sólo cuando la izquierda intenta traducir su programa  de transformación social y económica en medidas, posturas y acciones concretas, recién en ese momento, empieza a actuar políticamente.

No hacerlo, limitarse a ser una “cultura” crítica, la circunscribe al terreno simbólico. Es sintomático que muchos le nieguen al kirchnerismo lo que no dudaron en otorgarle a los episodios de diciembre de 2001, cuando las potencialidades rupturistas de las consignas pronunciadas fueron leídas como propias de la “cultura de izquierda”. Para esta forma de entenderla, tal cultura es más fácil de encontrar en el registro discursivo que en el de las acciones.

Por el contrario, la experiencia kirchnerista llevó a cierta izquierda a moverse en el territorio mucho más escarpado  de las realizaciones concretas. Pasó a formar parte de un movimiento más amplio que pretende la transformación de las condiciones sociales, aunque para ello deba aceptarlas en gran medida. Esto supuso enfrentar las dificultades y desafíos propios de toda intervención política.

En función de decisiones tácticas, algunas  de sus pretensiones de cambio se dejaron  de lado, siquiera momentáneamente. Para articular acciones con una diversidad de actores sociales, debe convivir con ocasionales “compañeros de ruta” con los que en muchos casos no comparte valores o concepciones del mundo.

Esto también implicó reformular (al menos coyunturalmente) su concepción del Estado como mero agente de reproducción, para apreciar las posibilidades que brinda su manejo en función de objetivos más inmediatos pero, por lo mismo, mucho menos ambiciosos. Y adaptarse a las modalidades de acción de la política de partidos, abandonando el recurso del desenlace  revolucionario o la impugnación global del sistema económico y político.

Desde luego, nada obliga a la “cultura de izquierda” a conformarse a esta aceptación de las áridas condiciones de la política “realmente existente”. Pero el precio a pagar por evitar este gris destino puede ser resignarse a vivir “anidando” en reductos encapsulados, al margen de toda contaminación, siempre idéntica a sí misma. Si en cambio prefiere formar parte del tejido vivo del conjunto social, si está dispuesta a intervenir en él, deberá abrirse a la aceptación de sus condiciones de existencia.

Éstas incluyen elementos culturales que históricamente cierta izquierda ha sido reacia a aceptar, considerándolos simplificadamente como meros  elementos de reproducción de la estructura social. Pero en las condiciones de funcionamiento de la vida colectiva residen también las de su modificación. El peso relativo de los elementos transformadores y conservadores en el kirchnerismo depende del desarrollo de la contienda política, tanto al interior de dicho espacio como frente a sus adversarios externos. No puede ser fijado de antemano, no forma parte de ninguna tradición esencialmente definible. No está determinado.

Si el peronismo ha logrado sobrevivir en el tiempo, tomando hoy la forma de kirchnerismo, ha sido por su capacidad para absorber las tensiones sociales estructurales y canalizarlas en forma política. Por tal motivo, y al igual que todos los fenómenos políticos colectivos de cierta complejidad, es un espacio en disputa. En esta disputa, la izquierda debe intervenir activamente, dentro o fuera del kirchnerismo, pero siempre en su terreno de acción: la lucha política.