1.

Las tradiciones político intelectuales suelen ser un complejo artificio del historiador. Si bien autores y actores declaran  muchas veces por sí mismos esta inscripción, lo cierto es que en general elementos característicos de tradiciones supuestamente antagónicas se encuentran muchas veces yuxtapuestos o hibridados en discursos sincréticos más o menos  acabados.  Hay en la reconstrucción de tradiciones mucho de aquellos  intentos de esbozar tipologías ideales que buscaban construir una síntesis paradigmática a partir de ciertos rasgos distintivos de dudosa  encarnadura empírica. La tradición historicista romántica aparece como el nombre con el que se caracteriza a una serie de discursos que reaccio- naron polémicamente al pensamiento que nutrió las revoluciones de los siglos XVII y particularmente XVIII, comúnmente denominada como tradición ilustrada. La apelación a derechos  universales del Hombre, independientemente de lugar y circunstancias, encontraría un límite infranqueable en la irónica sentencia de de Maistre “no hay hombres en el mundo. Durante mi vida he visto franceses,  italianos, rusos, etc; sé incluso, gracias a Montesquieu, que se puede ser persa: pero en cuanto al hombre, declaro no haber- lo encontrado en mi vida; si existe, es en mi total ignorancia.”

Suele suceder  que nos encontremos con figuras cuyo encasillamiento no resulte tan sencillo como el de un Paine o un de Maistre. El propio Rousseau, verdadero  puente entre ambas tradiciones, debería advertirnos sobre los riesgos de ciertos excesos linneanos. Este rodeo  me permite confesar  sin más cierta incomodidad que siempre me ha producido la sumaria adscripción del pensamiento de izquierda a la tradición ilustrada, un tópico devenido en sentido común. Si cierto es que el ideal de emancipación humana inscribe a la izquierda en la senda iluminista, no menos verdadero es, para dar sólo un ejemplo, que buena parte del holismo del Marx maduro, aquel que en el prólogo  del 59 resalta la coacción social sobre la voluntad humana, abreva directamente, como documentara Engels, en la producción reaccionaria europea de medio siglo atrás. El historicismo marxista que alcanza su máxima expresión en el Gramsci de los Cuadernos fue un intento de producir categorías capaces de mediar entre aspiraciones universales y realidades particulares.

En la realidad argentina esta situación es aún más compleja y ello no sólo por las aristas románticas que rodearon el desembarco de la nominación socialista en estas costas. La creciente separación entre las fuerzas  orgánicas de izquierda y los movi- mientos nacional-populares ha reforzado retroactivamente la imagen de una exclusión que no hace justicia al complejo debate de ideas de las primeras décadas  del siglo pasado,  debate que se reactivaría a fines de los años cincuenta. Como ocurriría poco después en Perú, donde el indigenismo de izquierda y el APRA construirían una filiación en el romanticismo renaniano de González Prada, en nuestro caso, la Reforma Universitaria fue un verdadero laboratorio de esas articulaciones dispares. El antiguo reformista devenido yrigoyenista, Gabriel del Mazo, es tal vez uno de los intelectuales políticos más importantes y relegados por nues- tra historiografía. Reformista de izquierda, construirá en las déca- das siguientes la obra más importante de hibridación entre el decadentismo de matriz reaccionaria y un programa de izquierda democrática. Sus epígonos son los cultores del nacionalismo de izquierda de las décadas  del 50 y 60, de Ramos y Hernández Arregui a Puiggrós y Astesano, quienes navegarían las aguas de la nacionalización de las izquierdas que siguieron a Argelia y Cuba.

Estimo que los puentes entre lo que llamamos  tradiciones encontradas son más amplios que lo que comúnmente se seña- la. En buena medida, es el desplazamiento en la representación de sectores subalternos por fuerzas  que hicieron énfasis en la idea de nación lo que tendió a ocultar esta circunstancia y lo que produjo que la izquierda organizada volviera sus ojos hacia el siglo XIX, en un gesto tan decadentista de encontrar paraísos perdidos como el que crecientemente desarrollaron sus rivales nacio- nal populares respecto de opuestas deidades.

Creo que el escenario intelectual abierto hace unas décadas, con el quiebre de los grandes relatos y la puesta en cuestión de todo universal considerado como un “particular generalizado” potencia los espacios para pensar mediaciones entre ambas tradiciones, entre aquellas aspiraciones universales y realidades particulares que mencionamos.

2.

El primer dato que me parece necesario destacar es que la cul- tura de izquierda permea distintos espacios sociales, culturales y políticos de la sociedad. Desde organizaciones sociales y áre- as del sindicalismo hasta fuerzas político partidarias, están atravesadas por aspiraciones, prácticas y esquemas de comprensión del mundo que reconocen  una raigambre en lo que comúnmente llamamos “tradición de izquierda”. Las organizaciones que se autodefinen como de “izquierda” están muy lejos de monopolizar la representación de un espacio que las trasciende holgadamente y, aunque en alguna oportunidad puedan abrirse a un discurso más amplio y menos excluyente, estimo que esta aparente debilidad de la izquierda organizada es la contracara de una mayor gravitación comunitaria. Cualquier cartografía de la izquier- da que intente ubicarla en espacios excluyentes: el oficialismo o la oposición, el sistema político o la sociedad, es una empresa hoy destinada al fracaso. Del oficialismo al FAP y el FIT o inclu- so franjas del radicalismo, de organizaciones sociales territoriales a comisiones internas, cierta sensibilidad de izquierda tanto en su formato tradicional como en versiones hibridadas en cierto nacionalismo popular, parece un dato incontestable. La heterogeneidad es muy amplia, al punto de que distintas franjas del pensamiento de izquierda encuentran una mayor comunidad en la acción con sectores ajenos  a ese universo que entre sí mismas, un dato que no es una exclusiva novedad argentina ni latinoamericana.

El actual oficialismo nunca monopolizó la representación del peronismo. Junto al más evidente aporte de la izquierda nacional- popular cobijó cuadros y organizaciones provenientes de la izquierda reformista que sufrieron la frustración de experiencias coalicionales previas. Ello parece un dato insoslayable de la experiencia iniciada en 2003 independientemente de cualquier metamorfosis que pueda tener lugar en nuestros días.

Indudablemente, cierta mayor plasticidad de las experiencias nacional-populares para vertebrar identidades que superasen el esquema económico corporativo tendió a marginalizar tanto a las organizaciones de la izquierda tradicional como a sus intelectuales políticos. En ese marco, su devenir fue dispar: algunos se sumaron a los movimientos nacional-populares impregnando con diverso grado de fortuna su devenir (en el caso del peronismo esta incorporación tuvo un papel fundacional en un movimiento ciertamente polifacético), otros optaron por la tan mesiánica como trágica práctica del entrismo; finalmente, quienes se mantuvie- ron al margen de las nuevas experiencias corrieron dos riesgos: ensayar un decadentismo que añoraba  la Argentina prepopulista quedando diluidos en la dinámica de la polarización como acto- res menores  de una reacción tradicional, o, por el contrario, tratar de sostener la identidad en una apuesta catastrófica a la espera de una oportunidad siempre esquiva.

Tal vez, el principal problema  de una izquierda que permea importantes espacios de la sociedad y la política argentina no sea ni su dispersión ni su heterogeneidad. Tampoco su ubicación en el oficialismo ni en la oposición, sino su creciente incapacidad para construir  poder  desde  el llano, o para expresar  una voz nítida desde  un poder  en el que no pocas veces consume  sus días en batallas ajenas.