Este 7 de julio se celebró un nuevo Día Internacional de la Conservación del Suelo, una fecha establecida por un decreto presidencial en 1963 sobre un tema que hoy se encuentra en el centro de las preocupacones de los movimientos ecologistas. La relevancia de este día se acentúa por el ininterrumpido deterioro y desertificación de los suelos a consecuencia de las políticas predatorias del capitalismo.

En nuestro país, el 75% del territorio está sujeto a procesos erosivos causados por las actividades agrícolas, ganaderas y forestales. La desertificación es el resultado de fenómenos naturales que pueden agruparse en tres grandes categorías: la deforestación, el uso desequilibrado del suelo y el mal uso de la mecanización.

El factor suelo es de suma importancia ya que, según el Programa para Naciones Unidas y Medio Ambiente, también el empeoramiento de los niveles contaminación del suelo implica una amenaza para la producción de alimentos y los ecosistemas en el futuro.

En nuestro país se aprobó el año pasado el uso de uno de los grandes contaminante del suelo, el glufosinato de amonio, que representa una amenaza para el medio ambiente porque acaba con la biodiversidad y con la biota en los suelos.

Una verdadera preocupación en relación con el cuidado de los suelos no pasa por la institucionalización de un día dedicado a una serie de reflexiones generales sobre el tema sino que requiere profundas transformaciones económicas y políticas, que implican un cuestionamiento radical a las lógicas extractivistas que se siguen avalando desde el Estado nacional, tanto en lo que hace a megaminería como a pesca o agricultura.

¡Basta de depredación medioambiental!