El presente texto,  elaborado hace más de un año,  es parte de un intercambio epistolar entre Ernesto Manzana y Aldo Casas, ambos destacados militantes provenientes del MAS.  Ambos  participan hoy del colectivo editor de la revista Contra-Tiempos.  La primera parte de este intercambio puede encontrarse aquí: http://www.democraciasocialista.org/?p=938

El libro de Aldo Casas puede consultarse aquí: http://www.editorialelcolectivo.org/ed/images/banners/_los.pdf

2. Segunda parte:  

 Chávez y sus amistades  peligrosas

 por Ernesto Manzana

 

2.1. La controversia.

Finalizada la crítica a “Los desafíos…”, retomo la discusión sobre el apoyo público, incondicional, reiterado, que Chávez dio a Gadafi, primero, y luego a Al-Assad, el carnicero sirio. Lamentable postura en la que el líder venezolano fue (y es) acompañado por el resto de los miembros del ALBA.

Con este fin, comienzo por decir que el intercambio epistolar entre Aldo y yo fue intermitente y breve. Además, al principio se limitó al tema arriba mencionado. Pero, tal como Aldo lo señala en la carta reproducida al inicio de este escrito, detrás de mi crítica puntual había diferencias más generales sobre la caracterización y política que el Frente Popular Darío Santillán (FPDS) tiene respecto a Venezuela y el ALBA. Por ello me veo en la necesidad de “tomar el toro por las astas” e intentar presentar mis cuestionamientos y diferencias de una forma más amplia y sistemática.

Sin embargo, no tengo la peregrina intención de escribir un “tratado” acerca del proceso venezolano. Esto por dos razones, la primera y más importante es que no he podido estudiar la cuestión en profundidad ni he reunido la información suficiente como para hablar con rigor y seguridad; por otro lado, aquí solo pretendo comenzar un debate; que, por encima de todo,  espero sea constructivo y abierto. Lo último que desearía es “romper puentes” con Aldo y demás camaradas del FPDS, corriente a la que respeto e, incluso, con la que acuerdo en varios otros temas [1].

Por tanto, en lo que sigue sólo trataré –quizás en forma algo desordenada- aquellos temas que, a mi entender, están en el núcleo de la controversia. Incluso, en algún caso, reproduciré frases de la carta de Aldo y, a partir de ellas, haré mi “descargo”.

Un acuerdo fundamental: repudio sin miramientos a la política de Chávez en Medio Oriente y el Magreb.

“… vos sabés lo que podemos decir y decimos sobre el asunto: es una posición desastrosa, que profundiza y agrava la que adoptaron frente a la guerra civil en Libia…”

Así respondió Aldo a mi consulta acerca de que opinión le merecía el viaje de los cancilleres del ALBA a Damasco para dar su apoyo incondicional “en vivo y en directo” al genocida Bashar al Assad.

Incluso en el propio libro, en p. 51-52, Aldo manifiesta su claro rechazo a la postura de Chávez hacia Gadafi.

Es decir, para mí no hay dudas que Aldo está totalmente en contra del comportamiento político que Chávez y el ALBA están teniendo en el Mundo Árabe, esa zona tan gravitante en el actual escenario de la lucha de clases internacional.

 

Que Aldo y yo estemos de acuerdo sobre esta cuestión me parece sumamente importante. Y me interesa destacarlo. Mas que nada por las circunstancias en que se da.  Me refiero al hecho, muy lamentable, de que amplios sectores de la izquierda mundial se han mostrado dubitativos a la hora de respaldar las importantes rebeliones populares que han estado produciéndose en esa región; insurrecciones de masas que han ofrendado centenares y miles de vidas en su desesperado intento por sacarse de encima esa caterva de dictaduras terribles, monarquías y gobiernos cívico-militares ultra-corruptos y represivos que por décadas han oprimido a los pueblos de esos países.

La confusión (o, peor aún, el posicionamiento equivocado) por parte de un sector de la izquierda se ha debido, sin dudas, a múltiples causas. Pero hay una que me interesa remarcar: muchos dentro del movimiento anticapitalista persisten en no valorar las luchas de las multitudes por las libertades públicas y la democracia política. Para estos sectores el hecho de que, por ejemplo, el pueblo tunecino, egipcio, libio, sirio, etc. luchen “solamente” por más libertad y más democracia, les parece poco importante. Hasta le genera “sospechas” acerca de si “el imperialismo” no estará utilizando esas banderas para manipular dichos movimientos.

Acepto que ningún proceso político-social es lineal, y que conflictos como el que se produjo en Libia, con participación directa de la OTAN, son difíciles de discernir, más para alguien que está a miles de kilómetros del lugar de los hechos. Pero también es necesario decir que gran parte de la izquierda renguea siempre del mismo lado: la minusvaloración, hasta el  desprecio, de las libertades democráticas. Un error que se paga muy caro pues aleja a  las masas del socialismo desde el momento que aquellas (las multitudes, los trabajadores, los pueblos) sí valoran mucho la libertad y la democracia, ¡más aún cuando no la tienen!. Y este error, que se reitera sin solución de continuidad, deja en evidencia que la nefasta deformación que el estalinismo introdujo en el movimiento anticapitalista –esa concepción autoritaria; burocrática; heterónoma; de “socialismo desde arriba”; con una visión instrumental de las libertades democráticas; etc.; etc.- no está erradicada de las filas del movimiento, ni mucho menos.

En la izquierda latinoamericana esta confusión y ambigüedad en relación a la lucha democrática de los pueblos árabes ha resultado aún más evidente desde el momento que el líder “bolivariano” y la dirección cubana se colocaron en la misma vereda que dictadores nefastos, como Gadafi y Al Assad.

Es, entonces, en este cuadro de situación tan complejo, que considero sumamente importante la toma de posición de Aldo; coincidente con la mía.

Y voy un poco más allá. Este acuerdo político concreto enmarca y, en cierta forma, le pone límites a las diferencias que en un plano más general y de largo plazo se producen entre nosotros respecto al chavismo. Dicho de otra forma, los desacuerdos respecto a la caracterización del gobierno venezolano y sobre la política a seguir hacia él –desacuerdos que, como podrá apreciarse enseguida, son fuertes– no me hace perder de vista que, aquí y ahora, Aldo y yo estamos de acuerdo en un tema crucial [2].

2.2. La caracterización

“…Nuestras diferencias no radican allí. Nuestras diferencias radican 1) en la caracterización de procesos como el boliviano o venezolano, 2) en como caracterizar el rol de la dirección de los mismos y 3) como ayudar al desarrollo de organizaciones autónomas con una estrategia de construir poder popular…”

De los tres puntos enumerados por Aldo, dejaré el último para más adelante. Aquí me centraré en las cuestiones de análisis.

2.2.1. El presente

Existen evidentes vasos comunicantes entre la situación venezolana y otros procesos latinoamericanos. Lo que justificaría echar una mirada general sobre la región antes de adentrarse estrictamente en el caso venezolano. Eso aquí no es posible, pues el escrito se haría interminable. Por la misma razón haré abstracción de lo que está acaeciendo en Bolivia, a pesar que Aldo lo menciona especialmente en su carta [3].

El proceso revolucionario venezolano

Así que me concentraré en Venezuela. Al respecto, comenzaré por decir lo siguiente: para mí no existe la menor duda que en el país caribeño se está viviendo un importante proceso revolucionario. Un largo y profundo proceso revolucionario.

Y es así porque reúne los dos rasgos más salientes de toda revolución[4]: (1) una agudización de la lucha de clases y (2) la irrupción en gran escala de los trabajadores y el pueblo en la vida política. Una participación que no solo vale desde el punto de vista cuantitativo (el hecho de que decenas de miles, millones, de venezolanos se han convertido en actores directos del drama político sino, lo que es más importante, porque ellos -los trabajadores, campesinos, y pueblo todo– han desplegado en muchos momentos del proceso un alto grado de auto-actividad y se han agrupado en organismos e instituciones autónomas (o casi-autónomas). La descripción que hacen los que conocen el proceso de cerca es coincidente: ha habido multitud de casos de “comités de fábrica” para ejercer el control obrero de la producción; organismos populares con variadas funciones en los barrios; agrupamientos campesinos para llevar adelante la reforma agraria; cooperativas de producción; etc.; etc.

Muchos de estos movimientos y organismos han sido impulsados desde arriba, desde el gobierno y, en ese tren, se ha intentado ejercer un control sobre ellos; pero otros han sido espontáneos y muestran una gran vitalidad y potencia. En suma,  en Venezuela asistimos al  clásico proceso de emergencia  de un “contrapoder” o un “doble poder” (según la terminología del marxismo clásico) que busca abrirse paso como sea entre el complejo entramado -material e ideológico- que el capitalismo ha montado por siglos para mantener su dominación. Esta tumultuosa auto-actividad de los oprimidos venezolanos no ha sido permanente ni creciente, sino con altibajos dado la extensión temporal del proceso; pero eso no la desmerece ni mucho menos. Lo importante es que existe, está allí, y tiene mucho que decir de cara al futuro.

Digresión metodológica: El accionar de los trabajadores y el proceder de sus dirigentes: juntos pero no revueltos.

Antes de examinar al “sujeto político” del proceso venezolano (es decir, su dirección: Chávez y el gobierno “bolivariano”), me interesa despejar un equívoco que Aldo desliza en algún momento de su carta. Dice:

“…pretendés que se juzgue y condene en un solo paquete a Chávez y al complejo y riquísimo proceso de movilización y organización popular venezolano… porque Chávez apoya a Assad..” (resaltado por mí, EM).

El problema en esta frase es que Aldo pone un signo igual entre Chávez y la revolución “por abajo”. O dicho de otra forma: para él un proceso revolucionario y su dirección son lo mismo. De allí que si alguien critica a la dirección – en este caso, la política de Chávez- estaría cuestionando a todo el proceso revolucionario venezolano.

Sinceramente, en lo que a mi respecta la considero una crítica gratuita. Pero, además, si se la considera en términos generales, resulta una concepción teórico-política sumamente equivocada.

Es una crítica gratuita desde el momento que yo siempre reconocí que en Venezuela hay un importante proceso revolucionario (cosa que vuelvo a hacer en el apartado anterior). Así que no entiendo de donde sacó Aldo que yo “condeno” (o minusvaloro) al proceso revolucionario de conjunto.

Pero, además, resulta políticamente erróneo (hasta peligroso) utilizar un argumento como el que aparece en la carta. La complejidad, la dialéctica de los procesos revolucionarios  en el capitalismo  lleva a que, en términos generales, la lucha y las necesidades de las clases oprimidas no necesariamente coincidan con las direcciones políticas que las mismas masas encumbran. En algunas de las revoluciones más conocidas de la historia –más que nada en aquellas donde el accionar autónomo de los trabajadores y demás sectores populares jugó un papel determinante- la escisión  entre el “sujeto social” y el “sujeto político” fue muy notable; por ejemplo, la revolución rusa de 1917 y la revolución española en los treinta del siglo pasado. En esos casos, el hecho que algún militante o corriente política revolucionaria criticara a las direcciones y a los gobiernos que conducían la revolución no implicaba que estuviese atacando a la revolución de conjunto. Lenin, luego de la revolución de Febrero, machacaba sin piedad al Gobierno Provisional de Lvov o Kerensky y, a la vez, impulsaba la movilización obrera y popular y el “doble poder”. En España, la crítica a la política desastrosa de los gobiernos republicanos (crítica que realizaron amplios sectores del anarquismo, los poumistas o el propio Trotsky), no significaba atacar a la revolución sino todo lo contrario: era esencial para tratar de evitar su derrota.

Por supuesto, puede haber situaciones revolucionarias donde la dirección esté en consonancia con los intereses de los trabajadores y el pueblo. Y Aldo tiene todo el derecho de opinar que hoy día en Venezuela es eso lo que sucede (es decir, que la política de Chávez está en una completa sintonía con el contrapoder de las clases trabajadoras). Vale… Pero eso no es, repito, lo que cuestiono aquí. Mi rechazo apunta a su exigencia de que los demás  -los que no apreciamos las cosas de la misma manera que él- estemos obligados a meter en la misma bolsa (“en un solo paquete”) a la dirección (Chávez) y a la revolución venezolana; de tal manera que si nos atrevemos a criticar a Chávez cometeríamos el pecado de “condenar” al proceso revolucionario de conjunto.

Chávez y su gobierno

Dicho esto, intentaré esbozar algunos elementos de caracterización de Hugo Chávez y el gobierno que él preside.

En este sentido, lo primero que debe reconocerse es que en el  proceso revolucionario venezolano el papel de su dirección indiscutida, Hugo Chávez, es determinante. Además, el proceso, en gran medida, se ha estado  desarrollando a la sombra de su gobierno. Así, caracterizar al chavismo –la dirección de los trabajadores y el pueblo venezolano-, implica elucidar y definir al propio gobierno “bolivariano”.

Es cierto que “el Caracazo” de 1989 resulta un antecedente clave en toda esta historia. Pero en un primer momento ese tremebundo estallido social no tuvo continuidad. No se plasmó en un proceso de movilización y autoorganización de las masas sistemático y consistente. El movimiento se hará realmente visible (con una fisonomía definida) a partir de la emergencia de la figura de Chávez. En este sentido se puede decir que el elemento catalizador provino de “arriba”, desde una institución clave del Estado, las Fuerzas Armadas. (Recordemos que Chávez adquiere gran notoriedad a partir del fracasado intento de golpe de Estado que protagoniza en 1992, contra Carlos Andrés Pérez) Pero, además, en un primer momento, todo estará mediado por el mecanismo institucional de la democracia capitalista: Chávez decide presentarse a las elecciones presidenciales de 1998, lo que desatará un gran entusiasmo en amplios sectores de los trabajadores y en muchos partidos políticos “progresistas” y de izquierda, que se encolumnarán tras él. Gana ampliamente las elecciones y de esa forma llega al gobierno. Sus primeros pasos fueron más bien moderados. Es cierto que impulsó la movilización popular y tomó medidas favorables al pueblo, pero sin demasiado ruido. Incluso el énfasis estará puesto en impulsar una Asamblea Constituyente. Una medida que, si bien tiene algunos rasgos peculiares, no se aparta un centímetro del marco democrático burgués.

El salto se produce con la reacción popular ante la intentona golpista de 2002. Será a partir de esa gran lucha cuando se conformarán todo tipo de organismos de autoorganización de los trabajadores y el pueblo. (En esos meses hubo en realidad un doble triunfo pues, luego de derrotar al golpe, los trabajadores enfrentaron exitosamente el sabotaje-paro de los altos cuadros de PVDSA)

En esta nueva situación –una situación claramente revolucionaria- el papel del gobierno será contradictorio respecto al “contrapoder” emergente: el gobierno lo impulsará a la vez que intentará controlarlo. Será un doble juego. Desde las tribunas, Chávez como líder carismático –y en un “diálogo” directo con la multituddará manija a la movilización y organización del pueblo mientras que, en forma paralela y simultanea, el “movimiento bolivariano”, férreamente controlado por él, se irá consolidando como un inmenso aparato burocrático que todo lo controla y corrompe.

El propio Chávez, prácticamente desde el primer momento, asumirá una impronta marcadamente caudillesca, omnipresente. Este papel, con  reminiscencias del “culto a la personalidad”, no es un dato secundario. Al menos en mi opinión. Pues refuerza los rasgos heterónomos que desde la cúpula se le intenta dar a todo el movimiento con la estructura burocrática de control, cooptación y corrupción.

Las medidas económicas

Paralelamente, el gobierno de Chávez desarrolla una política económica de rasgos claramente estatalistas. Sin embargo, con ser un dato importante a la hora de ajustar la definición del régimen chavista, es de hacer notar que el rol decisivo del Estado en la economía no es, en Venezuela, una originalidad de Chávez. No hay que perder de vista que en los años setenta la burguesía de ese país se embarcó en un proceso de estatizaciones, comenzando por la industria petrolera. Convirtiendo al Estado en un poderosísimo actor económico [5].

En este sentido, quizás se ajuste más a la realidad evaluar la aparición de Chávez como expresión de sectores al interior del Estado opuestos al curso privatista que la mayoría de la burguesía inició a fines de los ochenta, cuando el petróleo tuvo una importante caída de su precio, lo que, a su vez, llevó a una brusca crisis del (presupuesto del) Estado.

El propio CAP –Carlos Andrés Pérez- quien en su primer mandato había sido el “campeón” del nacionalismo (uno de los héroes “antiimperialistas” para muchos sectores progresistas y de izquierda de la Latinoamérica de aquellos años) fue quien emprendió el camino inverso lanzando un brutal “paquetazo” neoliberal. Pero allí se estrelló, primero, con la ira popular que llevó al Caracazo y, después, con la reacción de un sector de las Fuerzas Armadas (y, muy posiblemente, de otros sectores de la burocracia estatal) quienes realizaron la intentona golpista de 1992, levantando las banderas del “nacionalismo” y la “defensa del Estado”; las mismas banderas que CAP había esgrimido dos décadas atrás y que ahora había abandonado.

Por otro lado, esta orientación estatista del gobierno de Chávez ha sido acompañada por una política de distribución del ingreso, con sensibles mejoras en el nivel de vida de los sectores bajos de la población (la clase trabajadora y una muy amplia franja de sectores sub-ocupados, cuentapropistas y desocupados; franja, esta última, muy numeroso en la estructura social venezolana). No ha significado un vuelco notable en la situación, pero todos los datos estadísticos serios muestran que, considerando la última década, Venezuela ha sido entre todos los países latinoamericanos donde más ha mejorado la calidad de vida de las clases trabajadoras y donde más ha disminuido la desigualdad social [6].

Alza de los precios del petróleo y fortaleza del régimen

La reivindicación del estatismo y del nacionalismo de Chávez fue, en los noventa, esencialmente “defensivo”; una reacción contra el plan de privatizar PDVSA que intentaron los últimos gobiernos del Pacto de Punto Fijo. Pero, al poco tiempo de asumir, el petróleo en manos del Estado se convirtió en su mayor baza. Es sabido que desde fines de los ochenta los precios del petróleo tuvieron un ciclo bajista de más de una década. Fenómeno que, sin dudas, fue el telón de fondo del proceso de crisis y descomposición que vivieron los gobiernos de ese período. Pero a poco de asumir Chávez la situación sufrió una brusca voltereta y el petróleo (como todas las materias primas) inició un período de altos precios. En 1999, primer año de Chávez, el petróleo venezolano estaba a 16 dólares el barril, en 2008 había superado los 80 (casi 6 veces más…), y si bien bajó algo por la crisis de ese año, luego se recuperó y sigue en valores muy altos. Así, sin haber aumentado ni la producción ni la exportación del crudo, Venezuela ha obtenido en esta última década un ingreso excepcionalmente alto por la renta petrolera [7]

Aquí no me voy a detener en este punto, pues me llevaría mucho tiempo. Además, a grandes rasgos es un tema conocido. Solo me interesa subrayar que la fortaleza política del gobierno de Chávez está íntimamente ligada a este nuevo “boom” petrolero de la primera década de este siglo. Además, el gran salto en los ingresos del Estado (y en la entrada de divisas, ya que el grueso del crudo se exporta)  otorga al gobierno “bolivariano” una gran libertad de movimientos para orientar la política en el sentido que él crea mejor. (O, dicho de otra forma: lo que hizo o dejó de hacer Chávez en todos estos años no ha estado condicionado por limitantes económicas)

Definición social del régimen chavista

Decía más arriba que los primeros pasos del gobierno de Chávez fueron más bien cautelosos. Así, en los primeros años, el foco del interés político estuvo puesto en la reforma constitucional y en una seguidilla de elecciones que Chávez ganó ampliamente. Pero a partir del intento de golpe por parte de gran parte de la burguesía, el gobierno irá mucho más a la izquierda. Esto se manifestará en tres aspectos fundamentales: por una parte, se apoyará en la movilización directa de las clases trabajadores, impulsando o permitiendo (o un poco de ambas cosas…) las acciones de autoorganización, de autogestión, de control obrero, etc. Paralelamente incrementará su curso estatista.  Por último, mostrará mayor firmeza en la arena internacional, confrontando abiertamente  con EE.UU e impulsando una política de integración latinoamericana más decidida.

También será en esos años cuando Chávez pondrá mayor énfasis en su discurso “socialista” (lo que él llamará “socialismo del siglo XXI”) y en sus críticas al capitalismo.

Por todo esto es que en sectores de la izquierda comenzó a hablarse de que en Venezuela los límites del capitalismo habían sido superados, que el “socialismo del siglo XXI” no eran palabras a futuro sino una realidad.

En principio, mi impresión es que hoy por hoy esto no es así. Que el Estado venezolano sigue siendo capitalista. Por supuesto, con una impronta estatal muy fuerte. De allí que podríamos hablar de un capitalismo de Estado.

Todas las fuentes que he consultado coinciden en que el carácter capitalista de la formación social venezolano resulta bastante evidente: por ejemplo, en 2010 el sector público representaba el 30 % del PBI  y empleaba a menos del 20% de la fuerza laboral [8]. Estos porcentajes están en la media de cualquier país capitalista “normal”.

Estos datos son de 2010 y 2008 respectivamente. Sin embargo, informaciones más recientes indicarían que las cosas no han cambiado significativamente. Por ejemplo, Carlos Miranda uno de los dirigentes de Marea Socialista, corriente que forma parte del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), señala en un artículo de hace pocos meses que: “En doce años de gobierno Bolivariano el sector capitalista privado de la economía nacional ha crecido mientras que el sector estatal y el social han disminuido su peso…” [9]

Pero, además, desde el mismo riñón del estado chavista se han desarrollado nuevos sectores burgueses. Es la ya “célebre” boliburguesía: burócratas de todo laya que aprovechando su ubicación privilegiada en las altas esferas del poder (sea el propio gobierno nacional, gobiernos locales, empresas estatales, las fuerzas armadas, incluso altos cargos en el PSUV o en los sindicatos chavistas, etc.) se dedican a realizar pingües negociados, armando empresas propias que se enriquecen a la velocidad de la luz esquilmando al mismo estado que dicen defender [10].

Es cierto que el presente ciclo político venezolano no puede darse por cerrado. Ya he dicho antes que hay una situación revolucionaria, y eso le da una gran fluidez a todo el proceso. También acepto que, a escala de un estado-nación, suelen producirse momentos –coyunturas- de gran complejidad y originalidad, donde los límites políticos y sociales se difuminan tanto que resulta difícil definirlos y, por lo mismo, “cerrar” una caracterización (es decir una caracterización de clase, en el sentido marxista). Por ejemplo, fue muy difícil para los marxistas de aquellos años determinar el carácter de clase de la Yugoslavia de Tito, posterior al triunfo de la guerra de liberación contra la ocupación nazi (En general sucedió lo mismo con la aparición, en ese mismo momento, de las demás “democracias populares” del Este de Europa). O, por citar otro caso emblemático: ¿cómo habría que haber definido a la Argelia de los primeros años posteriores a la retirada francesa, la Argelia de Ben Bella? ¿O los casos de Angola y Mozambique en los primeros tiempos de su independencia, cuando aparecían como gobiernos con un fuerte discurso socialista, íntimos aliados de la URSS y de Cuba, etc., etc.?

Algo de esto existe con el “caso” venezolano actual. Y no se puede descartar que en un futuro el proceso evolucione por izquierda y desemboque en un Estado poscapitalista.  Al respecto diré algo unas líneas más abajo; pero, mientras tanto, me interesa remarcar que hoy la caracterización resulta bastante nítida: la formación social venezolana, y el propio estado chavista, no ha rebasado los límites del capitalismo.

Dentro de esta definición general de estado burgués, podemos –y debemos- agregar una serie de rasgos específicos, para ajustar mejor el análisis: por ejemplo, lo ya dicho de que hay una fuerte presencia del Estado en la economía, de tal manera que podríamos hablar de un Capitalismo de Estado. No tanto por el peso relativo del sector público en la economía, que no es mayoritario, sino por tener el control total de la producción petrolera, una rama de la producción cuya importancia es descomunal dentro de la estructura económica del país.

Otra característica del gobierno chavista es su clara actitud de favorecer la mejora del nivel de vida de los trabajadores y demás sectores populares. En este sentido se puede hablar de un gobierno burgués “progresista”; “keynesiano” o, si se prefiere, “populista”.

En este terreno es donde aparece uno de los rasgos más peculiares del chavismo -rasgo que, por otra parte, es el que más impresiona a los grupos y corrientes que lo apoyan desde la izquierda revolucionaria-. Y es que, dentro de su búsqueda de consenso entre los sectores populares, el gobierno de Chávez ha establecido una relación “amigable” con el “contrapoder” obrero y popular. Aunque, dicha “cercanía” no implica que lo impulse abiertamente: la relación es ambigua. A veces le ha dado manija, otras veces no tanto… y siempre ha hecho lo imposible por controlarlo e integrarlo al aparato de Estado [11].

Por último, la composición social del movimiento chavista -si consideramos a Chávez y a su cúpula- se caracteriza por provenir de las filas de la burocracia del Estado, las Fuerzas Armadas en primer lugar. Como ya he dicho en otro lado, la existencia de un “estado fuerte”, fruto de la cuantiosa renta petrolera, es de larga data en Venezuela. Por tanto, el funcionariado siempre ha sido numeroso y con un peso político destacado[12].  Este Estado relativamente hipertrofiado tuvo sus más y sus menos, justamente en función de las fluctuaciones del precio del crudo; pero aún en los momentos de mayor presión de las políticas neoliberales (finales de los ochenta y década del noventa del siglo pasado) no sufrió un desmantelamiento irremediable, ni mucho menos. De allí que no puede sorprendernos encontrar sectores de esa burocracia que bregan, decididamente, por políticas “estatistas”; pues más allá de cualquier consideración ideológica (que seguramente existe) va en ello la defensa de su privilegiado status.

2.2.2. El futuro

Ahora bien, la caracterización del Estado venezolano actual y el carácter de clase del chavismo arriba señalado, no significan que –vuelvo a decirlo- estemos ante una situación bloqueada, irreversible. Tal como están las cosas, no se puede descartar que la revolución bolivariana avance en un curso de ruptura con la burguesía, hacia un Estado poscapitalista.  Incluso podría darse el caso que esa ruptura con la burguesía la lleve adelante el propio gobierno chavista.

Todo dependerá de la lucha de clases. Si ésta se agudiza a niveles extremos (sea –“por izquierda”- si se produce un nuevo salto en el accionar de los trabajadores o –“por derecha”-porque la burguesía y Estados Unidos vuelven a las andadas e intenten, otra vez, una salida militar; etc.) la posibilidad de que el proceso “salte” los límites del capitalismo –tanto a nivel estatal, como social-, para nada se puede excluir. Además la experiencia histórica está a favor de esta hipótesis, ya que en el pasado se produjeron procesos que tuvieron ese recorrido: varias de las revoluciones anticapitalistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial comenzaron con gobiernos que proclamaron su intención de mantenerse dentro de los límites del capitalismo (incluso lo hicieron durante un cierto tiempo), pero las contradicciones objetivas extremas llevaron a que eso resultara imposible de tal forma que terminaron reconvirtiéndose en estados poscapitalistas.

Conjeturas de un futuro incierto

Asumiendo, entonces, que en Venezuela es posible una deriva poscapitalista, hay un par de cosas que no puedo dejar de decir al respecto.

En primer lugar, es necesario no perder de vista que estamos hablando de posibilidades a futuro, de hipótesis, de conjeturas. Que no se pueden confundir con la caracterización actual. Dicho de otra forma: “el socialismo del siglo XXI” es música del futuro; hoy por hoy el régimen venezolano sigue siendo capitalista.

Con el agregado de que Chávez lleva gobernando más de una década, por tanto sus rasgos actuales están bastante consolidados. Más aún, parece ser que en los últimos dos o tres años el curso más bien ha ido para “atrás”, es decir hacia  un reforzamiento del carácter capitalista del Estado (Esto dicho no por “sectarios empedernidos” sino por compañeros que se reivindican chavistas o que tienen una gran afinidad con él, como los nombrados Carlos Miranda y Roland Denis…[13])

Entonces, ¿es posible que el régimen chavista se transmute en un Estado poscapitalista? Teóricamente sí. Pero hoy por hoy no es lo que está sucediendo. Ni siquiera se avizora como una dinámica probable en el corto plazo.

Y, desde el punto revolucionario, nunca es bueno confundir el análisis concreto de la realidad con difusas conjeturas o aspiraciones de deseos…

Ejercicio de “futurología”: Al menos tres posibilidades de cambio político-social

En segundo lugar, y ya entrando de lleno en el terreno de las conjeturas acerca de cómo podría producirse en Venezuela la ruptura con la burguesía, me interesa señalar que el proceso puede tener múltiples alternativas. Digo esto porque he notado que entre los sectores de izquierda que simpatizan con Chávez se baraja prácticamente una única hipótesis: consideran que, en función de la relación tan particular que existe entre el gobierno de Chávez y el contrapoder popular, aquél (es decir, el gobierno bolivariano) hará el papel de mediador (facilitador) para la emergencia de un verdadero estado obrero transicional al socialismo, con los trabajadores autodeterminados ejerciendo el poder real [14].

Pero cualquiera que examine el problema a fondo percibe, inmediatamente, que esa no es la única posibilidad (ni siquiera la más probable, agrego yo…). Hay una multiplicidad de caminos que pueden llevar a Venezuela a un Estado poscapitalista.

Y, en tren de esquematizar, hay tres muy claras:

=> 1ª Hipótesis: El actual gobierno chavista rompe con la burguesía  manteniendo un control férreo sobre las organizaciones populares. El resultado es un Estado poscapitalista de tipo burocrático (similar a lo sucedido en las revoluciones de la segunda posguerra: China, Yugoslavia, etc.)

=> 2ª Hipótesis: El contrapoder obrero y popular avanza de manera incontenible, pasando por encima del propio gobierno chavista que se resiste al desarrollo del movimiento autodeterminado de los oprimidos: el resultado es un gobierno (y un Estado) obrero revolucionario en transición al socialismo basado en la autoorganización democrática de los trabajadores.

=> 3ª Hipótesis: El contrapoder obrero y popular avanza de manera incontenible pero, en este caso, en armonía con el gobierno de Chávez quien hace las veces de un “mediador evanescente”: el resultado es un Estado en transición al socialismo con formas peculiares pues durante algún lapso coexistirá el poder obrero de las masas autodeterminadas con un gobierno chavista en retirada.

Esta tercera alternativa es la que, como señalé arriba, barajan las corrientes autonomistas revolucionarios que, a la vez, apoyan a Chávez.

La pregunta que me hago es Por qué sólo consideran esta tercer variante. Por qué no considerar las otras dos que, al menos desde la lógica de la teoría política marxista (y la experiencia histórica) son las que tienen más posibilidades.  Pues sería realmente un hecho completamente imprevisto que una burocracia gobernante (por más de “izquierda” que sea) acepte ceder el poder a los trabajadores auto-determinados. Repito: no digo que sea imposible; ¡cosas más insólitas e imprevistas ha dado el proceso histórico! Pero convengamos que de las tres hipótesis arriba enumeradas, es la más extraña, la menos probable de las tres.

2.2.3. Cuba, el modelo de “socialismo” que reivindica Chávez

A fin de completar la caracterización del chavismo resulta necesario hablar de Cuba. No solo por los lazos estrechos que existen entre Chávez y la cúpula cubana. Hay un par de razones más, ambas claves en esta controversia. Por una parte, el tema Cuba está en íntima relación con el tema tratado en el apartado anterior. Pues  pocos pueden dudar que si Chávez finalmente se lanzase a un curso de ruptura con el capitalismo, tomará a Cuba como modelo a seguir.

Por otro lado, está el hecho evidente de que las corrientes anticapitalistas que se reivindican simpatizantes del chavismo, también lo son del castrismo. Tal el caso del FPDS.

En suma, Cuba no se puede pasar por alto en este debate…

Una aproximación a la definición de clase del Estado cubano

Sobre Cuba hay toneladas de cosas por decir. Lamentablemente aquí no es posible hacerlo, así que me limitaré a tocar dos o tres puntos que considero insoslayables.

Primera cuestión: ¿Qué es Cuba como formación económico-social? ¿Cuál es la definición de clase del Estado cubano?

Para esto tomaré como punto de partida el libro de Aldo. Y lo haré en dos sentidos. Por una parte porque usaré las categorías político-sociales que él maneja allí. No solo porque analíticamente comparto tales categorías; creo, además, que apelando al mismo lenguaje, resultará más fácil contrastar los distintos puntos de vista [15].

Pero, además, me interesa usar al libro como referencia porque allí, sorprendentemente, se esquiva una definición de clase del Estado cubano. Por caso, en el único lugar que se habla directamente de Cuba, en página 52, se la nombra de una manera elusiva (con figuras imprecisas como “Revolución cubana” o “territorio libre de América”). Por otro lado, en la parte donde examina las experiencias poscapitalistas del siglo veinte  –ps. 71-75- no hace ningún mención específica al caso cubano. Y, además, en la p. 26, donde alude a “las rupturas parciales” que el sistema capitalista mundial fue capaz de recapturar, nombra a Rusia, los países del glacis del centro-este de Europa, China, Corea y Vietnam; pero excluye a Cuba… En fin, leyendo “Los desafíos de la transición” nos quedamos sin saber que tipo de formación social y que tipo de Estado hay en la Cuba actual.

Esta ambigüedad de Aldo, por lo demás, es bastante generalizada entre los marxistas revolucionarios latinoamericanos. Más aún entre los que tenemos décadas de militancia encima y nos hicimos revolucionario bajo la cegadora  influencia de la revolución de los barbudos, del martirio del Che, de los discursos de Fidel, de “Playa Girón”… Y, más allá de las idealizaciones, también es cierto que el régimen castrista fue (y es) un tipo de “socialismo real” donde no se produjeron los excesos represivos brutales, genocidas, de la Rusia estalinista, la China de Mao o la Camboya polpotiana.

Entiendo estos sentimientos, que yo también he tenido; pero por el bien de la lucha anticapitalista, por la necesidad de evitar que los nuevos camaradas revolucionarios caigan en los mismos errores que cometimos los viejos, es necesario hablar claro respecto a Cuba.

En este tren, lo primero que hay que decir es que en Cuba no hay socialismo [16]. (Y ni hablar de comunismo, por más “comunista” que se proclame el partido único gobernante)

La verdad, la amarga verdad, es que en Cuba no solo no hay socialismo sino que, encima, se le hace un enorme daño a la lucha anticapitalista que se hable de “Cuba socialista”. Repetir irreflexivamente este falso eslogan solo sirve para que los trabajadores y oprimidos del mundo ahonden su desconfianza a cualquier movimiento político que levante las banderas del “socialismo”, “comunismo” o “anticapitalismo”.

Descartado, entonces, la definición de la Cuba posrevolucionaria como socialista, se abre un abanico de posibilidades, entre las cuales cuatro son las que merecen mayor atención según la teoría marxista (y según todo lo que se ha debatido en estos cincuenta años de régimen castrista)

a) Capitalismo de Estado: Según esta tesis, en Cuba solo se produjo una revolución nacionalista, antiimperialista, con un alto índice de estatismo pero sin que por ello se modificasen las relaciones sociales de una manera cualitativa. Personalmente es la posición que menos me “cierra”. A mi modo de ver en Cuba hubo, efectivamente, una ruptura total con la burguesía y existe una formación económico social no capitalista o poscapitalista. (En este sentido encuentro una diferencia importante entre la Cuba posrevolucionaria y la Venezuela de Chávez)

b) Estado obrero en transición al socialismo: Esta definición se coloca en el extremo opuesto a la anterior. Aquí no sólo ha habido una ruptura con la burguesía y se ha constituido un Estado obrero, sino que dicho Estado es de carácter revolucionario lo que permite marchar hacia el socialismo. Así, la Cuba de Castro no sería socialista pero transita hacia él.

c) Estado obrero burocrático: Esta es la caracterización que, por regla general, reivindican la mayoría de las corrientes trotskistas. Sería similar a la que Trotsky utilizó para la URSS estalinista. Al igual que la anterior (b) se acepta que en Cuba se ha producido una revolución político-social que ha erradicado las relaciones de producción capitalistas y ha colocado a la clase trabajadora en el poder. Pero dicho “Estado obrero” ha sufrido una deformación o degeneración por la aparición de una casta burocrática (no una clase…) que se queda con la parte del león de la riqueza social y ejerce una dictadura sobre la mayoría de la población.

d) Estado burocrático (o “formación económico-social burocrática”): Esta categoría es, en líneas generales, la que desarrolla Aldo Casas en su libro  (aunque, como ya ha sido dicho, no queda claro si cuando la usa respecto a  los “socialismos realmente existentes” del siglo veinte, está incluyendo o no a  Cuba entre ellos).

Es una categoría que parte de reconocer de puede haber formaciones económico-sociales poscapitalistas de otro tipo -cualitativamente distintas- a un régimen “obrero en transición al socialismo”. Son formaciones económico-sociales que contienen en su seno nuevas formas de explotación, consolidando una clase burocrática privilegiada. Incluso, podría aceptarse que, en algún momento, fueron Estados en transición al socialismo (sin dudas en los primeros años de la Rusia soviética, ese tipo de formación social existió), pero el copamiento de la burocracia –que implica la expropiación del poder a los trabajadores- hace que dicha transición quede bloqueada, y la sociedad se precipite hacia una nueva relación social, ni capitalista ni obrera en transición al socialismo, sino burocrática. Un Estado y una formación social, insisto, con relaciones sociales de explotación.

Mi posición

 

Partiendo de las cuatro alternativas sumariamente reseñadas, esbozaré mi punto de vista.

Comienzo por repetir algo ya dicho: no creo que en Cuba haya Capitalismo de Estado. Considero que existe un Estado poscapitalista.

Segunda consideración: creo que desde hace décadas (sino desde el mismo inicio del proceso revolucionario…) en Cuba se consolidó una burocracia que se queda con la parte del león de la riqueza social y ha establecido una relación de dominación y explotación sobre el grueso de la población. Además de establecer un régimen político dictatorial, donde la democracia obrera y la autodeterminación de los trabajadores es nula. En este sentido descarto de plano la posibilidad de caracterizar al Estado cubano como “obrero revolucionario o en transición al socialismo”.

Tercero: he señalado en otro lado mi desacuerdo con la categoría “Estado obrero burocrático”. Al igual que Aldo, considero que es una noción incorrecta. Y, además, ha sido totalmente refutada por la historia. Por tanto, obviamente, la considero inaplicable respecto a Cuba

Por todo esto mi opinión es que la única definición posible para la Cuba actual es la de Estado burocrático. Una formación económico-social que ni es capitalista ni está en transición al socialismo. En este sentido, es una sociedad poscapitalista, pero con relaciones de explotación. Y donde los trabajadores no tiene ningún poder real, ni sobre su producción directa (cero autogestión) ni sobre el Estado, por más “proletario” y “socialista” que se proclame (cero autodeterminación). El hecho que la ideología oficial sea el “comunismo” y el “marxismo”, no modifica en nada esta definición. Pues también sucedió esto con la Rusia estalinista. Incluso todavía hoy en día Estados capitalistas como China siguen reivindicando al marxismo como ideología oficial.

El “socialismo desde abajo” es incompatible con un régimen político y social como el de la Cuba actual.

Sé que la definición de Cuba como “Estado burocrático” generará bastante rechazo en muchos camaradas.

Pero creo que, mirando la realidad tal cual es, resulta la única que cabe.

Sí puedo aceptar que la categoría “Estado burocrático” en un sentido estricto puede ser muy restringida, y esquemática. Vale… Pero esto último es inevitable y lógico. Toda definición en la teoría política marxista es una abstracción. La realidad social es siempre compleja, con un amplio margen para los matices. Sin embargo, para mí no hay dudas que, políticamente hablando y más allá del “nombre” que se utilice, lo decisivo en la Cuba actual es la existencia de una burocracia privilegiada que es necesario combatir. Porque cualquier política anticapitalista “en serio”, es decir que bregue por la autodeterminación de los trabajadores, chocará inevitablemente con la burocracia del Estado y del Partido Comunista cubano que reprime sin contemplaciones cualquier intento de accionar autónomo del pueblo.

En este sentido, si tomamos “las dos almas del socialismo” –el “socialismo desde abajo” y el “socialismo desde arriba”- en el sentido de Hal Draper, y que tanto reivindica Aldo Casas en su libro, es más que evidente que Cuba es una expresión irreversible de “socialismo desde arriba”. Y que, por lo tanto, está condenada –tal como sucedió con la URSS, China, etc.- a ser asimilado, más temprano que tarde, por el sistema del capital. Solo una lucha sistemática impulsando el “socialismo desde abajo” podrá evitar dicha perspectiva.

La afinidad de clase entre el chavismo y el castrismo

Por último, la naturaleza de clase del Estado cubano y del Partido Comunista cubano, echan nueva luz a esa relación tan estrecha entre el chavismo y el castrismo. Aquí hay que tener en cuenta dos cosas: en primero lugar que se trata, en ambos casos, de corrientes políticas que representan los intereses de sectores burocráticos, es decir un sector social que captura una porción fundamental del excedente no por ser dueños directos de los medios de producción sino por su ubicación en el aparato de Estado. Es cierto que estamos hablando de Estados distintos: en el caso cubano se trata de un Estado burocrático poscapitalista, mientras que Venezuela es un Estado capitalista. Sin embargo, no hay que perder de vista que en este último caso se trata de un Estado capitalista peculiar: con una impronta estatalista muy fuerte y con una burocracia estatal que no trepida en chocar con la personificación económica del capital (es decir, los burgueses individuales, dueños de empresas) hasta amenazar con la expropiación de toda la economía. Que esto último lo haga o no dependerá de muchas circunstancias pero, tal como he tratado de plantearlo arriba, teóricamente es posible. Por eso, no creo exagerar si digo que, más allá de la diferencia de régimen social entre ambos países, el castrismo y el chavismo son algo así como “primos hermanos”.

Por lo demás, cuando surge la preocupación por la vuelta a un ”anacrónico brote de “campismo” en la arena internacional por parte de Chávez, falta decir que el “campismo” le ha sido trasmitida a Chávez por su maestro, Fidel Castro. Pues la dirección cubana ha sido “campista” desde siempre, si exceptuamos algún confuso aunque potente grito de rebeldía por parte del Che contra el “modelo soviético” que estaba copando la isla en los inicios de la revolución; o la efímera experiencia de la OLAS, en 1967.

Por fin, llegamos a la cuestión del “socialismo del siglo XXI”, reivindicado por Chávez. Más allá de toda la ambigüedad que encierra esta consigna desde el momento que en Venezuela ni siquiera se ha llegado a un punto de ruptura con la burguesía, nos topamos con otro inconveniente serio: dado que para Chávez el modelo a seguir es Cuba y que, para él, Fidel es el gran líder socialista revolucionario, el “socialismo del siglo XXI” queda inevitablemente asociado a Cuba y al castrismo. Y cuando hablamos de Cuba nos estamos refiriendo –estoy obligado a repetirlo- a un régimen social de carácter burocrático que nada tiene que ver con una sociedad basada en la autodeterminación y autogestión de la población. En este sentido, el “socialismo del siglo veintiuno” se convierte en un planteo poco atractivo, que no representa una apuesta a futuro sino, por el contrario, implica un paso atrás, una vuelta al pasado del “socialismo” burocrático y autoritario del siglo pasado; a un falso socialismo que, encima, terminó en completo fracaso y descrédito.

2.2.4. Las “amistades peligrosas” de Chávez. Consideraciones finales.

Llegado a este punto  creo pertinente dar una nueva vuelta de tuerca al tema que ha sido el disparador de la discusión: el apoyo abierto e incondicional que Chávez (y el ALBA) dieron a Gadafi, primero y Al Assad, ahora.

Aquí me interesa resaltar que semejante actitud no puede ser considerada una casualidad, o un error circunstancial. Por el contrario, hay muchos hechos que prueban que elegir muy mal a sus amigos ha sido casi una constante en la política internacional del chavismo.

Y, en consecuencia, no se puede minimizar el problema. Tal como en algún momento parece pensar (no sin vacilaciones, es cierto) el mismo Aldo en la carta. Para mí, por el contrario, no caben dudas que la política internacional de Chávez es un elemento importante a la hora de afinar la caracterización del chavismo.

Creo que la mejor prueba de lo que digo pasa por presentar otros casos de amigos impresentables que Chávez gusta coleccionar en la arena internacional.

Dejando en claro, que solo tendré en cuenta aquellos aliados por los cuales Chávez manifiesta abierta simpatía o afinidad política. Así, dejaré de lado las relaciones con países y gobiernos que, con todo lógica, pueden justificarse por necesidades económicas o geopolíticas de Venezuela. Por ejemplo los casos de Putin (Rusia) o China. Incluso su reciente “reconciliación” con el gobierno colombiano de Santos. Más allá de hechos muy lamentables –tal como ha sido la entrega a este último país del periodista de izquierda Joaquín Pérez Becerra, violando las más elementales normas del derecho de asilo- es posible justificar dichas relaciones apelando a las  “razones de Estado” [17].

Lo que importa, entonces, son esas alianzas que Chávez realiza por convicción política, porque los considera gobiernos revolucionarios(¡?) o, al menos, lo suficientemente progresistas como para que él los reivindique como sus aliados estratégicos.

En este sentido, haré referencia a tres casos.

En primer lugar está el presidente iraní, Ahmadineyad. Aquí Chávez reitera el desastre cometido con Gadafi y Al Assad. Porque si bien es cierto que Ahmadineyad preside un gobierno que está legitimado electoralmente, y que el régimen de los ayatolás emergió de una gran revolución popular, es público y notorio (después de más de treinta años en el poder) que la República Teocrática de Irán es un régimen terriblemente represivo, que ha asesinado a miles de militantes de izquierda, lo mismo a los luchadores por los derechos de  minorías nacionales (los kurdos, especialmente); además de mantener  a las mujeres iraníes en un estado opresivo de tipo medieval.

Los dos casos que siguen, no tienen la gravedad del anterior. Pues no se trata de gobiernos totalitarios y genocidas. Pero son gobiernos claramente burgueses, con rasgos conservadores y, sin embargo, Chávez los reivindica como si fuesen los mejores del mundo.

Por un lado tenemos el gobierno “sandinista” de Daniel Ortega; que, además, forma parte del ALBA (algo así como el núcleo duro de la política internacional del chavismo). Chávez, cada vez que puede habla loas de Daniel Ortega, pareciendo ignorar que hoy día su política tiene aristas reaccionarias muy marcadas, en especial por su pacto con la cúpula católica nicaragüense que le ha llevado en impulsar el rechazo al aborto (incluso con leyes represivas) como una de las banderas centrales de su gobierno [18].

El tercer caso que me interesa mencionar es el de los Kirchner. Aldo Casas, en su libro, dice con todas las letras que es un gobierno “declaradamente procapitalista y defensor del núcleo del agronegocio y el perfil extractivo-exportador…” [19]. Una caracterización en línea con la posición que desde hace años sostiene el FPDS. Sin embargo, Chávez, cada vez que viene a Argentina, lo defiende de manera incondicional; hasta llama abiertamente a votar por ellos. Hace pocos días, incluso, estando Cristina en Caracas,  Chávez le realizó un homenaje público a Néstor Kirchner, reivindicándolo como un gran revolucionario [20].

Podría traer a cuento otros ejemplos, pero los tres mencionados creo que son suficientes para demostrar que la reivindicación política de gobiernos burgueses por parte de Chávez es bastante generalizada. Por tanto, como ha sido dicho, el apoyo a Gadafi y Al Assad no puede tomarse como un error circunstancial sino como parte de una lógica política.

Por lo mismo, no creo exagerar si digo que la política internacional es inherente a la naturaleza de clase del chavismo. Es decir, el ser expresión de una burocracia estatal de un estado capitalista. De allí, los aliados que cultiva a escala mundial.

Se me podrá cuestionar que le estoy exigiendo demasiado a Chávez. Eso depende… En este caso estoy polemizando con camaradas que ven en Chávez a un líder anticapitalista y que lo toman en serio cuando habla del “socialismo del siglo XXI”. Y en ese sentido estoy realizando el análisis y la crítica.

De todas formas, personalmente yo no pretendo demasiado. Por ejemplo, no le reclamo que esté por el internacionalismo proletario, ni que convoque a la formación de una Internacional. Pero, al menos, sí considero inadmisible que ande por el mundo apoyando a gobiernos reaccionarios o que confunda a políticos defensores del capitalismo con líderes revolucionarios.

(Nota Bene: quizás una segunda objeción se me haga aquí. Qué he dejado de lado la cuestión del antiimperialismo. Un punto clave para ubicar al chavismo en su real dimensión. Pues así, mirando las cosas desde la óptica de la contradicción países oprimidos vs. países imperialistas, la política internacional del Chávez tendría un carácter más progresivo, y sus alianzas, tan cuestionables, lucirían menos tenebrosas.

Sobre esto respondo dos cosas. En primer lugar, mi caracterización del régimen chavista ha girado en torno a si es capitalista o “socialista” [21]. Ya que considero que en torno a esa disyuntiva gira mi controversia con los compañeros del FPDS y demás corrientes políticas que, desde el anticapitalismo, se reivindican chavistas.

En segundo lugar, soy de los que creen que la cuestión del imperialismo y del antiimperialismo es un tema que hoy día exige una revisión profunda en la praxis anticapitalista. En este sentido, creo que la divisoria clásica –que, en cierta forma, establecía una muralla china– entre Estados capitalistas oprimidos y Estados capitalista opresores no tiene la importancia que se le otorgaba en la visión leninista -y que, por supuesto, hoy siguen sosteniendo muchas corrientes de izquierda, como el propio FPDS-.

Pero dado que el tema más que con la caracterización del chavismo, tiene que ver con la política de la izquierda revolucionaria respecto a aquél -y, en general, respecto a los movimientos burgueses nacionalistas-, prefiero abordarlo en la sección siguiente….[22])

2.3. La política

Escribir sobre la política revolucionaria en Venezuela me resulta por demás complicado.

No estoy en Venezuela. Ni siquiera he estado allí alguna vez. Tampoco estoy militando en algún colectivo que tenga relación política más o menos directa con lo que allá está pasando. (Para ser más exacto: hoy día no formo parte de ningún grupo político) Por tanto mi contacto con la realidad concreta venezolana es nulo. Todo lo que sé proviene de lecturas o de lo conversado con amigos que han pasado un tiempo militando por aquellas tierras.

En función de todo esto resulta obvio que sería una irresponsabilidad de mi parte presentar una postura acabada sobre qué hacer  en aquel país.

Me limitaré, entonces, a plantear algunas cuestiones sueltas. Más que nada me interesa refutar aquellas posiciones de Aldo y del FPDS que me resultan manifiestamente incorrectas; o, también, responder las críticas que me ha hecho Aldo en sus epístolas. Como parte de ello, se entrecruzarán un par de reflexiones ultra generales.  No mucho más…

2.3.1. Coincidencias

Comparto con Aldo un aspecto crucial atinente a la política anticapitalista revolucionaria [23]. Me refiero a la necesidad de recuperar, colocándolo como una especie de principio “estratégico” o permanente, a la noción marxiana de  que “la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”.

Esta aseveración que, a modo de precepto, guió el accionar y el pensamiento político de Marx y Engels -vale recordar que dicha frase es la que inicia  los Estatutos de la Primera Internacional, redactados de puño y letra por el propio Marx-  fue prácticamente dejada de lado (por distintas y complejas razones que aquí no se pueden exponer) por los marxistas revolucionarios que le sucedieron. En particular durante esa etapa, tan grandiosa y trágica a la vez, que fue el siglo veinte corto.

Sin embargo, es decisivo volver a dicha concepción primigenia. Y esto por muchas razones. Aquí solo presentaré en forma telegráfica algunas de ellas.

Por una parte, permite romper –superar– el sustituísmo y el voluntarismo de las vanguardias que ha campeado en el movimiento anticapitalista del siglo pasado.

Por otro lado –y ya entrando en la médula del problema- la autoactividad y autoorganización de los trabajadores y demás sectores oprimidos son la única garantía de que la ruptura con el capitalismo no sufra un bloqueo o un desvío que lo lleve al fracaso (tal como aconteció con todos los Estados poscapitalistas del siglo pasado). Pues “…el socialismo solamente puede ser realizado a través de la autoemancipación de las masas activas en movimiento, llegando a él, libremente con sus propias manos, movilizadas ‘desde abajo’ en una lucha para hacerse cargo de su propio destino, como actores -no simplemente como sujetos pacientes- de esta etapa de la historia”) [24] O, dicho de otra forma, solo el accionar y la organización autónomas de las clases explotadas da la posibilidad de que la revolución avance efectivamente hacia una sociedad sin clases y sin Estado; hacia una formación económico-social comunitaria, donde los seres humanos establezcamos relaciones libres, voluntariamente solidarias, sin explotación, opresión y discriminación de ningún tipo.

Esta política –y aquí de nuevo creo coincidir con Aldo- no vale sólo para el período posterior a la toma del poder. Es, en rigor, el “hilo rojo” que atraviesa todos los momentos de la lucha anticapitalista, desde los movimientos más elementales hasta la configuración de las relaciones sociales en la sociedad futura a escala mundial. Aunque, desde ya, en aquellos procesos donde la lucha de clases adquiere un tono más álgido y, además, han emergido (por las razones que sean) organismos populares, esta orientación política adquiere mucho mayor relevancia. Tal es el caso de la Venezuela actual…

Es esencial para Venezuela que el contrapoder avance con prisa y sin pausa.

Las consideraciones generales señaladas sirven, entonces, para esbozar una política revolucionaria en el gran país caribeño. A este respecto, para mí no hay dudas que la tarea número uno a la que deben abocarse los militantes revolucionarios venezolanos pasa por colaborar con los trabajadores y el pueblo en impulsar y fortalecer ese potente contrapoder que se ha desarrollado en los últimos años.

Creo que la situación revolucionaria que allí se vive desde el inicio del gobierno bolivariano justifica apuntar todos los cañones  a dicha orientación. Especialmente luego de los sucesos de 2002/03, que dieron pie al desarrollo de múltiples organismos de poder popular.

Por supuesto, que lo que acabo de plantear es ultra general. Pero –como ya he señalado- una línea más precisa está fuera de mi alcance [25].

De todas maneras, hay algo que me interesa destacar: creo no estar muy descaminado si afirmo que la orientación propuesta está en clara sintonía con la orientación general en favor del desarrollo del “poder popular” en Venezuela que postula Mazzeo en el artículo citado. Y con el pensar de Aldo cuando (en la carta que me envió) dice que en Venezuela es fundamental “…ayudar al desarrollo de organizaciones autónomas con una estrategia de construir poder popular…”

2.3.2. Zonas grises (o dudas “razonables”)

Partiendo, entonces, de un acuerdo central, pasaré a desarrollar aquellos temas en los que creo tener diferencias o, al menos, serias dudas.

Comenzaré por esto ultimo, concretamente por un punto que tanto en el artículo de Mazzeo como en el libro de Aldo aparece envuelto en una nebulosa. Me refiero a la cuestión de “la toma del poder”. O, para ser más preciso, si (en Venezuela) ese proceso de desarrollo y crecimiento de los organismos populares y la consiguiente acción autodeterminada de las masas, debe encaminarse hacia una revolución política, derribando el actual Estado burgués y constituyendo en su lugar un Estado obrero revolucionario.

No afirmo que Aldo Casas y Mazzeo rechacen esto. Pero sí digo que tanto en el artículo del segundo, como en el libro del primero, este aspecto clave de la lucha anticapitalista queda por demás desdibujado. La insistencia de ambos acerca de la “transición”; su negativa a precisar la caracterización de clase del actual gobierno venezolano; el planteo de Mazzeo de que en la revolución bolivariana el Estado está cumpliendo un rol de mediador respecto al contrapoder obrero y popular; etc.; etc.; son todos elementos que me llevan a pensar que ellos pueden llegar a considerar  innecesaria en Venezuela una revolución política –una lucha por el poder del Estado- por parte de los trabajadores autoorganizados.

Insisto, es una duda que tengo. Así que no se justifica avanzar mucho al respecto.

Aunque es obvio que debo decir dos palabras acerca de mi punto de vista. (Al menos para no quedar atrapado en la misma nebulosa que les endilgo…) Para ello, creo que lo más práctico será apelar a una reflexión que hace Roland Denis, un militante reivindicado abiertamente por el FPDS.

En la muy reciente entrevista ya citada, Denis dice lo siguiente:

“…Sin embargo, hay dos cosas sobre las que he estado insistiendo en las distintas tertulias y conversaciones que he tenido en estos días con los distintos movimientos, y es que, primero, tenemos que ser capaces de superar todas estas alegorías de la identidad como movimientos sociales, porque son una inmensa trampa, incluso del lenguaje. Porque el movimiento social no se plantea el problema del poder. Cuestión que ha llevado a situaciones casi trágicas a algunos movimientos gigantescos y que son paradigmáticos en el continente, como es el caso del Movimiento de los Sin Tierra en Brasil, que al no plantearse el problema del poder, quedaron atrapados luego de la asunción de Lula al gobierno. Y eso, obviamente, los ha deteriorado en su fuerza, en su capacidad. Eso en primer lugar. Y en segundo lugar, que el problema del poder tiene que plantearse. Hay que decirlo: somos movimientos revolucionarios. De base o como quieran llamarse, pero movimientos de ruptura, de quiebre del poder constituido…” [26]

Pues bien, este comentario de Denis yo lo comparto plenamente. Y, para mí, ello significa que la lucha a escala del Estado (lucha por destruir el poder estatal burgués y sustituirlo por un estado obrero)  sigue siendo fundamental. No hay manera de evitarla en el proceso revolucionario anticapitalista [27].

He dicho antes que yo considero equivocado el llamado “paradigma leninista”. Sin poder desarrollar aquí en profundidad el porqué de mi cuestionamiento, debo hacer una breve –muy breve- alusión a un aspecto del asunto.  Concretamente, a la cuestión de “la toma del poder”. En este punto, considero que en la concepción hegemónica del marxismo del siglo veinte (justamente, el famoso “paradigma leninista”) el error estuvo en considerar a la toma del poder como el objetivo final y, por tanto, el “eje ordenador” de la estrategia revolucionaria. Perdiendo de vista que la toma del poder del Estado es sólo un momento de la larga lucha de los trabajadores por terminar definitivamente con el sistema capitalista. E, incluso, no es el acontecimiento más importante.  En este sentido, centrar todo la política en la toma del poder provoca una serie de desequilibrios en el accionar de los revolucionarios. Desequilibrios o errores que a la larga se pagan muy caros.

Ahora bien… una cosa es decir eso y otra cosa, muy distinta, es pensar que se puede evitar la lucha por el poder del Estado. Si las circunstancias lo colocan en el tapete –tal como parece ser la situación venezolana- es una política y un objetivo que debe ser asumido, pues de otra forma el “contrapoder” se torna impotente (tal como bien señala Denis, al hacer referencia a  los Sin Tierra de Brasil).

2.3.3. Diferencias

Llego, finalmente, al momento de presentar las principales diferencias que tengo con el FPDS respecto a Venezuela y, más en general, con su alineamiento internacional. Diferencia que, inevitablemente, también tengo con Aldo desde el momento que éste forma parte del FPDS. Aunque, todo hay que decirlo, encuentro en su libro –lo mismo en su carta- algunos planteos que muestran un matiz con las posturas globales del FPDS; matices que, a mi modo de ver, no alcanzan para subsanar los errores en que incurre el FPDS.

La identificación con el chavismo

Mi primera y principal diferencia resulta obvia a estas alturas del texto: discrepo totalmente con la política del FPDS de alinearse e, incluso, identificarse con el chavismo. Prácticamente se presentan en Argentina como “chavistas”. Lo que me hace pensar que hacen lo mismo en Venezuela.

Para colmo, el problema no se limita al chavismo. En sus publicaciones[28] también quedan pegados al castrismo desde el momento que suelen reproducir los artículos de Fidel Castro sin preocuparse por adjuntar el más mínimo comentario diferenciador (En política el que calla, otorga…)

Sinceramente, esta postura me parece totalmente incoherente e inconsistente. No hay manera de conciliar una praxis anticapitalista basada en la acción autónoma de los trabajadores con la reivindicación de Chávez y del chavismo.

Expresado en los términos de Hal Draper la dicotomía sería más o menos así:  el chavismo y el castrismo son, en el mejor de los casos, expresiones cristalizadas –contundentes- de “socialismo desde arriba”; ¿cómo se la puede apoyar y, peor aún, identificarse con ellas si decimos estar a favor del “socialismo desde abajo”?

Es cierto que Aldo, en su libro, en p. 51 y 52 alerta acerca de esta contradicción. Pero es el único párrafo donde se plantea el problema y, además, está formulado de una manera por demás tibia y ambigua.

 

La importancia de la lucha ideológica

Aldo seguramente alegará, contra mi crítica, que él prefiere diferenciarse en la práctica contra las actitudes abiertamente reaccionarias del chavismo. Y que yo estaría pasando por alto las “mediaciones”, tan importantes en la política revolucionaria.

De ser así –y creo que es así-, Aldo incurre en un segundo error importante: no comprender la importancia de la propaganda y de la lucha ideológica para el fortalecimiento del movimiento anticapitalista.

En el terreno de las “tácticas” yo puedo aceptar todo tipo de “mediaciones” [29]. Pero antes que ello está la necesidad de plantear con claridad los problemas de fondo que enfrentan los trabajadores en su difícil lucha por terminar con el capitalismo e instaurar el comunismo en el mundo.  Esto, que en la política marxista clásica se la ha definido como “propaganda” o “lucha ideológica”, ha sido importante siempre; pero en los tiempos actuales, luego de las terribles derrotas que sufrió el movimiento anticapitalista y de la gran confusión que ello ha generado, se convierte en una necesidad vital.

La lucha teórica, por lo demás, no puede limitarse a la denuncia del capitalismo y sus ideologías hegemónicas. Sin dudas esto es central; pero para los que creemos que es necesario el “socialismo desde abajo”, también debemos concentrarnos en desenmascarar la falsa alternativa –el callejón sin salida- del “socialismo” burocrático y autoritario, tal como hoy en día representan  el chavismo y el castrismo.

Se puede ser cuidadoso en la forma de decir todo eso; más aún, es fundamental ser respetuoso con los sentimientos de los trabajadores venezolanos hacia su líder, Hugo Chávez; todo esto es cierto. ¡Pero hay que decirlo!, algo que Aldo y el FPDS no hacen.

 

2.3.4. El antiimperialismo

Antiimperialismo y nacionalismo exacerbado en el FPDS

He dejado para el final (y como un apartado especial) una tercera diferencia importante que tengo tanto con el FPDS, como con Aldo, respecto a “su” chavismo.

Me refiero al antiimperialismo, tan excesivo y acentuado, que enarbola el  FPDS.

Esta tesitura es clave en el andamiaje teórico-político del FPDS. No sólo en lo que atañe a Venezuela sino también respecto a su posicionamiento internacional y en la propia Argentina.  Pues, tratándose de países periféricos  (tal como sería el caso de Nuestra América [30]), parecería que (para el FPDS) nacionalismo y anticapitalismo son prácticamente lo mismo, tienen la misma estatura política.

Esto tiene, evidentemente, mucha incidencia en su política respecto a Chávez y a otros gobiernos “progresistas” latinoamericanos –Ecuador,  Bolivia, especialmente-. Pues el supuesto (o real) antiimperialismo de estos gobiernos le lleva al FPDS a justificar errores -y horrores- políticos que dichos gobiernos cometen cotidianamente.

En consecuencia, el antiimperialismo se convierte en algo así como “la última trinchera” en su defensa de Chávez, Morales, Correa, Ortega, etc. ¿Qué Ortega es un gobernante ultra-corrupto y reaccionario, aliado de las jerarquías católicas y anti-abortista? Cierto… pero tiene un lado muy positivo que es su antiimperialismo y su adhesión al ALBA; por lo tanto hay que cuestionarlo lo menos posible y se debe mantener la alianza con él. ¿Qué Chávez apoya a dictadores siniestros y genocidas de sus pueblos como Gadafi, Al Assad o Ahmadineyad? Sí… pero lo hace en su afán de enfrentar al Imperio, y por ello puede llegar a justificarse tal accionar.

Es por esta misma razón que el FPDS forma parte del “ALBA Capítulo argentino” (lo que indica que el FPDS reivindica al ALBA como una alianza internacional revolucionaria y se considera parte de él) O, más grave aún, en sus publicaciones apoya a organismos y foros que agrupan a países de la región, tales como UNASUR o el reciente CELAC (En el caso particular de este último  lo hace, incluso, sin la menor crítica, como si el CELAC representase un gran avance para los trabajadores latinoamericanos)

Decididamente encuentro en todo esto una gran confusión que me obliga a ahondar un poco en el tema. En realidad sólo “rozaré” la cuestión pues es una problemática muy compleja, con demasiadas aristas. Pero me interesa, aunque más no sea, abrir un debate al respecto.

La Teoría del Imperialismo de Lenin, así como la Teoría de la Dependencia, exigen una revisión profunda

Parto de un reconocimiento elemental: el antiimperialismo del FPDS puede ser exagerado, pero no es una anomalía. Por el contrario, reconozco que la gran mayoría de la izquierda mundial sigue considerando al antiimperialismo una política de primer orden. Y, por el contrario, somos pocos los marxistas que creemos necesario revisar esta cuestión.

Pero también es cierto que ya hace unos cuantos años que –dentro del movimiento anticapitalista- se vienen alzando voces (incluso de muy distinto tenor) poniendo en tela de juicio la Teoría del Imperialismo tal como, en su momento, la presentó Lenin.

Y dicho cuestionamiento no es casual: hay multitud de hechos en la realidad histórica de, al menos, los últimos sesenta años (digamos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta el presente) que refutan aspectos centrales de dicha tesis.

Es cierto que en la inmediata segunda posguerra, con el surgimiento de la Teoría de la Dependencia y con libros de gran influencia en la economía marxista como los de Sweezy y Barán, se produjo un reforzamiento de la Teoría del Imperialismo de Lenin. Pero en los últimos veinte o treinta años, las posturas a favor de un replanteo y una revisión  han ido ganando mayor volumen y no solo por parte de intelectuales “posmarxistas” -tal como Negri- sino entre los mismos economistas marxistas.

Esta movida teórica, lo repito, tiene que ver con los cambios en la propia realidad. Cambios que los revolucionarios necesitamos procesar porque de otra forma quedamos aferrados a esquemas y dogmas que nos descolocan totalmente en nuestra praxis cotidiana.

Yo aquí no puedo, por razones de espacio, desarrollar a fondo la crítica a la Teoría del Imperialismo clásica (es decir, la de Lenin del “Imperialismo, etapa superior del capitalismo” y luego asumida por la Tercera Internacional, el trotskismo, etc. ), así como la Teoría de la Dependencia (que, más allá de su origen lateral,  es tributaria de aquella)

Además, creo que será mucho más productivo apelar a camaradas que vienen desarrollando el tema desde hace años y con una solidez y erudición ejemplar, tal el caso de Rolando Astarita [31].

Simplemente enumeraré dos o tres elementos de la propia realidad histórica que refutan (según mi entender) a la Teoría del Imperialismo:

En primer lugar está el dato –indiscutible- que desde hace sesenta años no ha habido guerras entre países “imperialistas” por el reparto del mundo, contradiciendo uno de los axiomas del libro de Lenin. Y no sólo esto: también desaparecieron los imperios coloniales (territoriales). En esta misma línea, además, se ha producido un salto cualitativo en el entrelazamiento de los capitales a escala internacional con el consiguiente surgimiento de empresas multinacionales y un desarrollo explosivo del intercambio comercial y del mercado financiero a escala mundial.

Se puede discutir la magnitud de este último proceso (la globalización o mundialización del capital) y si es un fenómeno irreversible. Pero lo que no se puede hacer es continuar sosteniendo (tozudamente) que el mundo capitalista de hoy es exactamente igual al que observó Lenin en los últimos años de su vida.

Un segundo aspecto a considerar es el siguiente: la realidad histórica ha desmentido la  tesis de que,  a partir de la “época imperialista”, los países atrasados estaban condenados al subdesarrollo permanente. Esta premisa, sustentada con mucho énfasis por la mayoría de los teóricos de la Corriente de la Dependencia, ha quedado descartada desde el momento que, primero, los “tigres asiáticos” y ahora la propia China “comunista” (más otros países periféricos) vienen protagonizando los famosos “milagros” económicos –con crecimientos constantes por décadas- que les ha permitido no sólo salir del “subdesarrollo” sino, incluso, convertirse en los motores actuales del capitalismo mundial [32].

En este tren, teorías anexas a la teoría general del imperialismo, tal como puede ser la “del intercambio desigual”, también han sufrido fuertes cuestionamientos por parte de la realidad

Por último, debo volver a un tema ya tratado: la tesis “catastrofista” o de “estancamiento crónico de las fuerzas productivas”. Como es sabido, esta noción es otro de los corolarios esenciales de la teoría clásica del Imperialismo, tal como se interpretó en la Komintern y, posteriormente, en los documentos fundacionales de la Cuarta. De la misma manera, ha sido un punto sostenido con fuerza por la mayoría de los teóricos de la Dependencia. Sin embargo, tal como intenté demostrarlo en la primera parte de este texto, los hechos acaecidos durante las décadas posteriores a  la Segunda Guerra Mundial han negado categóricamente dicho pronóstico.

En función de estas brevísimas consideraciones, lo menos que puede decirse es que la teoría marxista –en rigor, leninista– del Imperialismo, exige una revisión profunda en el terreno analítico y teórico. Y, en consecuencia, también es necesario poner en estado de observación las orientaciones o corolarios políticos que de ella se desprenden.

La centralidad de las contradicciones de clase

Sin embargo, creo que en este último sentido -es decir, en el terreno político- algo se puede afirmar: mientras las contradicciones de clase siguen más vigentes que nunca, y por lo tanto, la lucha anticapitalista continúa siendo una necesidad acuciante, la contradicción entre países capitalistas “imperialistas” y países capitalistas “dependientes” –es decir, toda la problemática antiimperialista– pierde la visibilidad y la entidad que en algún momento tuvieron dentro de la política y el programa marxista revolucionario.

En rigor de verdad, siempre hubo una primacía de las contradicciones de clase en el marxismo revolucionario, aún en la formulación leninista. El “programa” antiimperialista quedaba cualitativamente subordinado, pues se reconocía que la lucha por la independencia nacional no superaba el marco de los antagonismos interburgueses. Pero también es cierto que en la práctica las banderas antiimperialistas han ocupado un importante espacio en el accionar cotidiano del movimiento socialista; particularmente en los países periféricos. A tal punto que, en muchos casos, ha llegado a equipararse con el “programa” anticapitalista.

Pues bien, yo sostengo, que en la actualidad la diferenciación entre la lucha anticapitalista y la antiimperialista debe ser más nítida que nunca. La primera debe mantenerse decididamente en primer plano. La segunda -la lucha antiimperialista y todo lo que ello conlleva: acuerdos o pactos con las respectivas burguesías “nacionales”, etc., etc.- debe ocupar un papel no digo nulo pero, al menos, poco relevante y circunstancial.

De allí que me sorprende y preocupa el énfasis que el FPDS pone en el nacionalismo y el antiimperialismo. Y no solo porque resulta anacrónico y propio de una rigidez dogmática que no condice con su proclamada voluntad de  actualizar la praxis revolucionaria. Lo más grave es que tanto acento en el nacionalismo lleva a errores políticos, con el riesgo de quedar “pegado” a la burguesía nacional (en este caso: latinoamericana) en momentos como los actuales, en que las clases capitalistas de la región se han fortalecido merced a un ciclo económico expansivo y, por tanto, imponen una lógica “desarrollista-nacionalista”, con discurso “antiimperialista” incluido.

Un período de fortalecimiento y consolidación del capitalismo –y de las burguesías locales- en los países latinoamericanos

Sobre esto último me quiere detener un segundo. Parecería que el FPDS no ha registrado los cambios que se están viviendo en Latinoamérica en lo que hace al fortalecimiento de las burguesías locales. Ya he señalado que un problema similar encuentro en el libro de Aldo. Fruto de su escorado e impresionista enfoque de que el capitalismo se hunde irremediablemente, no llega a apreciar que, al menos en la coyuntura, las cosas por esta región son bastante distintas. Así, ni Aldo ni el FPDS perciben que hay países latinoamericanos que están creciendo con fuerza y que sus burguesías “nacionales” se han fortalecido a tal punto que algunas de ellas contienen en su seno varias  de las empresas multinacionales más importantes del mundo.

El papel que hoy en día juegan los capitales locales –en particular la burguesía brasilera, pero también la chilena, argentina, mexicana, etc.- es cualitativamente superior al de décadas atrás. Un ejemplo vale como muestra: hace unos meses hubo un duro conflicto en Bolivia entre el gobierno de Evo y grupos indígenas de la selva por la construcción de una ruta –el llamado conflicto del TIPNIS [33]-. Pues bien, dicha ruta no es financiada por capitales “imperialistas” -norteamericanos o europeos-, sino por capitales brasileños y será construida por multinacionales brasileñas. No es el imperialismo yanqui el que ha metido la cola en Bolivia, sino la burguesía “nacional” de un país “atrasado” como Brasil y con el aval –y la financiación- del gobierno “progresista” (de “izquierdas”) de Lula-Dilma.

En consonancia con el relativo fortalecimiento económico del capitalismo latinoamericano, se están produciendo importantes movimientos en el terreno geopolítico. De allí UNASUR e, incluso, el CELAC, impulsado por Chávez, pero avalado por el resto de los gobiernos de la región.

Son distintas manifestaciones de los cambios en las correlaciones de fuerza intra-capitalistas a escala mundial. Lo mismo que el rol de China, la emergencia de los BRICS, el ocaso del G-7 y su sustitución por el G-20 (donde hay tres países de la región); etc.; etc.

Por último pero no menos importante, se ha producido un cambio en el “discurso” burgués en el área: el “neoliberalismo” ha dado paso al “desarrollismo”, incluso al “nacionalismo” y al “latinoamericanismo”. En este sentido tenemos aquí nomás un ejemplo clarísimo del cambio de “relato”: el kirchnerismo.

Pero no nos engañemos: que cambien los “discursos”, incluso que se estén produciendo modificaciones importantes en el llamado “modelo de acumulación”, no ha modificado un centímetro el carácter de clase de los países de la región. En todos hay más capitalismo que nunca, más allá que antes se llenaban la boca de “neoliberalismo” y ahora nos hablan de “desarrollo nacional”, de “productivismo” e, incluso, de “antiimperialismo”.

“Las múltiples formas de dominación del capital”

Llegado a este punto se me podrá decir que mi visión es demasiado simplista, que soy incapaz de reconocer que hay capitalismos y capitalismos; es decir, que existen variaciones dentro del mismo sistema y que una correcta política revolucionaria exige distinguir los matices. Vale… Puedo aceptar semejante crítica; pues no me cabe la menor duda que, si bien el capital es un sistema de explotación bastante homogéneo, su forma de dominación es múltiple. Y es imperioso registrar sus manifestaciones particulares.

Pero mucho más grave es cometer el error opuesto: perder de vista que, más allá de las formas de dominación (por caso, que un gobierno haga más o menos concesiones  a los trabajadores) nos enfrentamos al capitalismo, que es un sistema global y tendencialmente totalizador.

En este sentido voy a apoyarme en una reflexión que aparece en el mismo libro de Aldo, “Los desafíos de la Transición”. Allí se cita al filósofo cubano Valdez Gutiérrez (está en p. 45) quien habla de “el sistema de dominación múltiple del capital”. Una categoría que comparto plenamente.

Pues el sistema capitalista es uno y muchos a la vez. Y, por tanto, la lucha anticapitalista debe hacerse contra todas sus manifestaciones. O, en palabras de Valdez Gutiérrez: “…se trata de un potente esfuerzo de ruptura radical con la lógica de dominación y sujeción del capital en todas sus modalidades, desde lo económico productivo hasta lo simbólico cultural…” [34]

En lo que atañe a la política anticapitalista actual en los países latinoamericanos este concepto es central, pues nos está diciendo que sería, por ejemplo, un grave error hablar de capitalismo –y atacarlo- sólo en su “forma” neoliberal. El algo que nos descoloca completamente pues el “modo de acumulación” burgués actual ha cambiado sustancialmente. Hoy el capitalismo de la región es  “desarrollista”, incluso “neokeynesiano”. Y contra esas formas es que debemos centrar nuestra lucha y nuestra denuncia.

Algo similar sucede con el nacionalismo y el estatismo. También son políticas que hoy campean entre los gobiernos burgueses de la región [35]. Tal como sucedió, por lo demás, en otras etapas históricas del capitalismo. De allí que, más que nunca, debemos ser cautos y cuidadosos en reivindicar políticas de ese tipo como si significaran grandes conquistas para los trabajadores. Por el contrario, es necesario machacar una y otra vez (o, si se prefiere: “explicar pacientemente”, como decía Lenin) que ni el nacionalismo ni el estatismo implican, por  sí mismos, un avance para los trabajadores; o un paso hacia el socialismo.

Ha habido, hay y habrá políticas nacionalistas y estatistas que responden pura y exclusivamente a las necesidades del capital. Perder de vista esto nos conduce a todo tipo de confusiones. Por ejemplo, a la (falsa) creencia de que el nacionalismo y el estatismo son, por sí y para sí, avances “transicionales” al socialismo. Esto nunca fue así, y menos en estos tiempos.

Dos palabras sobre el ALBA

Dejo para el final, algún brevísimo comentario acerca del ALBA. Prefiero ser muy conciso, ya que no es un tema que he investigado en profundidad. De todas maneras me atrevo a afirmar que, con las peculiaridades del caso, el ALBA no es muy distinto a alianzas geopolíticas del tipo UNASUR  o CELAC.

Es cierto que allí hay un rol activo de Cuba, pero dada mi caracterización de la formación social y del Estado cubano, considero que su presencia no cambia demasiado las cosas.

Por otro lado, se habla de la participación en el ALBA de las organizaciones populares; pero ello me parece pura retórica. Incluso el propio Aldo –quien con toda seguridad conoce este tema mucho mejor que yo- abona esta posición, cuando en la carta dice: “…el ALBA es un pacto o acuerdo a nivel estatal-gubernamental, del que por ello mismo no somos ni podríamos ser parte y por ende tampoco podemos ni podríamos “romper con el ALBA…”

Por lo demás, entre sus miembros, está la Nicaragua de Daniel Ortega, un régimen político abiertamente reaccionario. O, sin llegar a tanto, nos encontramos con gobiernos  como el de Correa o el de Evo Morales que llevan adelante una expresa política “desarrollista”, totalmente en línea con la mayoría de los Estados de la región.

Es por ello que rechazo de plano la política (que lleva adelante el FPDS) de apoyar al ALBA al extremo de reivindicarse parte de él [36]. Pues implica levantar banderas que no tienen nada que ver con el anticapitalismo. Además de tener que hacerse cargo de acciones decididamente contrarrevolucionarios, tal como ha sido el tan mentado apoyo al carnicero Al Assad.

En suma, asumir al ALBA como una organización propia solo puede llevar confusión y desmoralización a los trabajadores y demás sectores populares de Latinoamérica y el mundo.

Final

Con estos comentarios bastante deshilvanados sobre el “antiimperialismo”, el “nacionalismo” y el bendito ALBA pongo punto final a este apartado sobre las diferencias que tengo con la política “internacional” del FPDS y del propio Aldo (más allá de los matices de éste).

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También, es el final de mi escrito. Lamento su extensión, pero una vez que comencé el trabajo me di cuenta que, por una parte, había muchos temas sobre la mesa y, por otro lado, era una buena oportunidad para poder exponer mi punto de vista en la forma más detallada posible.

Así y todo, en la mayoría de los casos no he hecho más que presentar el problema; abrir el debate.

Como colofón, retomo algo que dije en los inicios: Sé que el grueso del escrito gira en torno a las diferencias que tengo tanto con Aldo como con el FPDS. Pero también he intentado dejar en claro que coincido en cuestiones trascendentes.

Reorientar la política revolucionaria en tiempos de confusión y dispersión  como los actuales no es fácil. Por ello los debates no sólo son necesarios sino inevitables. Pero deben hacerse en un marco de respeto por las diferencias; de tolerancia con el que piensa distinto. Con ese espíritu he escrito estas líneas.

El anticapitalismo revolucionario será plural o no será.

Ernesto Manzana

Rosario, Marzo de 2012.



[1] En la primera sección (por razones de espacio) finalmente dejé de lado el análisis de la parte del libro que trata sobre Argentina y sobre la política que el FPDS lleva adelante en el país. Pero ahora, dado que voy a ser muy crítico con la postura que esta corriente sostiene en el plano internacional (en especial, frente al chavismo), creo pertinente recuperar algo de lo que en aquel momento había pensado escribir. En lo esencial me interesa dejar en claro que simpatizo bastante con el accionar político que lleva adelante el FPDS en Argentina y que Aldo defiende en el libro: la considero una praxis revolucionaria válida, con una postura de nítida independencia y delimitación política respecto al gobierno kirchnerista. También me resulta auspicioso  su intento por construir una organización política de nuevo tipo, punto que para mí es muy importante en este momento. Por supuesto, también hay algunas cosas que no me convencen; como, por ejemplo: (1) su abstencionismo electoral; (2) un nacionalismo excesivo y (3) ciertas conductas auto-proclamatorias y “triunfalistas” que lo emparentan con los partidos “troscos” de corte sectario mucho más de lo que ellos (los del FPDS) pueden llegar a sospechar.
Pero, aún con estas diferencias parciales, la evaluación general de la política “nacional” del FPDS es netamente favorable.
 
[2] Algún(a) amigo o amiga muy “principista” alegará que de poco sirve estar de acuerdo en una política circunstancial si existen diferencias “estratégicas” y “programáticas” importantes. Hace unos años yo hubiera dicho algo similar; pero una larga experiencia política me ha llevado a cambiar de opinión y priorizar las políticas concretas.
Sospecho que en algo parecido a esto último estaba pensando Marx cuando escribió aquello de que “… cada acción de un movimiento real es mucho más importante que una docena de programas”
 
[3] Me hubiese gustado escribir unas líneas sobre el país del altiplano ya que he seguido con más atención ese proceso que el venezolano. Sin embargo no tiene sentido tratarlo aquí porque, si bien hay muchos puntos en común entre ambos, existen también notables diferencias.
 
[4] Salvo indicación en contrario aquí, y en las páginas que siguen, utilizaré el término “revolución” en el sentido “estricto” de revolución política (con consecuencias sociales). Es decir el acontecimiento –normalmente de corta duración- en que las clases trabajadores se rebelan contra el poder burgués instituido, y luchan por medios insurreccionales y/o de guerra civil por arrebatárselo al capital e instaurar un nuevo poder proletario. Que es lo que viene sucediendo en Venezuela, al menos desde la movilización de masas desatada en 2002 como reacción al golpe “facho”.
[5] En rigor de verdad, ese estado fuerte, con un peso específico notable en la estructura económica venezolano, venía de antes. Pues la extraordinaria renta petrolera había contribuido a ello desde las primeras décadas del siglo pasado, si bien no en la medida que se manifestó a partir de los setenta, cuando se produce el boom petrolero y el país fue conocido como  la “Venezuela Saudita”.
 
[6] Véase, por ejemplo, “Socialismo Chavista (II)”, artículo de Rolando Astarita, en su blog (rolandoastarita.wordpress.com) 13/09/2010.
 
[7] Rolo Astarita, en su artículo “Socialismo chavista” (de su blog, 10/09/2010), da el siguiente dato, tomado del Banco de Venezuela: “Entre 2000 y el primer semestre de 2010 Venezuela tuvo ingresos por el petróleo por casi US$ 418.000 millones” (Obsérvese que es información hasta hace un año y medio atrás. En la segunda mitad de 2010 y todo el 2011, los precios se mantuvieron altos, incluso con una tendencia ascendente. Sin ir más lejos, al momento de escribir este artículo los precios del petróleo están de nuevo por las nubes, casi en máximos históricos…)
 
[8] Datos de Rolando Astarita, artículo citado.
[9] Carlos Miranda, “¿A dónde va el proceso Bolivariano?” en la revista “Propuestas para el socialismo del siglo XXI”, Abril de 2011, nº 1, pág. 42.
 
[10] Roland Denis, un ex miembro del gobierno de Chávez, y que hoy se reivindica más bolivariano que nunca, dice en un muy reciente reportaje: “Pero claro, si Chávez es la salvación de un sistema, lo es de una manera muy diferente a esta expresión burguesa que es el kirchnerismo. Porque Chávez no expresa a ninguna fracción burguesa, más allá de esos burgueses que él mismo ha creado, a través de toda la corrupción a partir de la cual todos esos jefecillos militares y civiles, se han ido enriqueciendo, se han vuelto multimillonarios en estos años de chavismo…”
En esta misma línea, Denis reflexiona sobre los límites del Estado chavista: “el problema del Estado, en sí mismo, no resuelve el tema del poder. De alguna manera lo encamina, pero no lo resuelve, de ninguna manera. Al contrario, puede convertirlo en un bloqueo, como en el caso venezolano y el papel de la burocracia que se ha formado a través del chavismo, que generan un bloqueo a la construcción de un poder revolucionario” (en ambas citas, los resaltados son míos, EM).
[Entrevista publicada en el portal “Marcha” (marcha.org.ar) el 05/12/2011 y que lleva por título “Los movimientos sociales y el tema del poder”]
 
[11] Este punto, de por sí, da para mucho. Aquí sólo haré referencia a un aspecto: el gobierno de Chávez no es el primer gobierno burgués que, en condiciones excepcionales de la lucha de clases, mantiene una relación “amigable” con el “doble poder” obrero y popular. Podemos recordar aquí el gobierno de Salvador Allende en Chile. O, yendo más atrás, los casos clásicos de Alemania y Austria cuando el derrumbe de ambos imperios en 1918. Allí, tanto los Socialdemócratas y Socialdemócratas Independientes en Alemania, como la Socialdemocracia austriaca (los famosas “austromarxistas”…), teorizaron y llevaron a cabo la política de integrar al doble poder de los consejos obreros con el poder estatal burgués. El resultado de dicha “coexistencia” es conocida por todos: el estado burgués sobrevivió y se reforzó, mientras los consejos obreros se debilitaron hasta su desaparición.
 
[12] Aquí no puedo extenderme sobre este punto. Solo señalar que en el moderno estado capitalista (digamos desde los inicios del siglo pasado) el peso de la clase (o casta) funcionarial ha adquirido mucho mayor relevancia en todo el mundo. Y, de una manera creciente. Dentro de esta tónica general, se dan casos donde (por h o por b) esta características se exacerba y la burocracia de ese estado particular tiene un peso específico mayor. Esto último es lo que sucede en Venezuela por ser el propio Estado dueño directo (por medio de PDVSA) de cantidades interminables de “oro negro”.
[13] Véase el artículo de Miranda y el reportaje a Roland Denis ya citados.
 
[14] Estoy pensando, por ejemplo en el artículo de Miguel Mazzeo, “La revolución bolivariana y el poder popular”, que forma parte de un libro con un título sugerente: “Venezuela, ¿la revolución por otros medios”, de AAVV (Dialektik editora, Buenos Aires, 2006).
En este artículo Mazzeo pone el acento en la noción de “transición”, anticipando la línea de pensamiento que desarrolla Aldo en “Los desafíos de la transición”. Véase especialmente un párrafo en p. 51/52.
[15] Me refiero, específicamente, al análisis histórico que realiza Aldo de las experiencias de Estados poscapitalistas que existieron en el siglo pasado. Concretamente entre las páginas 68 y 75, apartados “Repensando el socialismo” y “El socialismo que no fue”, del capítulo 4.
 
[16] Hasta aquí estoy casi seguro que Aldo estará de acuerdo conmigo; pues no hago otra cosa que seguir la línea de pensamiento que  él desarrolla en su libro; concretamente cuando dice  “… que, en aquellos Estados que se presentaban como el socialismo realmente existente, lo que en realidad existía no era socialismo” (P. 71.)
[17] Personalmente soy muy crítico con actitudes de ese tipo. Pero reconozco que es debatible, que hay espacio para un “descargo” por necesidades geopolíticas, etc. De allí que, en aras de evitar una discusión engorrosa, es mejor hacer abstracción de ese tipo de relaciones internacionales.
 
[18] Los desaguisados políticos de Daniel Ortega no se limitan a su clericalismo anti-abortista; hay otras “perlas” por el estilo. Pero no viene al caso extenderme al respecto. Lo que está claro es que Daniel Ortega hoy por hoy es un político burgués de derechas, más allá de que de vez en cuando habla de “revolución” y que su partido se sigue llamando Sandinista. No por casualidad, Ernesto Cardenal y otros cientos de antiguos líderes y militantes sandinistas hace años que han roto con Ortega y han debido abandonar el partido.
 
[19] P. 53, último párrafo.
 
[20]. Si bien aquí no es el lugar para hacer mención del asunto, no puedo dejar de decir que  esta actitud de Chávez genera graves problemas políticos entre sus seguidores y simpatizantes argentinos. Pues se produce una especie de comedia de enredos para corrientes que, como el FPDS, se reivindican chavistas y, a la vez, se posicionan en contra del gobierno K. Mientras estas corrientes denuncian el carácter capitalista del kirchnerismo y se oponen a él, su dirigente o figura internacional, Hugo Chávez, dice y hace exactamente lo opuesto. Más confusión imposible…
 
[21] O, en todo caso, que sin todavía ser “socialista” es un movimiento político que estaría favoreciendo dicha perspectiva, tal como plantea Miguel Mazzeo en el artículo citado y, entiendo, insinúa Aldo en su libro.
 
[22] Véase, infra, el apartado 2.3.4, p. 46.
 
[23] Esto ya lo había dicho en la primara sección, donde realizo la crítica al libro. Pero aquí necesito repetirlo pues se trata de una cuestión política central. Véase, supra, el apartado “1.1 Una importante lista de acuerdos, de posicionamientos y recorridos compartidos”, p. 4.
 
[24] Hal Draper, “Las dos almas del socialismo”, citado por Aldo en “Los desafíos de la transición”, p. 11
[25] Es decir, aquí estoy haciendo abstracción de todo lo que tiene que ver con la coyuntura y con los ajustes “tácticos” que ello conlleva. Esto ya ha sido señalado, pero no está de más repetirlo a fin de evitar equívocos o falsas discusiones.
Pero, además, no he hablado de otro aspecto general pero también sumamente importante. Y lo he dejado de lado puesto que aquí hablo de las coincidencias que tengo con Aldo, mientras que este otro tema es controversial. Me refiero a la importancia determinante que tiene la propaganda y la lucha ideológica en el accionar revolucionario anticapitalista. Más en estos tiempos de “crisis de alternativa” y donde todo lo que tiene que ver con la subjetividad y las ideologías tiene una importancia superlativa.
… Pero al respecto hablaré un poco más adelante…
[26] Roland Denis, entrevista ya citada (en portal Marcha.org.ar el 05/12/2011) Los resaltados son míos, EM.
 
[27] Es por esto que hace mucho he criticado algunas posiciones del “nuevo anticapitalismo” que apuntan a tesitura de ese tenor. Tal como, por ejemplo, es el caso de  John Holloway y su ya clásico libro “Cambiar el mundo sin tomar el poder”.
[28] Me refiero esencialmente a sus publicaciones virtuales que son las que sigo con mayor asiduidad. Concretamente “Prensa Defrente” y “Marcha”, que ha suplantado a la anterior.
[29] Dado que no he hablado de la política concreta para Venezuela, es jorobado hablar de “las mediaciones”.  Sin embargo, diré dos palabras al respecto. En primer lugar, dejo en claro que yo no tendría problemas en aceptar todo tipo de tácticas que permitan a las fuerzas anticapitalistas revolucionarias establecer la mejor relación posible, y el mejor diálogo posible, con la gran mayoría de los trabajadores y el pueblo venezolano que actualmente están fuertemente identificados con Chávez. En este sentido, en el terreno electoral creo que estaría de acuerdo en llamar a votar por Chávez. Incluso intentaría formar parte del Partido Socialista Unido de Venezuela  (PSUV); etc., etc.
Pero, en cualquier caso, siempre con la condición sine qua nom de tener completa libertad de expresión para poder decir lo que se piensa.
 
[30] Para mi sorpresa, en el libro de Aldo Casas se apela, sistemáticamente, a dicha terminología para hacer referencia a los países latinoamericanos.
El hecho es anecdótico, pero es todo un símbolo de este antiimperialismo y nacionalismo recargado que encuentro en el FPDS.
[31] Prácticamente en todos los libros que ha editado hace referencia a este tema. Ya he citado algunos de ellos en la nota al pie nº 13. Aquí agrego otro libro: “Monopolio, imperialismo e intercambio desigual (Madrid, Maia, 2009) y un artículo de su blog: “Imperialismo en Lenin, análisis crítico”, publicado el 23/03/2011)
[32] Me atrevo a decir que ha sido este hecho objetivo el golpe más duro que ha sufrido la Teoría de la Dependencia y que le ha llevado a perder pie en los últimos años.
[33] Conflicto que todavía está latente y ha tenido una gran repercusión en todos los medios del mundo; por tanto no me extenderé en su descripción.
[34] Frase de Valdez Gutiérrez, reproducida “Los desafíos…”, p. 45
 
[35] Es interesante a este respecto el caso del kirchnerismo, un gobierno que tanto el FPDS como Aldo definen como inequívocamente capitalista. Pues bien, su apología del Estado es una constante en su pintoresco “relato”. Sin ir más lejos, la presidente Cristina Fernández dijo hace unos días en un acto en Rosario: “Yo les pido a todos los argentinos, desde el lugar en que están, que miren un poco a su alrededor, la presencia del Estado –concluyó–. Defender el Estado es defender la bandera, si no qué corno es la bandera más que el Estado con todos los argentinos adentro.” (tomado textualmente del “boletín oficial”, Página /12, del 28/02/2012)
 
 

[36] A propósito de esto, no puedo dejar de decir algo sobre un tema de vigésimo orden que formó parte de mi debate epistolar con Aldo.

Como puede leerse en su carta,  Aldo considera un disparate de mi parte pedir que el FPDS rompa con el ALBA por el apoyo que sus cancilleres dieron a Al Assad. Su argumento es que ello es imposible, pues no forman parte de él. Pues bien, me pregunto, entonces, ¿por qué forman parte del ALBA Capítulo argentino? ¿Y por qué en las publicaciones del FPDS hablan del ALBA como si fuesen parte de él? Me parece que el problema es de contenido y no formal, tal como intenta presentarlo Aldo.