Por Facundo Lastra[1]

 

Introducción

 Al cumplirse el décimo aniversario de la llegada de Néstor Kirchner al poder, comenzó una fuerte campaña publicitaria desde la maquinaria mediática estatal. Con ella, se intentó instalar la idea de que la historia argentina conocería al período 2003-2013, como la década ganada. Gran parte de las victorias de la década incluían en este discurso aspectos del desenvolvimiento de el modelo económico[2].

El término década ganada busca contraponerse con el de década perdida, nombre con el que se denomina los períodos de crisis y estancamiento propios de las economías latinoamericanas de los años ´80. Durante estos años de predominio neoliberal, muchos países de la región vivieron épocas críticas, con acumulación de deudas externas impagables, gran déficit público y, en su generalidad, con regímenes cambiarios de tipo fijo y/o gran volatilidad inflacionaria.

Si partimos de preguntarnos ¿qué fue lo que se ganó?, al menos en el plano económico, no podemos sino remitirnos a un debate preexistente al  aniversario del 25 de Mayo pasado, que es el debate sobre la existencia o no de un cambio estructural en el país, luego de la crisis. Si esta década fue ganada, deberíamos estar en presencia de una modificación de la estructura económica de la sociedad que, si no se alteró de raíz, al menos estaría en camino de hacerlo. Generalmente, el supuesto triunfo se asocia a la construcción de un esquema económico industrial, distinto al difundido en el período que va desde 1976 al 2001. En el caso contrario, si la economía muestra signos de continuidad con sus etapas previas, podríamos decir que esta fue otra década perdida, en el objetivo de desarrollar al país.

Este texto busca aportar al debate sobre la existencia de un cambio estructural, reseñando las principales posiciones que se plantearon sobre esta cuestión. El objetivo que aquí nos proponemos es presentar qué continuidades y rupturas posee el actual modelo económico con su etapa anterior, haciendo principal hincapié en las condiciones de la venta de la fuerza de trabajo.

Para ello, en el primer apartado se describen las características de la salida de la crisis del 2001 y las explicaciones que sostenían la existencia de un cambio estructural en la economía. Luego, se lleva el análisis al mercado laboral, explicando las visiones que extrapolaban el mencionado cambio estructural al mundo del trabajo y mostrando las objeciones que surgieron a esta visión. En el cuarto apartado, se muestra una explicación alternativa del capitalismo argentino, basada en el reconocimiento de la especificidad nuestro país en el sistema económico mundial. Por último, se presentan algunas conclusiones.

1.    La salida de la crisis

La crisis del 2001-2002 sintetizó las contradicciones que el capitalismo argentino venía acarreando desde su década anterior, sobretodo la fuerte recesión presente desde 1998. Pero los meses posteriores a esta crisis se caracterizaron por tener un crecimiento veloz, que se extendió hasta el año 2007. En este contexto se instaló la idea de que la argentina estaba creciendo a “tasas chinas”, para referirse al promedio de 8% anual del crecimiento del PBI que el país tuvo entre 2003 y 2007.

Contradiciendo las tesis ortodoxas, este crecimiento comienza a darse en un marco de fuerte inestabilidad e incertidumbre, donde el Gobierno Nacional, durante la breve presidencia de Rodríguez Saá, había cesado los pagos de la deuda externa. Esta medida significó, desde el vamos, una oposición con las recomendaciones de los organismos internacionales de crédito, como el FMI. Pero no sólo eso, sino también los controles cambiarios, restricciones a la importación, impuestos a las exportaciones, una política montería más flexible y la intervención del Banco Central en el mercado de dinero fueron parte de un conjunto de intervenciones estatales que se contraponían objetivamente al tipo de intervención del Estado propio de la década anterior, pero que igualmente contaron con el apoyo de amplios sectores de la sociedad argentina.

La salida de la recesión y esta mayor presencia de la intervención estatal, llevaron a muchos economistas y cientistas sociales a pensar que la estructura económica del país había variado significativamente. Aunque esta opinión no fue unánime y presentó varios matices, sí estuvo presente la idea de un cambio estructural, aunque sea incipiente, de la economía. Algunos hablaron de un “embrionario patrón de acumulación” (Arceo et al: 2008), otros de la instauración de un “nuevo patrón de crecimiento” (CENDA: 2010) o, los más entusiastas, de un “nuevo modelo de desarrollo con inclusión social” (Panigo y Chena: 2012). Para justificar la existencia de esta ruptura en la economía argentina, como denominador común, distintos analistas realzaban los siguientes aspectos:

1)    La política de tipo de cambio. Si bien hay debate al respecto, muchos economistas acuerdan en denominar que la política del gobierno se basó en un “tipo de cambio alto”, que contrasta con el bajo tipo de cambio de la convertibilidad[3].

2)    La alta tasa anual de crecimiento del PBI, que como decíamos más arriba se mantuvo en un 8% en el período 2003-2007

3)    La caída de la desocupación, que tocó un piso de alrededor del 7% en 2007, cuando en 2002 era del 24%.

4)    La recuperación salarial en términos reales de los trabajadores registrados, que mantuvo una tendencia ascendente, con una leve caída en el 2008.

5)    El crecimiento de la industria manufacturera en contraposición con los servicios. Esto se demostraría porque en el período 2002-2006 el crecimiento porcentual de las manufacturas fue mayor al de los servicios, en contraposición con los años noventa, donde estos últimos eran los que lideraban el crecimiento económico.

6)    La reversión del déficit en la balanza comercial (las exportaciones menos importaciones), que fue positiva desde poco antes de la crisis hasta el período 2010-2012, cuando el superávit disminuyó drásticamente.

7)    El mejoramiento de las cuentas del estado, que comienza a tener resultados fiscales positivos, al revés de los noventa, cuando en promedio el estado era deficitario (es decir, que gastaba más de lo que recaudaba, si no se tenía en cuenta el ingreso por privatizaciones).

8)    La política de desendeudamiento, que comenzó a presentarse como una política progresista, de recuperación de soberanía; al revés de los ´90, cuando el pago de la deuda estaba asociado a una relación de subordinación a las directivas de los organismos de crédito.

9)    La acumulación de reservas, es decir el aumento de la cantidad de dólares en el Baco Central, que superó el máximo de reservas en los noventa y tocó un techo en 2008, llegando casi a los U$S 50.000 millones.

10) La tasa de interés real negativa. Esto es la diferencia ente la tasa de interés y la inflación, que hace más rentable invertir en la esfera productiva. Como la inflación fue por encima de la tasa de interés, ya no resultaba conveniente depositar dinero a plazo para obtener un rédito en interés y, así, se incentivaría su inversión con fines productivos.

Como decíamos más arriba, a la ortodoxia liberal le fue imposible explicar el por qué de este proceso de crecimiento. Según su perspectiva, las políticas económicas del Gobierno estuvieron llenas de errores, que lo único que hicieron fue distorsionar los niveles de equilibrio natural de la economía argentina. Las principales críticas estuvieron apuntadas a la falta de planificación en la intervención estatal, al excesivo intervencionismo y a la utilización de impuestos distorsivos. Así, los economistas ortodoxos afirmaron que el crecimiento en Argentina había sido por la combinación de un “efecto rebote”, debido a que la economía había tocado fondo en el año 2001; con un favorable “viento de cola”, fundado sobre todo en el alto precios de los bienes que argentina exporta (los llamados commodities). En contraposición a este planteo, los defensores del esquema económico de la posconvertibilidad, afirmaron que no había una falta de planificación, sino que el “nuevo modelo” había empoderado al estado frente al mercado[4].

Sin embargo, otro conjunto de autores señalaron que el crecimiento, entendido como el aumento porcentual del producto, puede no ser sinónimo de mayor desarrollo, ni de un cambio estructural, en términos de inclusión social. Para analizar si el proceso de crecimiento fue inclusivo o exclusivo, se suele comparar la evolución actual del mercado de trabajo con su funcionamiento durante la década del ´90. En este apartado seguimos esa misma pauta, realizando luego un necesario análisis de largo plazo.

2.    El mundo del trabajo en la convertibilidad y la posconvertibilidad: ¿dos décadas totalmente contrapuestas?

Durante el período de la Convertibilidad, fue muy significativo el retroceso en la condiciones de reproducción de la clase trabajadora, profundizando el proceso de deterioro abierto con la dictadura militar del ´76. En los ´90 se afianzó la centralización del capital y el desplazamiento de las pequeñas y medianas empresas, arrojando a cientos de miles de trabajadores a la desocupación, mientras que aumentó la productividad de la economía argentina. A su vez, se difundieron formas precarias e informales de contratación de asalariados, acordes a las tendencias mundiales de flexibilización laboral, que fragmentaron a la clase trabajadora, en asalariados ocupados registrados y, por otro lado, trabajadores precarizados y desocupados.

En este marco, es importante remarcar que a mediados de los noventa se llevó a cabo un sistemático recorte a los beneficios sociales de los trabajadores y la reducción de los aportes patronales, que tenían como objetivo abaratar la mano de obra, significó una transferencia de ingresos fiscales al sector privado. Las predicciones de los economistas neoclásicos hegemónicas en aquél tiempo no se cumplieron, y la reducción de los aportes no significó un aumento del nivel de empleo. Por el contrario, sólo tuvo como consecuencia un incremento de la rentabilidad de las grandes empresas[5].

En la década siguiente, a raíz de la capacidad de generación de empleo que tuvo el modelo económico de posconvertibilidad, numerosos autores afirmaron que el año 2003 habría significado una ruptura, no sólo a nivel macroeconómico (como lo vimos en el apartado anterior), sino que también en el mercado de trabajo. Economistas que sostienen esta idea argumentan que “Las importantes modificaciones ocurridas en el mercado de trabajo durante la posconvertibilidad parecerían haber transformado las tendencias prevalecientes en las últimas décadas respecto del proceso de fragmentación de la clase trabajadora” (Arceo et al, 2007: p.52).

Para realizar esta comparación entre etapas a continuación tomaremos dos dimensiones que nos parecen importantes para analizar el amplio “mundo del trabajo”: la generación de empleo y la relación salarios-ganancias.

2.a) La generación de empleo

Uno de los principales factores de cambio sería, justamente, la fuerte generación de empleo que tuvo el modelo económico durante su recuperación, que se expresó en una mayor elasticidad producto-empleo. Esta elasticidad refleja la reacción del nivel de empleo ante aumentos del producto. Una economía “inclusiva” debería tener una elasticidad alta, donde ante variaciones en el producto, la mano de obra contratada crezca de manera significativa.

Cuadro N° 1. Tasa de crecimiento anual acumulativa del empleo por sectores
Sector 1991-2001 2002-2005
Productores de bienes

-2,50%

11,10%

Productores de servicios

1,30%

5,20%

Elaboración propia en base a Arceo (2007)

Como se observa en el cuadro, durante el período de la convertibilidad la producción de bienes expulsaba mano de obra, mientras que los servicios crecían en su nivel de empleo contratado. Esta situación cambió en el período de crecimiento posterior a la crisis, dado que hay una mayor elasticidad empleo-producto y que, en el caso de la producción de bienes, se expresa en una gran capacidad de absorción de empleo.

Un problema de este planteo es que asimila la generación de trabajo con la idea de “cambio estructural”, sin preguntarse cuál es la calidad del empleo generado durante la última década. Por lo tanto, con ese análisis superficial no se pude determinar si hay una real modificación de la estructura económica del país y las condiciones de vida de los trabajadores.

Esa interpretación pierde de vista que el principal motivo de la mayor elasticidad empleo-producto fue la expansión de las PyMEs, que se caracterizan por el uso intensivo de mano de obra y una explotación del trabajo en peores condiciones (salariales y de protección) que la media de la economía. Mientras que durante el crecimiento de la Convertibilidad el empleo en grandes empresas ocupaba al 27% de los asalariados, éste disminuye en el período posterior al 22%. Lo que sucede de manera inversa, para el caso de las PyMEs, quienes explican en una proporción mayor del empleo que en la posconvertibilidad (el 37% de los asalariados, mientras que en el período postequila era del 16%).

Por último, de muchos estudios sobre la última década también se desprende la persistencia del empleo precario como un factor estructural en la economía argentina. Si bien desciende con respecto a los ‘90, la precariedad persiste para un 37,3% de los asalariados[6]. Si a esto se le suma la desocupación, se llega a que casi la mitad de la población asalariada tiene problemas de empleo.

2.b) El salario y las ganancias

Con respecto a los niveles salariales, hay quienes resaltaron la importancia de la suba salarial ocurrida luego de la crisis del 2001, sobre todo en el sector formal, para contraponer la dinámica actual del mercado de trabajo, con la de los noventa. Pero lo que no toman en cuenta estos autores es que recién en el año 2008 los salarios reales llegaron a recuperar el poder adquisitivo de la Convertibilidad, sin poder si quiera superarlo. A su vez, si se toma en cuenta sólo la recomposición salarial posterior a la crisis del 2001[7], se ignora la importancia de la caída salarial que produjo la devaluación y lo clave que fue esa caída para restablecer la ganancia empresarial.

Es así que a pocos años del crecimiento a “tasas chinas”, la reticencia del capital a ver reducida su rentabilidad, provocó que los aumentos salariales entren en contradicción con el esquema de crecimiento heredado de la convertibilidad, por lo que se instaló con más fuerza el proceso inflacionario, que tiende a erosionar cualquier suba salarial, sobre todo en el sector precarizado de la clase trabajadora. Mientras tanto, un amplio sector de los trabajadores del sector formal, los “privilegiados” que lograron recuperar su poder adquisitivo por encima de los niveles de los noventa, comienza a pagar el Impuesto a las Ganancias.

Como afirman Féliz y Pérez (2007), los sectores productores de bienes estaban en un nivel muy bajo de utilización de su capacidad instalada para finales de la década del ´90. El crecimiento posterior se explica por los bajos niveles salariales, la mala calidad de la inserción laboral y las grandes rentabilidades que se pudieron obtener en ese contexto. Así se entiende la alta elasticidad empleo-producto, que no es sinónimo de un cambio en el patrón de crecimiento de la economía, ni de una modificación sustancial en su perfil productivo, sino más bien de una absorción de empleo mal pago por parte del capital, que vio su tasa de ganancia  intacta durante este período. A su vez, dicha elasticidad ya se encontraba, para el año 2005, convergiendo a niveles similares de los de la época de crecimiento post-crisis del tequila (1995-1998)[8].

Esta realidad en el mercado de trabajo llevó a que se empiece a hablar de un proceso de fragmentación de la clase trabajadora, en el que un sector pudo mantenerse como mano de obra empleada de manera estable, con protección social y acceso a mejoras salariales. Mientras que otro sector se estancó en la precarización laboral, manteniéndose en una situación de constante informalidad, peores condiciones de reproducción, como mano de obra sobrante, que entra y sale de la producción, según los vaivenes económicos[9].

3.    Los sectores productivos

Según los economistas que defienden la idea de cambio estructural, luego de la devaluación se habría roto con una de las características de la etapa de valorización financiera: la importancia del sector industrial. En el período que va de 1976 al 2003) la actividad industrial dejó de ser el eje central de la economía. Pero la nueva estructura de precios relativos, provocada por la suba del tipo de cambio en el año 2002, y las bajas tasas de interés posibilitaron la recuperación de sectores productores de bienes. Según esta perspectiva, la economía argentina parecería haber revertido el patrón de crecimiento propio de la convertibilidad, cuando el sector servicios crecía por encima del resto de la economía. Ahora, en la posconvertibilidad, el modelo económico habría avanzando hacia un perfil industrial, que genera más empleo.

Pero hay visiones que contrastan con la idea de que existió un cambio estructural entre las décadas estudiadas, sobre todo en la composición de los sectores que forman parte del entramado productivo del país. Esto queda de relieve en estudios que analizan los sectores económicos que lideraron el proceso de crecimiento posconvertibilidad.

Sobre este aspecto es posible analizar la contribución de los distintos conjuntos sectoriales al crecimiento del producto. Si existiera un “nuevo patrón” en la economía, entonces los sectores que dinamizaron el crecimiento deberían diferir de un período a otro. Para realizar este análisis resulta interesante tomar los dos períodos de crecimiento económico de cada uno de los períodos: el crecimiento posterior a la crisis del tequila (1995-1998) y el fuerte aumento del producto que siguió a la devaluación (2002-2006).

Cuadro 1. Sectores que más contribuyeron al proceso, según su participación en el PBI

A) Ramas que crecieron más que el promedio de la economía

Cuadro 1

Como se puede observar en el cuadro, no hay un cambio significativo entre las ramas que dinamizaron los procesos de crecimiento en ambos períodos. Esta situación queda aún más de relieve, si se restringue el análisis al período de “crecimiento genuino”, es decir los subperíodos a partir de los cuales ya se había alcanzado el nivel máximo de productor anterior a la crisis. Así se evidencia que, comparando las últimas dos décadas, “tenemos entonces un crecimiento de la misma magnitud, durante un horizonte temporal casi igual, motorizado por las mismas ramas” (Lavopa 2007: p59).

 

3.a) ¿Qué fue lo que ganamos?

Como decíamos al comienzo del texto, “ganar” o “perder” hacen referencia a una idea de direccionalidad del capitalismo argentino: se gana si la economía avanza hacia un proceso industrializador; se pierde si se retrocede, afianzándose un esquema basado en las finanzas, la intermediación financiera o cualquier proyecto neoliberal que nos aleje de la dirección industrializadora. La idea que está detrás de este planteamiento es que la Argentina podría encabezar un proyecto de desarrollo nacional tutelado por el estado.

Pero esta dicotomía entre “ganar y perder” nos impide entender la especificidad del capitalismo argentino dentro de la economía mundial. Como se piensa de manera estrictamente contradictoria los períodos “industrializadores” (ganados) de los períodos neoliberales (perdidos), se abandona el análisis estructural de la economía. Así se hace imposible encontrar los rasgos de continuidad entre un período y otro, realzando sólo las diferencias coyunturales. Por eso, no es extraño encontrar que quienes defienden la idea de un “nuevo patrón de crecimiento” se basen en análisis cortoplacistas que, cuando realizan alguna comparación histórica, lo hacen con respecto a la década del ´90, cuando no con el momento de crisis del 2001-2002.

La especificidad del capitalismo argentino[10] se basa en la incorporación de la economía argentina al mercado mundial como exportadora de mercancías agrarias portadoras de renta de la tierra. El gran afluente de valor que fluye hacia el país como renta de la tierra basada en las condiciones diferenciales de producción, sirve como compensación al menor desarrollo de las fuerzas productivas de los capitales locales. La apropiación de renta de la tierra toma su forma más potente con la retención directa por parte del estado y su posterior distribución al interior del ámbito de acumulación nacional. El mecanismo de apropiación varía, a su vez, en cada momento histórico: por ejemplo, las retenciones a la exportación en la actualidad o el IAPI a mediados de la década del ´40.

Quienes piensan que el país puede industrializarse, al desarrollar una industria local basada en la burguesía nacional o en una asociación con capitales extranjeros, entienden que los actuales problemas del capitalismo argentino son la negación de la verdadera esencia industrial que tendría el país. Por eso, sus construcciones ideológicas chocan con las evidencias de los continuos topes al crecimiento industrial, como el que vivimos actualmente.

Es que el estado argentino puede, sólo en las apariencias, erigirse como el sujeto político con la capacidad intervenir en la economía para cambiar esta especificidad. Durante los períodos donde se apropia directamente de la renta de la tierra, el estado parecería tener la capacidad de generar un proceso nacional de acumulación de capital que puede producir la generalidad de las mercancías que se consumen en el mercado interno. En este marco surgen pequeños capitales nacionales, ayudados por políticas estatales de protección, la percepción de parte de la renta y el otorgamiento de subsidios. Estos capitales, sin embargo, se encuentran lejos de los niveles de productividad de los capitales concentrados de los países desarrollados, es decir lejos de realizar una producción para ser colocada en el mercado mundial.

La ilusión de “ganar” una década en un sentido industrializador se basa en ver a este pequeño capital, que no posee las potencias de generar un desarrollo como el de los países avanzados, como quien posee la capacidad de torcer el rumbo de la acumulación en Argentina. Es decir que la idea de década ganada  no es más que una expresión ideológica, que surge como forma necesaria del eventual desarrollo del capital nacional. Expresión ideológica que, en algunos casos, ve a ese “incipiente” desarrollo como parte del camino necesario hacia la superación del capitalismo.

Los afluentes de renta que puede captar el estado argentino y las formas políticas que éste toma no están mediados por un vínculo mecánico. Al contrario, las formas políticas de la acumulación de capital en argentina acarrean determinaciones históricas y son la expresión necesaria de la reproducción de la sociedad. En el apartado siguiente describiremos la forma específica que tomó el estado argentino de la posconvertibilidad, reseñando interesantes trabajos que abordaron el tema.

4.    La especificidad del capitalismo argentino

4.a) El neo-desarrollismo y la renta de la tierra

Muchos autores del pensamiento crítico argentino optaron por describir al actual modelo económico como neodesarrollista. Esta caracterización marca las intervenciones estatales propias de la etapa y diferencia los elementos de ruptura con el período de 1976-2003. Por ejemplo, Claudio Katz (2013) destaca cómo se restableció durante el gobierno de Néstor Kirchner el funcionamiento de la estructura estatal que, a la vez que garantiza los intereses de las clases dominantes, amplía la asistencia a los sectores empobrecidos, promueve avances democráticos y concede mejoras sociales relativas al anterior período de crisis. En este marco, también observa que el kirchnerismo estuvo “signado por la regresión industrial y la fractura de los trabajadores en segmentos formales y precarizados”, a la vez que afirma que “esta división persiste al cabo de una década de regulación neo-desarrollista, puesto que la recuperación significativa del empleo y los salarios se limitó al sector registrado” (Katz 2013: p.3).

Esta descripción resulta muy interesante si se la relaciona con el reconocimiento de la especificidad de la economía argentina, como exportadora de mercancías agrarias portadoras de renta de la tierra. El término neodesarrollismo es útil para captar las diferencias específicas entre las formas de gobiernos nacionalistas anteriores, la etapa neoliberal y el período actual. Ahora, la fuerza del Estado para captar renta y transferirla a otros sectores es más limitada y no se logra crear una base homogénea para la reproducción de la población en su conjunto, mediante un sistema público de salud, educación y seguridad social.

4.b) La venta de la fuerza de trabajo por debajo del valor

Como decíamos anteriormente, no es posible entender las condiciones de la acumulación, sin una mirada del capitalismo de largo plazo. Lo mismo ocurre para analizar las características de la venta de la fuerza de trabajo. Para esto, resulta muy útil, comparar la evolución de los ingresos laborales reales y de la productividad, para ver cuánto se ganó o se perdió en materia económica.

Gráfico 1. Productividad e Ingreso laboral real. Total de la economía. Argentina y EE.UU. 1935 – 2010. Evolución. 1935 = 100.

Sin título-1

Fuente: Kennedy y Graña (2012)

Tomando las últimas dos décadas, tal como lo hicimos anteriormente, se visualiza que la década del ´90 tiene una fuerte tendencia descendente en los salarios, mientras que aumenta la productividad. Luego de la crisis del 2001-2002, la fuerte caída salarial es acompañada por un nuevo despegue en materia de productividad. Por último, como ya mencionamos en este texto, a partir del 2003 empiezan a recuperarse los salarios reales, hasta que se estancan en 2008, apenas recuperando los niveles de la década pasada.

Si nos vamos más atrás, también se observa el gran divorcio entre los niveles de ingreso laboral y la productividad que se produce a partir de la década del ´70 y se agrava los años posteriores. Esta brecha es acompañada por otra más grave en términos de desarrollo: la cada vez mayor distancia que existe entre Argentina y países adelantados, como los  Estados Unidos.

¿Pero cómo logra subsistir el capital en Argentina con un menor desarrollo de las fuerzas productivas? Aquí es donde juegan las vías de compensación que tiene el capital que operan en nuestro país y que mencionábamos en el apartado anterior. Una compensación importante se realiza mediante la transferencia directa por parte del estado. Ya sea por los subsidios directos, como también por la subvención de los bienes que son parte del fondo de consumo de la clase trabajadora. Todos estos mecanismos, sumados a la corrupción y la evasión fiscal, que favorecen tanto al pequeño como al gran capital, son parte de la compensación que necesitan los capitalistas industriales para poder operar en el país, sin tener que brindar buenos servicios u operar con altos niveles de productividad.[11]

Pero hay otra importante fuente de plusvalía extraordinaria que se instala con el proceso abierto en 1976 y parece no haber cambiado: la venta de la fuerza de trabajo por debajo de su valor. Este fenómeno, descripto en varios pasajes de El Capital de Marx, se basa en reducir el consumo del obrero más allá de su límite normal, convirtiendo así parte del fondo de valor necesario para la reproducción del trabajador en fondo de valor para la acumulación del capital individual en cuestión.

Como se observaba en el gráfico anterior, la evolución de los salarios mostraba un desenvolvimiento que, con sus vaivenes, parecía estar acorde a los aumentos en el nivel de productividad. Pero luego de la década del ´70 esta relación se rompe, dado que el salario real cae abruptamente, mientras que la productividad crece, proceso que se repite para la década del ´90. Luego, para el período posterior a la crisis del 2001, el aumento salarial no logra superar los niveles de la Convertibilidad, al mismo tiempo que la productividad sigue creciendo.

Para el caso argentino, Juan Iñigo Carrera (2007) compara el salario real directo de Argentina con el de Estados Unidos y muestra cómo el poder adquisitivo del salario argentino forma parte de esta tendencia a la baja. Luego de una última recuperación del salario a mediados de los ´50, “las condiciones de reproducción de la fuerza de trabajo argentina entran en un deterioro relativo progresivo, para caer a la mitad de la capacidad de compra del obrero norteamericano con la dictadura militar de 1976-1983, consolidarse en ese nivel desde 1991, y caer incluso por debajo de él en el 2001”. Ante esta situación, el autor afirma que “no cabe duda de que el obrero fabril argentino está vendiendo su fuerza de trabajo por debajo de su valor. En estas condiciones está lejos de poder reproducirla de manera normal” (Iñigo Carrera 2007: p.54) [12].Este estudio establece una interesante comparación para los obreros fabriles argentinos y norteamericanos, que poseían, en términos generales, las mismas capacidades productivas y realizaban tareas similares.

En Kennedy y Graña (2012) se estima cuánto es, en términos de valor, la compensación que el capital recibe por el pago de la fuerza de trabajo por debajo de su valor en Argentina. Así llegan a que esta fuente extraordinaria representa entre el 15% y el 35% de la plusvalía total, según la metodología que se considere.

 

Conclusiones hacia un balance de la última década

Sin lugar a dudas quedan en este texto un gran número de aspectos sin analizar y que pueden resultar muy importantes para el debate sobre la existencia de un cambio estructural en el país. En este trabajo nos restringimos a analizar superficialmente algunas características de la economía nacional, para analizar principalmente la evolución del mercado de trabajo.

En ese recorrido, concluimos que los cambios en el mercado de trabajo actual no significan en sí mismo un “nuevo patrón” o una forma de crecimiento con “inclusión social”. Por el contrario, la mayor capacidad de absorción de empleo de la economía argentina fue posibilitada por el bajo nivel de los salarios reales y la mala calidad del empleo, la capacidad del estado de captar renta de la tierra para distribuirla al capital industrial, la difusión del empleo en pequeñas y medianas empresas, entre otros. En principio, muy pocas economías capitalistas viven procesos de crecimiento, sin una mínima redistribución del ingreso, al menos en términos personales[13], y algún aumento salarial. Lo que generalmente sucede es que el capital echa mano de la población obrera sobrante, que se encuentra desocupada u ocupada en actividades que son superfluas para la acumulación de capital.

Los aspectos estudiados en este texto parecen indicar que la especificidad del capitalismo argentino no ha cambiado, aunque exista un coyuntural mejoramiento económico en la última década. En particular, se analizó la persistencia de la venta de la fuerza de trabajo por debajo de su valor que, junto con otros mecanismos de compensación, permite al capital operar con condiciones productivas que están por debajo de la media mundial.

Así es que el actual período de la economía, que muchos autores coinciden en denominar como neodesarrollista, no significó una ruptura con las trabas estructurales del capitalismo argentino, si bien presenta diferencias objetivas con la década pasada. Esto se observa claramente en el mercado de trabajo, donde los bajos salarios y la mala calidad de la inserción laboral parecen ser fenómenos que no están en vías de ser erradicados. Un mejor entendimiento de esta realidad es sin duda el primer paso necesario para transformarla.

NOTAS

[1] Militante de COB – La Brecha. Docente e investigador UBA-CONICET. Se agradecen los comentarios de Damián Kennedy al borrador de este texto.
[2] A modo de ejemplo, en las vísperas del aniversario del 25 de Mayo, la agencia oficial de noticias TELAM disparó una batería de cables a tono con la idea de la década ganada. En el terreno económico, se pueden citar los siguientes:  Yauhar: “Este país dejó de ser prueba de ensayo de los grupos económicos” ; Se duplica producción de melanina en la última década;  En la última década, Argentina registró cosechas record y volvió a ser potencia agroalimentaria; Sector automotriz tuvo crecimiento exponencial en la década y es uno de los 20 países de mayor producción y ventas; Durante la última década se llevó adelante un proceso de desendeudamiento histórico;   Crecimiento de la construcción de la última década fue el más importante en 50 años; Deibe: “Transitamos una década ganada al desempleo”; De Vido: “1993 a 2003 fue la década pérdida en materia energética”
[3] Si bien esto es así para los primeros 6 años del kirchnerismo; luego, la suba de los precios internos hicieron que el tipo de cambio real (que toma en cuenta la inflación) bajara. Esto sucede porque, aunque se mantenga el tipo de cambio nominal alto, si suben los precios internos, los precios argentinos “se encarecen” en términos reales.
[4] La misma presidente comenzó a hacer hincapié en sus discursos sobre el cambio de paradigma que existiría en la economía mundial, del cual la Argentina sería parte. En nuestro país habrían vuelto a ser centrales las políticas de corte keynesiano, con el norte de instaurar un “capitalismo serio”, frente al capitalismo deshumanizado que estaría llevando a la crisis a muchas economías del mundo. (La Nación, 4/11/2011: “La presidenta reclamó un ‘capitalismo serio’“).
[5] Para una descripción del mercado laboral en los noventa, ver Arceo et al (2008: cap. 2)
[6] Clarín, 24/06/13, “El empleo en negro no cede: hace 3 años que está en 37%”, de Ismael Bermúdez, en base a metodología del INDEC que toma en cuenta las localidades del interior de las prvincias.
[7] Para un ejemplo de ello ver Panigo y Chena (2012)
[8] Ver Féliz y Pérez (2007: p.342).
[9] En una perspectiva enfocada en el mercado de trabajo,  Salvia analiza la informalidad laboral y sostiene que, para la década analizada, “en los períodos de crecimiento, bajo una estructura heterogénea y segmentada, no parecen haber procesos integradores” (Salvia et al, 2008: p.22).
[10] El planteo que aquí realizamos va en línea con los desarrollos de Juan Iñigo Carrera (2007)
[11] No es que aquí estemos haciendo una crítica liberal a la intervención estatal, sino que estamos buscando la determinación social de su existencia. La figura de “capitalismo de amigos”, que tan atinadamente presentan quienes utilizan el término neodesarrollismo, justamente hace referencia a esta situación. Pero la asociación entre algunos capitales (nacionales o internacionales) no se da por una cuestión de amistad, sino por la necesidad del capital de operar con alguna compensación para poder sobrevivir en su condición de capital atrasado. Así se da esta asociación selectiva entre el estado y algunos capitales nacionales e internacionales.
[12] A este deterioro en términos relativos con EEUU, que ubica al salario argentino igual a la mitad del estadounidense, se le suma la caída en niveles absolutos, ya que desde 1974 al 2004 descendió un 44%. Además, en este cómputo sólo se toma en cuenta a los asalariados registrados del sector fabril, cuyo salario era casi un 60% mayor al de los asalariados no registrados (Iñigo Carrera, 2007: 142-145).
[13] La distribución personal del ingreso es la desigualdad en términos de ingresos entre la personas en términos individuales (o más precisamente entre los hogares), mientras que la distribución funcional indica qué porción de los ingresos es apropiada por el trabajo y qué porción por el capital. Esta última no mejoró de manera significativa durante los últimos diez años.

Bibliografía

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Arceo, N., Monsalvo, A., Schorr, M. y Wainer, A. (2008): “Empleos y salarios en Argentina: una visión de largo plazo”, Capital Intelectual, Buenos Aires.

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