El 4 de noviembre de 1995, se suicidaba en París, uno de los filósofos más importantes del siglo XX. Junto con Félix Guattari escribieron dos obras trascendentales, Mil Mesetas y El Antiedipo.

Para tener una primera aproximación al trabajo de Deleuze, desde Democracia Socialista entrevistamos a Emiliano Exposto, profesor de Filosofía por la UBA, investigador del Conicet e integrante de la Cátedra Abierta Félix Guattari. Es co-autor junto con Gabriel Rodríguez Varela, de los librs “Manifiestos para un análisis militante del inconsciente” y “El Goce del Capital: crítica del valor y psicoanálisis”.

Le hicimos dos preguntas que sirvan de disparadores, estas son:

1 – ¿Por qué seguir estudiando a Deleuze en este momento histórico?

2 – ¿Cuál es el aporte de su obra para la izquierda revolucionaria?

Vamos con las respuestas de Emiliano:

En principio, hay que decir que Gilles Deleuze fue un filósofo francés de la segunda mitad del siglo XX, asociado al pensamiento de Nietzsche, de Spinoza, al Mayo Francés y a lo que se conoció como el posestructuralismo. Pero me interesa más poder actualizar su pensamiento en función de operativizar unas reflexiones situadas, militantes y políticas de su filosofía; y en función de al menos tres problemas políticos concretos que creo que su obra nos permite discutir.

En primer término, su análisis del fascismo en relación directa con las crisis capitalistas, asociando el devenir fascista, autoritario y represivo del poder estatal y capitalista a las violencias sexuales, raciales, precarizantes, clasistas, que recorren el campo social, más cuando este está en crisis.  Luego, conectar su filosofía en general, y su lectura de Marx en particular, con los debates de la teoría crítica contemporánea. Y, por último, destacar la importancia que otorga su filosofía a las luchas de la reivindicación y reconocimiento de las diferencias, de las disidencias y diversidades, a las luchas contra la normativización o normalización de la existencia, a las disputas orientadas a transformar los deseos, imaginarios, fantasías y formas de vida. Siempre entendiendo, según Deleuze, que la transformación de la subjetividad, de los afectos e incluso de los discursos, es una premisa fundamental de la transformación social, cultural y política, toda vez que el capitalismo no es sólo producción de mercancías sino de sujetos concretos en los cuales ese capitalismo se reproduce, impugna o resiste.

Entonces, en primer lugar, el pensamiento de Deleuze constituye una caja de herramientas para combatir las nuevas formas del fascismo contemporáneo; aquellas representadas por Trump y Bolsonaro pero también los micro-fascismos que se reproducen por abajo en el tejido del lazo social. Esto es el fascismo que constituye el deseo represión, de orden y normalidad que recorre todo el cuerpo colectivo en crisis. Como sucede en cierto punto con Walter Benjamin o con Enzo Traverso, Deleuze se encargó de comprobar que hay una pertenencia de la violencia fascista a la estructura autoritaria del mercado capitalista. Eso le permite relacionar los momentos de crisis agudas del capital con el momento de re-emergencia de orden y normalización fascista; puesto que para Deleuze no hay crisis capitalista sin búsqueda del Capital de gobernar, de gestionar la crisis, disciplinando afectos, aspiraciones, sueños y malestares.

Entonces, el fascismo como lo entiende Deleuze nos aporta una perspectiva crítica para comprender la violencia precarizadora, desigual y diferencial del Capital en crisis; que en último término es la violencia de la propiedad privada y la ofensiva colonial del poder capitalista respecto del mundo del trabajo, del mundo de los deseos y del mundo de las disidencias y  antagonismos.

En segundo lugar, la obra de Deleuze se caracteriza por una original lectura de pensadores clave de la tradición denunciatoria, como Nietzche, Marx, Espinoza o Freud. Esto le permitió, en pleno momento de mutación neoliberal del capitalismo, de dictaduras y luchas sociales de los 60/70, desarrollar una filosofía política muy importante que explora las razones por las cuales nuestros afectos, sensibilidades o fantasías constituyen un punto de vista para realizar una crítica radical del capitalismo colonial y patriarcal.

Es en ese sentido que Deleuze es un pensador anti capitalista comprometido con el despliegue de las posibilidades, futuros y fuerzas que hoy, aquí y ahora, al interior del capitalismo, apuntan a su transformación, supresión e incluso superación emancipatoria. De allí entonces que, si bien Deleuze siempre tuvo una relación tensa con el marxismo por su lectura antidogmática, libertaria y heterodoxa de Marx, cobre una actualidad importante en los debates del aceleracionismo, en los debates de Mark Fisher, en los autonomismos, feminismos radicales, activismos queers e incluso en las vertientes más materialistas del ecologismo anti sistema. También tiene una presencia también relevante en las luchas que hacen a las disidencias mentales, corporales y sexuales que hoy impugnan el deseo de normalización capitalista y su devenir fascista.

Por último, el pensamiento de Deleuze nos importa a las organizaciones revolucionarias en la medida en que hace de la subjetividad un campo de batalla. Esto es, que enfrenta a los enemigos que habitan en nosotros. Nos plantea que el deseo, los imaginarios, malestares y fantasías constituyen un terreno estratégico de la lucha de clases, en la medida en que su punto de vista es que la transformación radical de la sociedad es inescindible de la transformación radical de las subjetividades, o que toda lucha social, política y cultural implica un momento de lucha antagonista respecto de las formas de vida, de la invención de nuevas exclusiones y formas de organización.

Es en ese marco, si bien Deleuze -como Foucault- presenta algunos problemas estratégicos (Daniel Bensaid se ha encargado de mostrar estos límites estratégicos de Deleuze), creo que su pensamiento nos permite explorar las razones por las que la constitución de nuevas relaciones sociales y modos de vida prefigurativos o nuevas subjetividades constituye un momento estratégico de la batalla más general respecto de una sociedad ecosocialista, postpatriarcal, feminista, etc.