(1917 – Revolución de Octubre- 2013)

1. Diversas corrientes de historiadores disertan sobre la Revolución Rusa en divorcio total del contexto internacional y del período histórico pertinente: el de 1914-1922. Esto dificulta la tarea de restitución del “acontecimiento”, la riqueza de su significación política y la dimensión histórica de sus implicancias. Tanto la periodización, como la contextualización, se tornan indispensables para descifrar las especificidades de un “acontecimiento” que, Jean Jaurés, no vaciló en catalogar como una revolución que delimitó, radicalmente, “intereses inicialmente confundidos”.
2. Los años 1914-1922, engloban: 1) el desencadenamiento de una guerra de nuevo tipo con sus múltiples consecuencias sobre la sociedad europea, sus instituciones y sobre las izquierdas políticas y sindicales; 2) el estallido del proceso revolucionario en Rusia (febrero-octubre 1917); 3) la guerra civil en el país de los soviets, que comienza de hecho en 1919, y finaliza en 1922 con los últimos movimientos armados contra el gobierno bolchevique; 4) las convulsiones sociales y políticas en diversos países europeos (Austria, Hungría, Alemania, Italia) y su correspondiente dinámica de revolución/contrarrevolución.
Este período de turbulencias coloca, como novedad, un debate histórico, político, ideológico que, de cierta manera, se prolonga todavía hasta el presente.
Por el contrario, los “grandes discursos” posmodernos sobre esta fase de 1914-1922, borran de un plumazo la complejidad de las confrontaciones de clases y de fracciones de clases; las cuestiones de estrategia política (y de poder) con todas sus bifurcaciones; las crisis institucionales de los regímenes capitalistas; las tormentas sociales, políticas, culturales, con sus efectos en profundidad o incluso de corta duración.
La certeza perentoria con la que diversos historiadores, intelectuales, académicos y portavoces políticos, tratan Octubre 1917, se apoya más en la visión burguesa liberal que en un examen instruido y riguroso de lo que realmente ocurrió.
3. En 1914 se inicia un traumatismo colosal en las sociedades europeas, cuyo efecto golpea de lleno a la clase trabajadora, las capas medias, los militares. La guerra (contrariamente a lo previsto por el alto mando del ejército alemán), se prolonga en el tiempo. Los componentes de una crisis del movimiento obrero se acumulan y, a finales de 1915, son plenamente detectables.
Diversos “modelos” difundidos por los partidos de la II Internacional – que se hacen eco de los intereses políticos, sociales e ideológicos de los trabajadores y de un ala crítica de la guerra – también se ven afectados. La Primera Guerra Mundial (1914-1918) coloca al movimiento obrero internacional ante una serie de cuestiones fundamentales: 1) el fatalismo optimista sobre la “maduración socialista” con sus leyes naturales, es cuestionado; 2) el modelo del gran partido “educador” del proletariado teorizado por Kautsky – que pone entre paréntesis el aprendizaje y la formación de la conciencia adquirida en las huelgas de masas y los consejos obreros – es arrinconado por la lucha de clases; 3) la concepción ritualista de una proclamación internacionalista, pero renegada en la práctica bajo el argumento del “realismo”, lleva a los prestigiosos dirigentes socialdemócratas a un realineamiento chauvinista nacional en agosto de 1914 (votando los créditos de guerra): esta conversión chauvinista entra en contradicción con las resistencias de una amplia franja del movimiento obrero y popular; 4) la naturaleza de la guerra (“guerra interimperialista” para Lenin) y la explicación del por qué de su “explosión” y de sus causas; 5) sobre el tipo de crisis revolucionarias surgidas en las sociedades capitalistas en el contexto de la Primera Guerra Mundial.
4. Entre las figuras de Octubre 1917, que se rebelan contra el curso chauvinista nacional y se disponen tanto a denunciar la guerra, como a confrontar contra el parlamentarismo y los modelos partidarios convertidos en dogma (que paralizaron al movimiento obrero), sobresale nítidamente Lenin. Ese personaje tan devaluado hoy. Desde 1916, Lenin concentra todos sus esfuerzos para dilucidar: 1) los trazos constitutivos de la crisis del imperialismo y su conexión con el tipo de Estados fuertes (coincidiendo en este análisis con Bujarin); 2) la perspectiva de una transformación radical de la sociedad y de sus instituciones, a escala internacional, como “respuesta socialista” a la guerra.
Su reflexión apunta a indicar como perspectiva política la “vía de la Comuna de París de 1871”, diseñada por la emergencia de los soviets en febrero de 1917. Lenin no se adapta por tacticismo a la evolución de sociedad en Rusia; los elementos que lo conducen a una conclusión ya son apreciables en enero de 1917, cuando redacta el “Informe sobre la revolución de 1905”. En su aproximación, la revolución es un punto de partida que se ubica en la crisis del imperialismo; simultáneamente, constata que “Rusia es un país campesino, uno de los más atrasados de Europa”. La Revolución Rusa, entonces, es un “prólogo” hacia la revolución internacional: dispone de una experiencia previa (1905), un potencial de movilización obrera y campesina; y cuenta con un aliado principal: el “proletariado socialista europeo”.
Simultáneamente, aparece con toda su fuerza la “subversión leninista” en torno al lugar del partido en la estrategia: organización del instrumento revolucionario, organización de la revolución, organización de la sociedad que nace de esa misma revolución.
Este recorrido sistemático de Lenin no implica una coherencia sin fallas, ni definiciones a priori. Lenin (re)construye permanentemente. Aproximaciones sucesivas, ajustes, ambivalencias; elaboración de una orientación estratégica efectuada en los flujos y el caos de una “guerra mundial” y de una revolución enclavada en un país tan enorme y desigual como Rusia. En fin, un Lenin muy diferente al que pintaron los manuales estalinistas y la monocorde propaganda de los partidos comunistas.
5. El campo cubierto por el análisis de Lenin (y de otros revolucionarios) contrasta con las críticas – pasadas y presentes – en cuanto a la “revolución prematura” o a la supuesta “inmadurez” de la sociedad rusa. Tema abordado por Max Weber en ocasión de la revolución de 1905, a la cual definió como “un levantamiento insensato”.
Aquí nos limitaremos a describir sólo dos de las perspectivas que prevalecieron, en particular antes de 1918: 1) una corriente determinista económica, que entiende que la dinámica de desarrollo dispone de un fuerte potencial en Rusia, por tanto la perspectiva de una “democratización” ineluctable de la sociedad rusa. La revolución de 1905, la represión masiva que le sigue, los “retrocesos institucionales”, la política de guerra imperial del zarismo y su derrumbamiento en febrero de 1917, aparecen de todas formas como elementos “exógenos”. Las contradicciones, no se ubican enraizadas en el cuadro de los antagonismos de clase que atraviesan la formación social rusa, sino que se remiten a las “inercias” del régimen de poder autocrático; 2) una corriente revolucionaria, para la cual entre febrero-octubre de 1917 se va configurando un cuadro de fuerzas sociales – con sus representaciones en términos de partidos e instituciones – que demuestra que los antagonismos arriban, rápidamente, en un enfrentamiento entre un bloque de clases sociales y capas explotadas y oprimidas, y el bloque de fuerzas implantadas en el pasado imperial, de la monarquía, del ejército, de las fuerzas ultra-nacionalistas.
Con la caída del régimen zarista y fracasado el interregno “democrático” de Kerensky, el proceso revolucionario se abre paso. Es allí donde el “poder de los soviets” deberá enfrentarse “al océano campesino”, como aclara con fineza el historiador polaco Moshe Lewin. Mientras tanto, se espera al “aliado privilegiado”: el proletariado europeo. O la aparición de crisis revolucionarias en otros países. En este contexto, el Estado es la única mediación que el “poder soviético” tiene en su vínculo con las masas obreras y campesinas. Aquí nace el nudo complejo de las relaciones entre Partido-Estado-Sociedad.
6. Autores tan diversos como rigurosos que estudiaron el período febrero-octubre de 1917 (Edward H. Carr, Moshe Lewin, Marcel Liebman, Beryl Williams, Stephen F. Cohen, Ernest Mandel, Pierre Broué, David Mandel, entre otros), demuestran, categóricamente, la importancia decisiva de la irrupción de enormes masas liberadas en la vida política. Y la relevancia de los soviets como instrumentos de democracia directa: sufragio universal, debate público, pluralismo político (pluripartidismo) y toma de decisiones. Los soviets actúan como vínculo de aprendizaje y ejercicio de una democracia desde abajo jamás antes conocida. Instrumentos de un doble poder instituido, donde obreros, campesinos, soldados insurrectos, veían – antes que en los programas de los partidos o en la Asamblea Constituyente – “la solución a sus problemas”. A pesar de las deficiencias organizativas o en materia de representación, las masas consideraban a los soviets como “sus órganos” naturales de asamblea y resolución. El nuevo “poder soviético” nacido de Octubre 1917, impactará a escala internacional en el corazón de amplias capas proletarias y marca la posibilidad cierta de una victoria sobre las clases dominantes. Haciendo palpable la capacidad de los dominados para asignarse los instrumentos propios de su auto-emancipación.
7. Esta dinámica soviética ira perdiendo aliento. Entre la multiplicidad de factores que intervienen en la curva descendente de este poder, vamos a considerar algunas decisiones político-institucionales: 1) la polémica disolución de la Asamblea Constituyente; 2) la integración de los soviets al sistema de gestión administrativa (estatal) del Consejo de Comisarios del Pueblo (Sovnarkom); 3) la centralización de los soviets en el Comité Ejecutivo Pan-Ruso (VTsIK), y particularmente sus modalidades de gestión desde abril-mayo de 1918; 4) la separación de los socialistas revolucionarios de izquierda y de los mencheviques de izquierda, de los órganos soviéticos centrales, en junio de 1918; 5) el control que, desde julio de 1918, pasa a tener el Ministerio del Interior sobre los soviets provinciales; 6) los decretos y ordenanzas sobre las “cortes de justicia” o sobre la Checa (Comisión Extraordinaria para la Seguridad del Estado) en noviembre de 1918, que indican la ausencia de una conciencia en el dominio de la democracia en la revolución. Estas decisiones y sus efectos prácticos, revelaron los peligros existentes entre la imposición de medidas para defender la revolución y las derivaciones autoritarias y arbitrarias. En un momento donde la guerra civil tocaba a la puerta.
8. La alianza social – en parte por conveniencia y aún así fluctuante – entre amplias capas campesinas y el partido bolchevique, es un elemento explicativo para mirar los sucesos político-militares de esta guerra civil que culminó con la victoria del campo revolucionario. Los jefes blancos de la reacción burguesa-imperialista nunca pudieron estabilizar las relaciones con el campesinado, porque representaban el pasado zarista, con su explotación, su opresión y su cadena de humillaciones para el campesino pobre. Las fuerzas reaccionarias eran la vuelta al oscurantismo. Pero la guerra civil acelera otros problemas: 1) la fractura del “tejido” social; 2) la crisis económica que tiene la amplitud de una catástrofe; 3) la desurbanización, que acentúa la drástica reducción de los “polos obreros” fabriles; 4) la absorción de miles de miembros del partido bolchevique (y de otros partidos), en las tareas militares del Ejército Rojo o en funciones administrativas, con pérdidas humanas cuantiosas y “reconversiones” profesionales masivas. El personal político, administrativo y de “seguridad”, seleccionado en (y para) la guerra civil, pasa a ocupar cargos en el partido, el Ejército Rojo y el Estado. El partido se “militariza” y cambia su base de composición. Al finalizar la guerra civil, quedan muy pocos de los 25 mil miembros de febrero de 1917. Habría que remontarse a los años 1903-1912, para encontrar una mutación tan significativa. Este cambio en la membresía del partido es una ruptura de la continuidad y de la experiencia acumulada, de la formación y la tradición política del partido. De allí las dificultades para comprender la “transición” de los años 1923-1928 y la “pasividad” ante el proceso de burocratización.
9. Pese a los estragos sociales, económicos y humanos de la guerra civil, el partido bolchevique dispuso de ciertas capacidades tanto para operar cambios como para una elaboración táctica y estratégica. Y fueron aprovechadas. Prueba de ello es la instrucción de la Nueva Política Económica (NEP) y los debates políticos que tuvieron lugar.
Sin embargo, la clausura de la democracia interna en 1921 (prohibición de las tendencias y fracciones en el seno del partido), constituye un paso atrás que conduce al fracaso del intento de restituir una dialéctica de regeneración de la sociedad y de una re-movilización política conciente. Esta prohibición, terminará creando las condiciones para introducir medidas autoritarias y represivas (contra todas las fuerzas políticas no-bolchevique, incluso si apoyaban la revolución) e impidió el desarrollo de instrumentos democráticos para debatir, públicamente, las diferentes opciones que se abrían en el nuevo escenario político, económico y social, y para restablecer las relaciones con el campesinado. La sangrienta represión contra la rebelión de la “comuna” de Kronstadt (marzo de 1921), con el consiguiente aplastamiento de los marineros considerados hasta entonces “orgullo y gloria” de la Revolución Rusa, reforzó el giro trágico del “poder soviético”. En una sociedad postrada por las penurias y la destrucción de una guerra civil alimentada por los gobiernos imperialistas, el curso hacia un partido monolítico y administrativo se aceleró. Los nuevos miembros “seleccionados” en los años 1919-1922, serán absorbidos por el aparato del Partido-Estado en base a sus “atributos” burocráticos. Se iniciaba el camino de la contrarrevolución estalinista.
10. El sistema surgido de este período (1917-1922) y que se extiende hasta 1928, no puede ser definido como una “sociedad socialista”, Ninguna de las consideraciones teóricas de Marx y Engels en su tiempo, como las de Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo, Karl Korsch y otros marxistas revolucionarios, permiten arribar a esa conclusión. Menos todavía, el desarrollo posterior del “estado obrero degenerado”.
En todo caso, Octubre 1917 está impregnado por el debate de ideas sobre su génesis; la “dictadura del proletariado”; las diversas instituciones que presidieron la afirmación de la victoria del “poder soviético”; las contramarchas bolcheviques; el enfrentamiento revolución/contrarrevolución; las discusiones que marcaron cada una de las fases y de las distintas fuerzas sociales y políticas que componían el proceso.
Es en tal sentido que una reflexión histórica sobre Octubre 1917, conecta pasado con presente. Revelando la temática propia de un proyecto de cambio radical de la sociedad: el sujeto social (“fuerza motriz”) de ese cambio; los instrumentos políticos que ese sujeto debe construir; el programa de ruptura anticapitalista; la cuestión de la estrategia ligada a la “conquista del poder”; las relaciones entre clases sociales/partidos y auto-organización de las masas.
En las actuales condiciones de la “mundialización” capitalista y sus consecuencias en términos de explotación, opresión y, en definitiva, de agudización de la lucha de clases, Octubre 1917, puede, todavía, propulsar la inteligencia de una izquierda revolucionaria. Al precio de saber la distancia histórica que nos separa de aquel “acontecimiento” que conmovió al mundo.
– Charles-André Udry es miembro del Movimiento Por el Socialismo (MPS) de Suiza y militante por la defensa de los derechos de los trabajadores inmigrantes. Economista y director de la colección Cahiers libres, Editions Page deux, y de la revista A lencontre: (www.alencontre.org). Integra la redacción del mensual La Breche.
Escrito en 2007. Traducción de Ernesto Herrera – Correspondencia de Prensa