(Extraído de NUEVO TOPO. Revista de historia y pensamiento crítico, No. 8, pp. 133-148).

Resumen

El objetivo de este artículo es realizar un aporte al debate sobre los conceptos de burocracia sindical. Partimos de la investigación empírica reciente sobre conflictividad social y laboral en Argentina.  Posteriormente, retomamos los aportes provenientes de la interpretación marxista. Se realiza una crítica sobre algunas derivaciones de esta tradición. La tesis de la burocracia sindical se ubica temporalmente y espacialmente para mejorarla como instrumento analítico.

Palabras clave: sindicatos, burocracia sindical, clase trabajadora, teoría social, marxismo.

Abstract

The aim of this article is to contribute to the debate on union bureaucracy´s concept. We start from the recent empirical research on social and labor protest in Argentina. Later we reintroduce the contributions of the Marxist interpretation.  A critique on some derivations of this tradition is made. The union bureaucracy thesis is located temporal and spatially in order to improve it as an analytical instrument.

Key words: unions, union bureaucracy, working class, social theory, Marxism.

El objetivo de este artículo es realizar un aporte al debate sobre los conceptos de burocracia sindical. Para ello dividimos nuestra exposición del siguiente modo. 1) Partimos de discusiones que surgen de la investigación empírica reciente. Deteniéndonos en un fructífero intercambio entre Adrián Piva y Nicolás Iñigo Carrera, compararemos estas dos posiciones en relación a la problemática de la burocratización de la acción sindical.  2) A pesar de la profundidad de estas investigaciones sobre conflictividad social y laboral, se han hecho pocas sugerencias sobre la temática que nos compete. Por eso, retomaremos los aportes provenientes de la interpretación marxista. Los marxistas han insistido largamente en las modificaciones que la burocratización trae sobre la dinámica de la lucha de clases. 3) Una vez resaltados los aportes, se realizará una crítica sobre algunas derivaciones, a partir de ciertos criterios analíticos desde la perspectiva teórica de la lucha de clases. En este apartado se hará una recuperación crítica del aporte marxista a la luz de historia contemporánea.

Investigaciones sobre protesta social

El carácter de esta nota es ensayístico antes que un resultado de investigación empírica y teórica sobre el tema.  Nuestra intervención se incorpora en el debate impulsado por la revista Nuevo topo sobre el concepto de burocracia sindical, y en este sentido se trata de una nota al calor de las discusiones. En primera instancia los debates surgidos apuntaban a ver que queríamos decir cuando decíamos “burocracia sindical”, y si efectivamente poseíamos un concepto explícito y qué significado adquiría en estudios o intervenciones políticas específicas.

Comenzamos con el estudio de un debate particular que tiene un respaldo en la investigación sistemática sobre la conflictividad laboral reciente en Argentina. Este primer apartado entonces refiere a una controversia no desplegada cabalmente en torno de la dinámica de la protesta social de la Argentina reciente, particularmente en el período de los años 90. Un artículo de Adrián Piva arremete sin ambigüedades contra el estudio que Nicolás Iñigo Carrera hace de la dinámica de la protesta social en la Argentina entre 1983 y 2001[3]. Las conclusiones principales de Iñigo Carrera, publicadas en distintos avances de investigación, refieren al protagonismo de las organizaciones sindicales en la protesta popular, no solo en los años 80, y más aún en la historia argentina moderna, sino en un período en que se suponía que los sindicatos estaban agonizando inevitablemente en los años 90.

El objetivo principal de los estudios de Iñigo Carrera es confrontar con la tesis del fin del trabajo, la clase obrera y los sindicatos. En particular se refuta que las formas de la protesta y de movilización adquieran la dinámica prescrita por las teorías de los nuevos movimientos sociales. Estas teorías predicen nuevas formas de protestas, con nuevos “formatos” y demandas, ya no centradas en el trabajo o en la lucha política, sino en la cultura y la identidad, con modos organizativos “no burocráticos”, acciones colectivas de movimientos basados en la participación directa, en la acción disruptiva de grupos que enlazan lo personal con lo colectivo. Aquí las teorías de los nuevos movimientos sociales combinan dos tipos de interlocutores. En un primer momento los movimientos sociales (particularmente estudiantes) ofrecen una alternativa contra el viejo movimiento obrero reformista e institucionalizado. En un contexto un poco posterior (movimientos antinucleares, por ejemplo, a principios de los 1980), el debate académico se dirige contra las teorías de la movilización de recursos. Se introducen ciertas tesis sobre el cambio del tipo de sociedad (post-industrial, ya en el Touraine de los años 1960)[4].

El debate de los nuevos movimientos como alternativa a la burocratización de la acción colectiva se mantiene mayormente en distinciones de la teoría de la acción weberiana[5]. Los movimientos sociales muestran que la “ley de hierro de la oligarquía” no es inevitable. “Las estructuras organizacionales de los movimientos sociales pueden aún evolucionar, desde un marco básico. Contrariamente a la teoría clásica Weber-Michels, este cambio no se da inevitablemente en la dirección de una mayor burocratización”[6]. La crítica de la burocratización en las teorías de la acción colectiva en los movimientos sociales difiere del debate de los marxistas sobre movimiento obrero. Por un lado, la esperanza está por fuera de la clase trabajadora. Por otro lado, las categorías organizacionales (identidad, movilización de recursos, etc.) desplazan a la relación entre organización y lucha de clases. El debate sociológico no marxista discute el proceso de racionalización en abstracción de las luchas históricas entre las clases y las dinámicas sociales embebidas en la relación mediada con la naturaleza a través del trabajo. En este sentido, la teoría socio-histórica marxista es más concreta que la abstracción social de la tradición sociológica dominante.

Por ejemplo, para el caso argentino Paul Buchanan señala que “los movimientos sociales” son alternativos al sindicalismo (CGT) porque aquellos, a diferencia de éstos, mantuvieron en los 90 el cuestionamiento ideológico radical al menemismo[7]. Esta discusión plantea categorías por fuera de los estudios de Iñigo Carrera. Aún cuando las huelgas generales en los años 90 hayan catalizado al conjunto de protestas sociales, como puede mostrar un estudio objetivo de la composición de categorías  sociales y tipos de organizaciones de las acciones, esto no da cuenta de los conflictos hegemónicos que se procesan en esas confrontaciones que pertenecen al orden de lo “ético-político”, más allá de la relación corporativa con el estado (siguiendo los niveles distinguidos por Gramsci).

Por fuera del debate entre marxistas y teóricos de los nuevos movimientos sociales, la intervención de Piva supone un descentramiento del debate hacia el interior de las interpretaciones de clase. En primer lugar él cuestiona la hipótesis de que los sindicatos articulan el conjunto de la protesta de los trabajadores. Afirma Piva entonces una heterogeneidad entre fracciones de la clase trabajadora en los 90 (ocupados y desocupados). Pero también examina la articulación entre dirigencias sindicales y bases. El punto de observación sobre esta relación entre dirigencias (que llama “cúpulas”) y trabajadores pasa por el estudio temporal de las secuencias entre conflictos centralizados (huelgas generales) o descentralizados (huelgas por empresa). Lo que sostiene Piva es que la no correspondencia entre el tiempo de las huelgas generales y de las huelgas de base expresaría una diferencia entre intereses específicos de la estructura sindical como organización (caso típico, las huelgas en defensa de las obras sociales o beneficios organizacionales) y los intereses de las bases. “Es esta estrategia  [neoparticipacionista] la que permite comprender el sentido de la acción de la CGT en relación con el estado y el desacople con los ciclos de conflictividad obrera (…) a diferencia de los años 1980, en los años 90 se verifica un desacople entre la actividad huelguística de la cúpula cegetista y la evolución de la conflictividad obrera”[8]. Piva habla de “cúpulas” y no de “burocracias sindicales” como actores. Aunque se sugiere, tampoco se habla de una teoría de la burocracia en el análisis del desacople entre bases y cúpulas[9].

Iñigo Carrera responderá con nuevos datos[10]. La discusión sobre la dinámica de la conflictividad laboral es traducida en el debate sobre burocracia sindical (pp. 174ss.). Se plantea “delimitar en qué medida la huelga general, en este estadio del desarrollo capitalista, constituye un instrumento de lucha del conjunto de la clase obrera o sólo de una capa que detenta el control y administración de las organizaciones sindicales” (p. 174). Define burocracia como parte del proceso de las organizaciones complejas que, así como en el estado, generan intereses específicos de sus grupos dirigentes, sin que esto implique estos intereses sean contrarios o funcionales a los de su grupo social (clase trabajadora). La reproducción de la burocracia entonces tiene como condición de existencia la representatividad de los trabajadores, o de su conciencia de asalariados (pp. 175/6). Luego, el autor presenta nuevos datos de su investigación para zanjar las preguntas que surgen de esta problemática, y defender su hipótesis cuestionada sobre una correspondencia entre huelgas generales (dirigidas por las centrales sindicales  burocráticas, en el sentido dado anteriormente) y protesta obrera. En contra de lo afirmado por Piva, esta correspondencia se mantendría entre 1994 y 2002[11].

Sin embargo, de los datos de Iñigo Carrera nosotros distinguimos dos fases. Entre 1994-1997 crecen las huelgas generales sin que lo hagan los hechos de protesta. Y entre 1998-2002, en contraste, se produce una evolución directa de ambos indicadores. Esta correspondencia se interrumpe en 2002. Esto sugiere preguntarse por los años posteriores 2003-2010 para los que hubo una sola huelga general (de solidaridad frente al asesinato del militante sindical docente Carlos Fuentealba, en 2007) y si hay un incremento histórico de la actividad huelguística. De todos modos, si entre 1994-2002 hay 20 huelgas generales, más de la mitad (13/20) se realizan al mismo tiempo que crece la protesta general, entre los años 1999 y 2002.

Kelly y Hamman parten de una situación en Europa que presenta una paradoja similar a la Argentina de los años 90[12]. Observan que, entre 1980 y 2008, crecen las huelgas generales en toda Europa en un período de declinación de la actividad huelguística. Sin embargo estos investigadores no discuten la representatividad sindical sino que se preguntan por los mecanismos causales. Encuentran que la acción de los gobiernos explica una parte importante de las variaciones cuantitativas. Así podríamos ver en Argentina que los años 1999 a 2001 coinciden con un gobierno que tiene dos rasgos, por un lado es no peronista, pero además de eso, es decididamente anti-sindical, incluso más que el gobierno menemista. Esto es, que más allá de la constatación de las identidades políticas de los gobiernos y los sindicatos importa ver que políticas efectivamente se instrumentan en la relación entre ambos. En este sentido, una política “pro-sindical” entre los años 2003-2010 podría explicar la ausencia de huelgas generales al mismo tiempo que la presencia estadísticamente mucho mayor a los años anteriores de las huelgas por empresa o por sector de actividad. No se trataría entonces de ver en el período kirchnerista una confirmación de la no representatividad de la dirección sindical (dada la ausencia de huelgas generales), sino de indagar en la dinámica que pueda explicar las huelgas, así por lo menos como se sugiere en el estudio de Kelly y Hamman.

El marxismo y la cuestión de la burocracia sindical

A pesar de la profundidad de estas investigaciones, las sugerencias en el debate Piva-Iñigo sobre la temática nos están todavía en gran manera implícitas o apenas anunciadas teóricamente. Por eso, para comenzar con algunas conexiones, retomaremos los aportes provenientes de la interpretación marxista. En la tradición marxista hay un corpus relativamente establecido de tesis sobre la burocratización sindical. “Desde Engels tenemos una verdadera crítica moderna de la burocracia sindical. Esta crítica fue fuertemente elaborada por Luxemburgo y Lenin en la primera parte  del siglo, y más tarde asumió su expresión más virulenta e intransigente en los escritos de Trotsky de los años 30…De esta tradición marxista emergió la idea de una lucha revolucionaria en dos frentes: hacia fuera contra el capital y sus agentes, adentro contra la burocracia sindical y otros dirigentes reformistas de las organizaciones obreras”[13].

Una síntesis de la tradición marxista se encuentra en el dossier anterior de Nuevo topo[14]. Destaquemos que la cuestión de la burocracia sindical para el marxismo en rigor evita un planteo abstracto de los mecanismos de la representación democrática o mecanismos de organización, sino que relaciona la acción sindical con lo que Hyman ha denominado “funciones” de los sindicatos. “¿Cómo establecemos cuales son las funciones comunes y significativas de los sindicatos? Para Engels, y para muchos de los intérpretes marxistas posteriores, los sindicatos eran ¨escuelas de guerra¨ y sus actividades fueron analizadas bajo esa luz. Proposiciones específicas (por ejemplo el impacto distorsionador de la ¨aristocracia del trabajo¨ o la burocracia sindical) fueron desarrolladas para explicar aquella situación (crecientemente común) en que los sindicatos no parecían funcionar como vehículos de la lucha de clases.”[15].

La cuestión democrática para el marxismo se inserta en la capacidad de autogobierno de los miembros de una sociedad, siendo imposible su enfoque de manera parcial en algunas de sus instituciones o clases sociales. Democratización en este sentido equivale a la extinción de los poderes de subordinación en la sociedad, un asunto inserto en la explotación de las relaciones de producción, cuya resolución excede los procesos de democratización interna de las organizaciones[16].

Dicho así la caracterización de tal o cual sindicato como “burocrático” excede la ponderación de sus mecanismos organizativos, los atributos de sus dirigentes o sus declaraciones discursivas formales. La “unidades de análisis” son las relaciones entre las estrategias, las organizaciones y la dirección de las transformaciones sociales e históricas de conjunto. Tratándose además de una comparación entre casos dados y casos en procesos esto trae una dificultad que no se resuelve con la metodología positivista o empirista, sino que requeriría de la dialéctica (en donde los atributos empíricos se despliegan como potencialidad). Tales comparaciones pueden realizarse sobre casos distintos (tipos de sindicatos y estrategias) pero sobre una base holística que toma los particulares en su significado de conjunto, en el proceso histórico.

Ahora bien, asumiendo la tradición marxista sobre la cuestión de la burocracia sindical podemos preguntarnos como esta temática se sigue en la investigación social. Con esto queremos apuntar, en relación al debate abierto, a cierta falta de correspondencia entre los análisis concretos en Argentina y la riqueza de los aportes marxistas[17]. La diferencia cualitativa del enfoque marxista es su acento en la criticidad del objeto temático, esto es su construcción desde el punto de vista de su transformación progresiva. Esta distinción metódica informa la crítica general del marxismo a las teorías no críticas de la sociedad burguesa como el estructural funcionalismo o el individualismo metodológico. Esto quiere decir que la forma sindicato, así como la forma del capital, son puestas como históricamente específicas y transitorias. Así, mientras que la tradición que proviene de Max Weber ha señalado la “burocratización del mundo” lo ha hecho como una tendencia lineal, no contradictoria del mundo histórico social.

Una valoración presuntamente negativa de la tradición marxista se encontraría en Alvin Gouldner, quien refutara fuertemente el “pathos” de la burocratización[18]. Sewart dice “quizás una de las deficiencias más flagrantes de la tradición marxista ha sido su falla en elaborar una teoría práctica para las bases de una sociedad revolucionaria que sea democrática y no autoritaria. Las dos estrategias más prominentes han sido el marxismo-leninismo o la Social-democracia estructuralmente reformista. Ambas han fallado en proveer una alternativa significativa al centralismo burocrático y la dominación. Esta inadecuación parte principalmente de una conceptualización subdesarrollada de la teoría de la transición, en la adhesión a un reflejo de la teoría del conocimiento y en la reducción de la subjetividad al estudio de la ¨leyes¨ objetivas del desarrollo histórico”[19]. No obstante ello, este artículo se basa en nociones similares a las expuestas por Ernest Mandel en El poder y el dinero sobre la alternativa antiburocrática y en especial en la crítica a Max Weber. La diferencia importante es la cuestión de la relación entre subjetividad-objetividad, y en torno del partido leninista. “En este registro Alvin Gouldner tendría como proyecto uno inspirado en el ¨marxismo prefigurativo¨ (Pannekoek, Gorter, Korsch, Gramsci, el Movimiento Consejista, etc.). Esta tradición se caracteriza por un énfasis común sobre aquellas formas de decisión económica y política que son verdaderamente democráticas”[20] .

Sin poder desarrollar aquí esta hipótesis, la idea de Gouldner acerca de un tratamiento incompleto de la cuestión de la burocracia en el marxismo tiende a ocultar una rica producción resumida por Mandel en El poder y el dinero, o por Kelly en Trade unions and socialist politics. No obstante esto parece aclararse por su referencia al “marxismo prefigurativo”. La crítica de los consejistas apunta a que el marxismo ortodoxo u oficial no puede pensar su propia burocratización y por tanto no accede cabalmente al fenómeno mismo. Esta crítica se verifica realmente en el marxismo institucionalizado o devenido estado, pero deja de lado que en rigor la teoría marxista en el siglo XX se desarrolló en confrontación a la estatalización del “marxismo” (sea en occidente o en oriente). En lo que las ideas de Gouldner pueden ayudar es en observar de qué modo la estatalización influye en la estructuración teórica y práctica de los partidos marxistas. Sewart no desarrolla demasiado su punto, pero aduce una concepción mecanicista-etapista según la cual para el marxismo la burocracia se elimina primero superando las relaciones de explotación entre las clases.

Una concepción dialéctica contraría pensaría (con Luxemburgo o Trostky) que ambas tareas (en definitiva socialistas y democráticas) se necesitan mutuamente en el mismo proceso[21]. De hecho, aunque no afirmemos que la burocracia soviética haya constituido una clase, si podemos señalar que como grupo político se sostuvo transitoriamente por su inserción en relaciones colectivas de control y explotación del trabajo. La transitoriedad residía en que formaba parte de manera contradictoria y conflictiva del sistema capitalista mundial. Este carácter opresivo, basado en condiciones materiales de producción, aparecía como progresivo en una primera etapa de lucha contra la burguesía y el imperialismo, especialmente en sectores atrasados del capitalismo mundial, con lo que la dirección de los estados burocratizados formaba parte aún de una movilización mundial socialista, democrática y antiimperialista. Hacia los años 70s y 80s cumplidas las tareas de la industrialización, las cuestiones democráticas en el socialismo estallaron como tareas prioritarias (con los antecedentes de la rebeliones de 1956 en Hungría, en 1969 en Checoslovaquia, etc.), finalmente canalizadas por la burguesía internacional en la crisis del bloque soviético.

El debate Piva-Iñigo reabre el examen sobre las maneras en que la burocratización incide en la protesta de los trabajadores. El primero señala una divergencia en las curvas históricas de las protestas centralizadas y descentralizadas, emergencia de un conflicto entre clase trabajadora y “estructuras sindicales burocráticas”. En contraste, Iñigo Carrera reafirma con sus datos una confluencia dinámica en las series temporales entre la centralización del conflicto y la movilización de las bases. Este ofrece unas páginas sustantivas sobre el concepto. Se define burocracia sindical con cierta analogía con la burocracia estatal, un grupo que adquiere intereses propios. Sin embargo, “más que un divorcio  entre ¨burocracia¨ y ¨bases¨ lo que existe es una correspondencia entre el grado de conciencia de asalariado dominante entre la mayoría de los trabajadores y las direcciones sindicales. Sobre todo en los sindicatos de trabajadores insertos en actividades estratégicas y con mayor tradición de lucha, que, en consecuencia, son más fuertes y pueden insertarse de manera más sólida y estable en el sistema institucional”[22]. En la tradición de la investigación social, Iñigo Carrera aquí define los conceptos para dar cuenta y explicar cuerpos de datos construidos teóricamente, a saber, la dinámica de la protesta obrera en un período específico. Sus datos son plausibles porque seguramente captan dimensiones empíricas, como el nivel de conciencia que es expresado por la estructura sindical burocratizada.

Pero esta situación se complejiza en los conflictos intrasindicales entre bases y direcciones. Aquí se dice que “lo que se presenta como lucha entre bases y burocracia es en realidad una lucha por la dirección; el discurso bases-burocracia es un ariete en la lucha por la conducción”[23]. Por un lado, todo proceso de movilización tiene como condición un discurso sobre sus causas y sus perspectivas. Empero se trata de ver si el análisis de la burocratización sirve para dar cuenta de conflictos internos a las fracciones de la clase trabajadora. En términos concretos, la década del 90 se caracteriza por un grado muy bajo de conflictividad laboral obrera, en comparación histórica. En los momentos de incremento de la conflictividad se advierte que crecen las confrontaciones internas “antiburocráticas” (años 70s, y en menor medida en la actualidad). Este proceso de movilización no es enteramente espontáneo, ya que la lucha antiburocrática requiere de activistas e incluso organizaciones políticas. Asimismo estos conflictos expresan luchas por la dirección de los movimientos sindicales. Pero se trata de incorporar esta conflictividad interna a la formación de la clase trabajadora en un proceso de relaciones históricas, relacionar tendencias y luchas en procesos más abarcadores. En términos de tesis política, estos conflictos forman parte del proceso de autoemancipación de los trabajadores. La cuestión de la burocratización, más allá de las formas discursivas de la agitación que asumen en los actores empíricos de la lucha antiburocrática, hace referencia a dinámicas identificables en las que la estructura sindical institucionalizada en acuerdos con el estado y los empresarios ofrece una resistencia violenta a tendencias revolucionarias emergentes en la clase trabajadora. La dinámica de la guerra civil se traslada en los conflictos armados entre fracciones sindicales y obreras[24].

La táctica, los ciclos y la historia

La teoría marxista señala que la burocratización de las organizaciones obreras genera un nuevo campo de lucha. Si bien la estrategia institucional de reformas dentro del capitalismo de los sindicatos, así como incluso la represión de alternativas revolucionarias tienen consenso en la media ideológica de una fracción menor o mayor de la clase trabajadora, se afirma que en el largo plazo y en períodos de intensa lucha de clases se presenta reiteradamente esta confrontación estratégica, siendo parte incluso de la radicalización propia de los ciclos de protesta más álgidos[25]. Aquí queremos apuntar que las relaciones de consenso y conflicto entre estructuras sindicales y bases obreras se modifican según las relaciones de fuerzas en los períodos históricos. Podríamos decir que la diferencia entre los 90 y los 70 reside en el nivel de movilización y politización entre los trabajadores repercute en el grado de cuestionamiento a las direcciones sindicales por parte de corrientes revolucionarias en el movimiento obrero. Estas relaciones varían históricamente entonces, aún cuando pueda afirmarse que en el largo plazo, desde el punto de vista de la transformación revolucionaria, haya incompatibilidad y antagonismo entre clase trabajadora y burocracia.

Aunque  la burocracia de las organizaciones está interesada en el acuerdo puede ir a la confrontación frente a los ataques antisindicales de los empresarios y del estado. Este momento  confrontativo de parte de organizaciones comprometidas con el capital y el estado puede pensarse como una de las fases en una secuencia del ciclo de “oportunismo” en las organizaciones obreras. Offe y Wiesenthal proponen una explicación alternativa a la burocratización sindical distinta de la “ley de hierro” de Michels[26]. Para ello sugieren un modelo secuencial de fases en el crecimiento y la transformación organizativa. Aquí se evita la linealidad y la inevitabilidad. Los sindicatos adquieren poder mediante la lucha, con ello fuerza de negociación independiente, crean formas de autorreproducción organizativa con independencia del conflicto con el capital.  Luego encuentran que pueden sostener las organizaciones sin lucha apelando a recursos externos mediante alianzas con el estado (a través de los partidos obreros socialistas o laboristas). Pero la oposición constante del capital, permitida en ciertas circunstancias, obligan a los sindicatos a movilizar nuevamente en confrontaciones, volviendo desde un nuevo punto a la primera fase del ciclo, teniendo en cuenta que también estos ataques provienen del estado. En cierta manera los ataques capitalistas y estatales caracterizaron especialmente la etapa neoliberal de los años 90, así como el recurso de la protesta. Desde la perspectiva de las bases, en los 90 los costos de la movilización eran mucho mayores en un contexto de derrotas, desocupación y ofensiva ideológica contra las ideas colectivistas de clase trabajadora.

Este cuadro debería completarse ubicando el carácter represivo que los sindicatos “oportunistas” ejercen respecto de otras alternativas que se ubican por fuera de la lógica de la reproducción organizativa. Este tipo de protesta (la vuelta a la primera fase) presupone un estricto control de parte de la organización, cuya preservación presupone un equilibrio de largo plazo con el sistema de las clases sociales y especialmente la tasa de rentabilidad del capital industrial. Es así entonces que la protesta organizada conlleva la represión de alternativas de protesta por fuera de la organización central. Este control se ejerce reactivando los acuerdos con el capital  y el estado (por ejemplo, apelando típicamente al despido acordado con la empresa de activistas opositores).

Podemos ahora situar la crítica a ciertas formas, especialmente ligadas a la agitación política, en que se ha manifestado la teoría de la burocracia sindical. Esta crítica ha motivado gran parte del debate en cuestión. Se ha escrito que los tesistas de la burocracia sindical no explicarían como las direcciones burocráticas se mantienen si no tienen representatividad entre los trabajadores[27]. Desde nuestro punto de vista queremos ubicar esta relación temporal y espacialmente. Los datos para los años 90 o la actualidad pueden mostrar que gran parte de la dirección sindical tiene consenso entre sus trabajadores afiliados, mirando desde las acciones de protesta. En muchos conflictos puede haber  represión de las direcciones a los trabajadores en protesta, pero también protestas  impulsadas por los sindicatos oficiales. Reconocer esta diversidad es fundamental para los activistas ya que se pierde en el discurso que presenta invariablemente una oposición externa y la mera imposición desde la estructura sindical a las bases organizadas.

Kelly ha estudiado este discurso en la prensa sindical clasista de Inglaterra hacia los años 70 y 80s oponiéndose especialmente a los análisis trotskistas[28].  Su investigación empírica se propone mostrar que los dirigentes sindicales no son “conservadores” como se derivaría de los diagnósticos de la teoría de la burocracia sindical (Kelly toma particularmente los materiales Alex Callinicos). Los rasgos tenidos como propios de la burocratización de los dirigentes (privilegios, funcionariado) no implican el abandono de la disputa industrial (huelgas) para conseguir mejor convenios colectivos. Los dirigentes sindicales nacionales no revolucionarios conducen el conflicto por mejoras dentro del capitalismo. Esto no se condice con la denuncia por quietismo o conservadurismo, ni que las masas (invariablemente) quieran luchar en contra de las direcciones pasivas.

Este discurso tendría como fuente el último Trotsky. Kelly conecta este error empírico con la prospectiva más amplía. Se plantea el problema de cómo el análisis histórico estructural más amplio incide en el análisis de las coyunturas en las que se libran las batallas sindicales. Para Kelly el diagnóstico de la época imperialista que hace Trotsky se aplicaría mecánicamente y exteriormente a las distintas situaciones locales, nacionales o temporales más cortas determinando invariablemente la relación entre burocracia sindical y trabajadores (exterioridad, imposición, conservadurismo, represión). Por esto Kelly dice que la de Trotsky es la versión más radical de rechazo de la burocracia sindical en la tradición marxista continuada por Luxemburgo, Lenin y Gramsci. Estos otros no llevarían a este extremo el peso independiente que puedan tener las direcciones sindicales o reformistas en la determinación del proceso histórico. Cierto que en el conflicto entre propensión a la lucha de masas y represión burocrática, la primera se impondría tal como se afirma al inicio del Programa de transición.  “La orientación de las masas está determinada ante todo por las condiciones objetivas del capitalismo en descomposición y en segundo lugar por la política traidora de las viejas organizaciones obreras. Entre estos factores, el decisivo es evidentemente el primero: las leyes de la historia son más fuertes que el aparato burocrático.”[29]

Kelly remarca en Trotsky entonces que la contradicción entre el carácter de la “época” (imperialista) y las situaciones variables de las relaciones de fuerzas estarían determinadas por el primer factor, esto es por un tipo de antagonismo estructural históricamente específico entre dimensiones sociales (al nivel del desarrollo social productivo) más allá de la conciencia de los agentes. Pero aquí se presenta una causalidad unilateral del primer factor sobre el segundo sin atender a una posible dialéctica entre dinámica estructural y lucha de clases. Esta dialéctica ha sido discutida largamente por los marxistas en torno de la teoría de la crisis capitalista, de la transición entre modos productivos, las modificaciones de los patrones de acumulación o recientemente la globalización del capital. Sin embargo esta dialéctica no es ajena a Trotsky. Como sostiene Kelly, la idea de una historia mundial catastrófica que depende de la dirección de las masas oculta los análisis más relacionales y dialécticos del Trotsky de los informes de la III internacional. Aquí se proveen elementos fundamentales para situar el proceso como una relación entre factores estructurales y subjetivos[30].

A la luz del debate, en contraste con la experiencia contemporánea, es posible afirmar que (1) la dialéctica entre historia productiva y lucha de clases se produce no sólo una vez declarada la crisis por mecanismos autónomos de la lógica del capital sino en su transcurso. (2) Que esta lucha de clases se despliega heterogéneamente a través de la situación mundial, como escenario de luchas entre clases transnacionales y relación entre estados nacionales (3) Que la conciencia de clase se desarrolla en el transcurso de estas luchas “transicionalmente” como la contraposición entre los objetivos emergentes de situaciones concretas y el antagonismo de sus oponentes.

El significado revolucionario de las demandas de la movilización esta determinado específicamente por su papel en situaciones concretas, no desde el parámetro externo de la conciencia abstracta. Los condicionamientos estructurales de los antagonismos conjuntamente con las respuestas de los actores de la lucha de clases conducen hacia la radicalización de los objetivos en el proceso empírico de la dualidad de poderes.

Estas tesis permiten modificar los lugares de las proposiciones contrapuestas en el debate marxista. En vez de postular el carácter invariable de la situación mundial en cierta etapa (agonía, decadencia o descomposición), la experiencia posterior a 1945 muestra la recomposición relativa del capitalismo, no por ausencia de lucha de clases sino como respuesta (provisoria, nunca definitiva) al ascenso del proletariado y la competencia entre estados capitalistas y estados burocratizados. Esta relación de fuerzas explica parcialmente las crisis en los años 70 e inclusive en la caída del bloque soviético.

La idea del límite en el desarrollo capitalista que retoma Trotsky es parte del conjunto de la tradición marxista, desde Marx en El manifiesto comunista hasta inclusive Gramsci en Análisis de situaciones. Relaciones de fuerzas. Se postula que el capitalismo tiene una dirección propia de desarrollo, dinámica en la que “el límite del capital es el propio capital”. Sin modificarla esta tesis sugiere el agotamiento autónomo de la reproducción capitalista. Históricamente es difícil sostener que esta ampliación haya tenido su límite hacia 1900, 1870 o 1914. Analíticamente, la reproducción sucede por la ampliación de los espacios de explotación en el mundo no capitalista, y por la destrucción y reconstrucción de los espacios ya conquistados por el capital (Europa). Pero también llevando la lucha de clases a un nivel más intenso en el pasaje a la reproducción ampliada vía los mecanismos de la plusvalía relativa. Este conjunto de mecanismos se actualizan en los 90 con la descomposición de los estados de planificación burocrática, lanzando una nueva proletarización en zonas del mundo, así como por los cambios tecnológicos que conducen a nuevas crisis de rentabilidad y movilización del capital entre sectores y espacios nacionales. Lejos de socavarla, esto lleva a nuevos niveles de intensidad de la lucha de clases en el mundo, en torno de los cuales se mueven las relaciones entre burocracia sindical, clase trabajadora y fuerzas revolucionarias. Al interior de este proceso, sigue vigente la afirmación internacionalista del siglo XIX que “la liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”, lo que se completa con que la liberación de los trabajadores será en contra de la burocracia obrera.


[1] Este artículo intentar continuar con el debate abierto por el Dossier sobre el concepto de burocracia sindical del número 7 de Nuevo topo (2010). Relacionadas con la publicación se realizaron discusiones públicas en diciembre del mismo año en el IPS, en Filosofía y Letras, y en mayo de este año en la Biblioteca Popular de Escobar, estos últimos eventos con motivo de la presentación de la revista.
[2] UBA-Conicet, Email: agustinsantella@gmail.com. Mis argumentos finales se beneficiaron de la discusión  con Gastón Gutiérrez (IPS Karl Marx), a quien por supuesto no responsabilizo por las conclusiones. Agradezco los comentarios de Omar Acha y Adrián Piva al borrador.
[3] A. Piva, “El desacople entre los ciclos del conflicto obrero y la acción de las cúpulas sindicales en Argentina 1989-2001”, Estudios del trabajo, no. 31, 2006, pp. 23-52. N. Iñigo Carrera, “Las huelgas generales en la Argentina”, PIMSA 2001, Buenos Aires, PIMSA, 2002, pp. 108-128.
[4] A. Touraine,  La producción de la sociedad, México, UNAM, 1995 (1973), pp. 133ss.
[5] Ver A. Pizzorno, “Intercambio político e identidad colectiva en el conflicto laboral”, en Crouch, C. y Pizzorno, A., El resurgimiento del conflicto de clases en Europa occidental a partir de 1968, Madrid, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Madrid, pp. 381-408. Craig Jenkins, J., “Resource mobilization theory and the study of social movements”, Annual Review of Sociology, Vol. 9, 1983, pp. 527-553.
[6] Craig Jenkins J., “Resource mobilization theory…”, op. cit., p. 541.
[7] P. G. Buchanan, “Contrahegemonic strategies in neoliberal Argentina”, Latin American Perspectives, Vol. 24, No. 6, 1997.
[8] A. Piva, “El desacople entre los ciclos del conflicto…”, op. cit., p. 47, 49.
[9] En una comunicación personal (13 de junio 2011) Adrian Piva nos aclara que las cúpulas refieren a las direcciones sindicales, mientras son las estructuras sindicales las que se caracterizan como “burocráticas”. También que “existe una contradicción entre el desarrollo de esas “estructuras sindicales burocráticas” y el desarrollo antagónico de la clase obrera al interior del capital”. Esta aclaración no modifica el balance del análisis empírico de la relación entre burocracia y bases en las protestas.  Pero la aclaración muestra que el autor elaboró una serie de hipótesis histórico-conceptuales sobre la relación entre burocracia y clase trabajadora en Argentina, cuya originalidad debe ser explorada en el transcurso del debate.
[10] N. Iñigo Carrera,  “Indicadores para la periodización (momentos de ascenso y descenso) en la lucha de clase obrera: la huelga general. Argentina 1992-2002”, PIMSA 2008-2009, Buenos Aires, PIMSA, 2010, pp. 165-186.
[11] Idem., cuadro p. 181.
[12] J. Kelly, J. y K. Hamman, “General strikes in Western Europe 1980-2008”, paper for Political Studies Association Annual Conference, Manchester, 7-9 April 2009.
[13] J. Kelly, Trade unions and socialist politics, London, Verso, 1988, p. 147.
[14] Una síntesis comprensiva se encuentra en los artículos de Victoria Basualdo y Hector Lobbe al dossier.
[15] R. Hyman, “Trade union research and cross-national comparison”, European journal of industrial relations, Vol. 7, No. 2, 2001, pp. 203-232, 216.
[16] Ver E. Mandel, El poder y el dinero. Contribución a la teoría de la posible extinción del estado, México, Siglo XXI, 1994.
[17] Se trata más que una ausencia absoluta, de un tema a desarrollar. La historiografía y sociología sobre movimiento obrero en Argentina tiene un cúmulo considerable de estudios. Recientemente M. Atzeni ubica la dimensión de la “burocratización” como un eje del conflicto laboral en la historia argentina, ver Workplace conflict. Mobilization and solidarity in Argentina, Palgrave Macmillian, London, 2010.
[18] A. Gouldner, “Metaphysical pathos and the theory of bureaucracy”, The American Political Science Review, Vol. 49, No. 2, 1955, pp. 496-507. J. H. Sewart, “Alvin Gouldner´s challenge to sociology and Marxism: the problem of bureaucracy”, The Pacific Sociological Review, Vol. 24, No. 4, 1981, pp. 441-460.
[19] Sewart, “Alvin Gouldner´s challenge…”, op. cit., pp. 443-444.
[20] Idem,  p. 454.
[21] Agreguemos el conjunto de tareas democráticas entendidas como la lucha contra toda forma de opresión, tal como la emancipación de la mujer.
[22] N. Iñigo Carrera, “Indicadores para la periodización…”, op. cit., p. 176.
[23] N. Iñigo Carrera, “Indicadores para la periodización…”, op. cit., nota 23, p. 176.
[24] A. Santella, “Las guerras obreras en la Argentina. Villa Constitución en 1973-1975”, en Lucha de clases, guerra civil y genocidio en la Argentina, Inés Izaguirre (compiladora), Buenos Aires, EUDEBA,  2009 y “Temporalidad y protesta colectiva. Discusión metodológica a partir de estudios de caso en la Argentina de los 70s”, VI Jornadas de Sociología de la UNLP, 9-10 diciembre de 2010. En esta última ponencia se discute la cuestión de los alineamientos empíricos de los trabajadores frente a la guerra civil. Esta lucha interna esta oculta por la interpretación de las corrientes oficiales de la CGT (62 organizaciones) como “movimientos orgánicos” de la clase trabajadora, realizada por B. S. Balvé, “Acerca de la distinción entre los movimientos de carácter orgánico y los fenómenos de coyuntura”, Cuadernos de CICSO, Serie estudios no. 72, Buenos Aires, CICSO, 1994.
[25] Ver E. Screpanti, “Ciclos económicos largos e insurrecciones proletarias recurrentes”, Zona Abierta, no. 34-35, 1985, pp. 63-104, 70.
[26] C. Offe, y H. Wiesenthal,, Dos lógicas de la acción colectiva, Cuadernos de Sociología, No. 3, Buenos Aires, Carrera de Sociología, UBA, 1985.
[27] Ver el artículo de Alejandro Belkin y Pablo Ghigliani en el dossier de Nuevo topo, y la defensa de la teoría de la burocracia sindical por parte de Paula Varela. Esta discusión específica también se encuentra, como hemos visto, en el artículo de Nicolás Iñigo Carrera oportunamente citado. Ver asimismo la entrevista que Gabriela Scodeller y Pablo Ghigliani le hacen en el mismo dossier.
[28] J. Kelly, Trade unions and socialist politics, op. cit., pp. 40-71 y cap. 7.
[29] L. Trotsky, L., El programa de transición y la fundación de la IV internacional, Buenos Aires, CEIP, 2008, p. 68 (1938).

[30] Debemos notar que Richard Hyman en este sentido retoma las convergencias entre Trotsky y Gramsci (ver El marxismo y la sociología del sindicalismo, México, Era, 1978, conclusiones) que  han destacado por algunos historiadores del marxismo como P. Anderson, Las antinomias de Antonio Gramsci. Estado y revolución en occidente, Barcelona, Fontamara, 1998. Ver también Rosengarten F., “The Gramsci-Trotsky question (1922-1932)”, Social Text, No. 11, 1984, pp. 65-95.

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