Ximena Gomez

Xime Gomez Aportes Feminismo Marxista WEB Mesa de trabajo 1 copia
Aportes teóricos y prácticos del feminismo marxista 2

Con el inicio de la pandemia sars covid-19 en el 2020 se terminaron de evidenciar las múltiples dimensiones que abarca la crisis actual y sus soluciones, no encajan en las habituales recetas. Los discursos de la nueva normalidad y las noticias sobre cómo el aislamiento social había hecho bajar los niveles de contaminación en el aire pusieron en el centro del debate, como hacía mucho tiempo no pasaba, el funcionamiento del capitalismo actual y con ello la vuelta a Marx. En mi caso: una deuda personal desde una lectura feminista.

En este sentido, se propone reflejar a continuación el proceso de sistematización de los principales aportes del feminismo al marxismo. El intento de escribir este proceso se debió a que los últimos años la relación entre estas dos teorías volvió a tener un desarrollo teórico a partir del ascenso del movimiento feminista, en un contexto de recrudecimiento de las políticas neoliberales y fortalecimiento de discursos fascistas en la región. Asimismo en nuestro continente estos aportes necesitan aún de una mayor centralidad en el desarrollo del pensamiento estratégico para una política alternativa y emancipatoria, de ahí el desafío que se busca emprender.

Para ello, se comienza por una breve historización de esta relación, y se pondrá foco en los aportes que se consideran contribuciones sólidas para el proceso de rearme teórico y estratégico propuesto por Democracia Socialista1. Esto quiere decir no solo aquellos aportes que amplían las interpretaciones sobre el funcionamiento del capitalismo en este período histórico, sino que también a los aportes que colaboran a pensar formas organizativas conectadas a la realidad que nos toca militar, pero sobre bases estratégicas anticapitalistas.

Genealogía: La opresión principal, el género o la clase

La relación feminismo-marxismo es un debate muy amplio y complejo caracterizado por encuentros y desencuentros, que recién empieza a sistematizarse en los años setenta. En un contexto de varias dictaduras, tanto en Europa como en Latinoamérica, termina por surgir la Nueva Izquierda mientras, en paralelo, los feminismos irrumpen con debates en torno a la politización de la sexualidad y el posicionamiento de lo personal como político.

Bajo ese contexto entonces, el foco queda puesto en la relación feminismo-marxismo y la cuestión de la opresión principal. Aparece entonces el debate sobre qué es el género. En el siglo XIX y principios del XX se hablaba acerca de las cuestiones femeninas o de la mujer, surge aquí la definición de género como construcción social, separada del sexo entendido como lo biológico. Su principal referente teórica es Simone de Beauvoir, a quien se suman los feminismos negros, afrodescendientes, latinoamericanos y del Caribe que traen consigo los primeros aportes en torno a la interseccionalidad.

De este modo, frente a la pregunta si existe una opresión principal, se recuperan las primeras elaboraciones del pensamiento crítico del siglo XIX sobre la emancipación femenina y la emancipación de clase. En Engels se pudo encontrar un acercamiento para pensar la situación de desigualdad que fue base de muchos desarrollos teóricos marxistas que giraron sobre la cuestión de la mujer. Dos de las principales referentes marxistas que voy a citar son Clara Zetkin y Alexandra Kollontai.

Zetkin, quien desde el partido socialdemócrata alemán se dedicó a la cuestión de la mujer a nivel internacional, afirma en su artículo Sólo con la mujer proletaria triunfara el socialismo, que la situación específica de las mujeres se debe a su situación de clase:

“…la cuestión femenina se plantea para las mujeres del proletariado, de la pequeña y media burguesía, de los estratos intelectuales y de la gran burguesía; además, presenta distintas características según la situación de clase de estos grupos”.

Esta definición además, va a colaborar en la diferenciación táctica de las sufragistas, ya que si bien podían coincidir en demandas, consideraban que los motivos que impulsaban a las mujeres burguesas se enfrentaban a los motivos de las mujeres trabajadoras.

Por su parte, Kollontai va a profundizar y sistematizar aquella definición de Zetkin. Desde la crítica a lo que ella llamará “amor burgués”, va a acercarse a definiciones en torno al amor como construcción social y al hecho de que la desigualdad de la mujer depende de su mayor o menor participación en la producción. En su libro Relaciones Sexuales y Lucha de Clases, afirma:

“A los ojos de la sociedad, la personalidad del hombre puede ser con mayor facilidad separada de sus acciones en la esfera sexual. La personalidad de una mujer se juzga casi exclusivamente en términos de su vida sexual. Este tipo de actitud emana del rol que las mujeres han jugado en la sociedad a través de los siglos y es solo ahora que una reevaluación de esas actitudes comienza a alcanzarse, por lo menos a dibujarse. Solo un cambio del papel económico de la mujer y su vinculación independiente en la producción, puede y traerá el debilitamiento de estas ideas hipócritas y equivocadas.”

Asimismo, Kollontai en Sobre la historia del movimiento de mujeres trabajadoras en Rusia habla de una doble genealogía2 del movimiento femenino, que le permite criticar políticamente al feminismo burgués mientras reclaman derechos conjuntamente en un mismo movimiento. Esta idea, en la actualidad, ayuda a comprender que el feminismo es potencia efectiva para llevar adelante experiencias organizativas amplias e interseccionales. A su vez, recuperar la experiencia de las trabajadoras que no encontraban representación en las demandas de las feministas burguesas debido a su situación de clase, implica no perder de vista que es un movimiento de masas heterogéneo y de disputa política.

La necesidad de reconstruir esta corriente del pensamiento marxista, pero principalmente feminista, surge en un contexto en el cual el movimiento de mujeres comienza a desarrollar dos puntos centrales: el primero es la definición de género como concepto construido socialmente separado de la cuestión biológica, lo que permite historizar y volver político su contenido y, con ello, que pueda ponérselo en duda. Y el segundo punto: La liberación sexual y la reivindicación del derecho al placer.

Al mismo tiempo, esta otra genealogía del XIX es muy importante, porque a mediados del siglo XX tanto a los sindicatos como a los partidos de izquierda les costaba mucho reconocer las presiones que sufrían sus compañeras, la dificultad de integrarlas a sus organizaciones y las necesidades políticas específicas que exigían. Y es que el reconocimiento de estas cuestiones a veces aparecía de manera declarativa pero no se trasladaba a las prácticas políticas ni al desarrollo de teorías críticas (Arruzza, 2018). Si bien hoy se ha avanzado debido a la irrupción del nuevo ascenso del movimiento feminista, que removió cimientos y dejó muchas heridas en el camino, estas tensiones aún continúan. En Argentina hay extensos trabajos sobre esta relación y tensión de aquellos años. Voy a mencionar brevemente dos experiencias: las del PRT y la del PST.

La primera, durante finales del sesenta y principios de los setenta, no sólo no tuvo contacto con los grupos feministas locales ni internacionales, sino que abiertamente rechazó al feminismo como movimiento político. Sin embargo, las investigaciones encontraron que en los frentes femeninos de dicho partido las mujeres consiguieron politizar sus relaciones interpersonales y la situación desventajosa en la que se encontraban debido a la condición de su género (Martinez en Trebisacce, 2013).

Por otro lado, las experiencias del PST, que si bien se rehusaba a espacios específicos de mujeres, mantenía un vínculo con los espacios feministas locales. A su vez, las feministas trotskistas de la época desarrollaron teóricamente la importancia de la autonomía del cuerpo, llegando así a interesantísimos ejes programáticos y electorales, alrededor de la doble jornada laboral, la despenalización del aborto y el derecho al goce sexual no reproductivo (Trebisacce, 2013).

Eso que llaman amor, ¿es trabajo?

A mediados de los años setenta y ochenta la deslocalización de la producción, la extranjerización de la economía y disminución de la provisión pública a nivel global, fueron los primeros esbozos de un cambio de régimen. Con el neoliberalismo haciéndose conocer y el Estado retirándose como el ordenador del sistema se inicia un proceso de transformación en el mercado de trabajo, al que ingresan las mujeres dando lugar a la norma de dos proveedores (de una manera heterogénea entre el norte y sur global3).

Es así que durante este período las feministas marxistas se empiezan a preguntar sobre las condiciones necesarias para la reproducción de la fuerza de trabajo. Se retoma a Marx y con él, la teoría de valor. A partir de sostener que las actividades domésticas son parte del proceso de trabajo, surgieron debates en torno al valor de este circuito y su relación con la acumulación capitalista.

Estos debates dan origen a explicaciones analíticas muy importantes, de las que voy a mencionar tres. La primera dice que las tareas que realiza la mujer en el hogar es un trabajo que produce valor y quien extrae el plusvalor, en este caso, es el varón. Esta perspectiva la desarrollan los feminismos materialistas y de la diferencia, afirmando que la familia es un espacio de división de clase en donde el género constituye una clase (Arruzza, 2015). La otra corriente que sostiene que el trabajo doméstico tiene valor es la de las feministas autonomistas y obreristas, dentro de las cuales Silvia Federici en la actualidad es la más conocida de sus teóricas. Estas autoras sostienen que quien se beneficia del trabajo no pago de las mujeres es el Estado y las empresas. Por último, la tercer corriente es la que dice que el trabajo de reproducción no produce valor de cambio, sino valor de uso. Esto no le quita importancia, porque mantiene el rol fundamental del circuito de la reproducción en la estructura capitalista4. Aquí se pueden identificar a las feministas Iris Young y Lise Vogel, que ambas hacen aproximaciones políticas útiles para analizar la realidad.

En respuesta a las visiones autonomistas, Lise Vogel en su libro El Marxismo y la opresión de la mujer: hacia una teoría unitaria de 1983, da lugar a lo que conocemos como la teoría de reproducción social. La teoría de reproducción social [TRS] aparece con la necesidad de Vogel de saldar algunos problemas que habían enfrentado a las feministas socialistas5 respecto al trabajo doméstico en los años setenta. Su objetivo era construir una interpretación teórica más satisfactoria para analizar la subordinación de género.

Lise Vogel va a sostener que la reproducción de la fuerza de trabajo no es sólo la asunción normativa concerniente a la procreación biológica en familias heterosexuales (Vogel, 2013). La autora va a explicar que el circuito de reproducción social juega un rol importante en las dinámicas de acumulación de capital y expone, que en las sociedades capitalistas la tensión entre aquellxs que buscan acumular mayor ganancia y lxs que pelean por ganar mejores condiciones para su propia reproducción, convierte este circuito en un campo de disputa clave. Según la socióloga, la opresión de género se encuentra en el propio sistema y en la necesidad del capital de asegurar su propia reproducción como sistema. Para eso, necesita controlar la reproducción de la fuerza de trabajo y, por tanto, regular la reproducción biológica de lxs trabajadorxs.

En palabras de la autora, la visión marxista de la TRS es una teoría de la relación entre producción y reproducción social y, como tal, se opone a la idea de esferas separadas e independientes o de sistemas paralelos de opresión que se cruzan o intersectan en algún momento6. Esta explicación amplía las lecturas sobre cómo funciona el capitalismo y las transformaciones globales del mismo. A su vez, rescatar la explicación no biológica de la opresión de género de Vogel permite incorporar los análisis queer de los años noventa, en torno a la matriz heterosexual obligatoria7.

Partiendo de aproximaciones similares Iris Young, una referencia teórica sobre el debate

capitalismo-patriarcado a fines de los años ochenta, señala que el patriarcado y el capitalismo configuran un mismo sistema que da origen a la Teoría Unitaria8.. A partir de su crítica al sistema dual que formula Hartman9, Young en Marxismo y feminismo, más allá del “matrimonio infeliz” (una crítica al sistema dual), comienza evidenciando algunos problemas que presenta la reflexión de dos sistemas autónomos y señala que si se concibe el patriarcado como un sistema o modo de producción en sí mismo, que coexiste al lado de un modo de producción capitalista, pierde peso material como sistema autónomo de relaciones de producción. Por lo tanto según esta autora, sostener que el patriarcado funciona como un sistema autónomo hace que predomine una perspectiva marxista economicista sobre el funcionamiento del capitalismo.

Por el contrario, Young va a decir que para dar una explicación más acabada de la desigualdad de género no se pueden definir las relaciones de dominación de una sociedad capitalista por separado de las de dominación patriarcal, que caracteriza a la sociedad moderna. De esta manera la autora sostiene que las formas de opresión de género específicas de la modernidad están imbricadas con las categorías sociales capitalistas, específicamente con la separación entre la producción y la reproducción. Esto la va a llevar a recuperar aportes socialistas e introducir la categoría división de trabajo por género, que le permitirá colocar las relaciones de género y la posición de la mujer en el centro del análisis material de las relaciones de trabajo. La teoría unitaria que nos aporta la filósofa neoyorquina, en la actualidad, permite analizar las transformaciones del mercado laboral y las distintas proyecciones laborales según el género y sexualidad.

Feminización de la pobreza y la redefinición de lo que llamamos paro

Ya en los años noventa entre los aportes que se pueden señalar del feminismo se destaca el concepto feminización de la pobreza o feminización de la fuerza de trabajo. Este concepto se utiliza en un doble sentido, por un lado alude a más mujeres en el mercado del trabajo y por otro, define determinadas condiciones de trabajo que caracterizan los espacios laborales feminizados y que empiezan a extenderse a otros (Cámara y Facet, 2019). Esto quiere decir que mientras las mujeres ingresan masivamente al trabajo asalariado, surge en paralelo un proceso de precarización de las condiciones laborales de lxs trabajadorxs. Esto genera la necesidad de reorganizar los tiempos de trabajo dentro y fuera del hogar, en algunos casos surge la mercantilización de los cuidados en aquellxs que puedan pagar ese trabajo, o bien la privatización y sobrecarga en la tarea de reproducción en quienes no pueden pagarlo.

Al mismo tiempo este concepto pone en evidencia cómo las crisis y constantes reconfiguraciones producen necesariamente más márgenes de explotación y expoliación, y con ello, añaden complejidad a la idea de pobreza. Sobre este punto cabe incorporar el concepto cadena global de cuidado como resultado de estas transformaciones, que se refiere al impacto de las migraciones de trabajadorxs desde los países pobres hacia los ricos, donde asumen empleos de tareas domésticas remuneradas; y a cómo, a su vez, deben transferir sus propias responsabilidades de cuidado a otras mujeres (Rodriguez, 2007). Los aportes feministas sobre la reproducción social y los trabajos ayudan a comprender las dinámicas de acumulación, que entre otras cosas se construyen a partir de procesos de racialización y de desigualdad de género (Fraser, 2018).

Siguiendo esta línea, la economía feminista incorpora al campo de analisis la perspectiva de la sostenibilidad de la vida10 para referirse a la tensión capital-vida. Es desde esta tensión que busca exponer cómo el sistema marca los valores para el funcionamiento socioeconómico bajo un escenario de explotación y despojo, que pone en jaque las condiciones necesarias para reproducir la vida de las personas. Es el poder corporativo (los mercados) que con su lógica de acumulación tienden a atacar la vida en vez de garantizarla (Orozco, 2014), las luchas contra el extractivismo en nuestra región son un ejemplo. Al hablar de sostenimiento, las economistas feministas critican la lógica de crecimiento mercantil que se impone en las sociedades capitalistas y proponen otras formas de organizarse a través de la descentralización de los mercados, que plantea la necesidad de priorizar recursos para políticas que apunten a sostener la vida contra el capital.

En un contexto en el cual aparece con centralidad la deuda como mecanismo de presión a los estados por parte del poder económico y organismos internacionales, la reflexiones que se mencionan contribuyen al proceso de transformación de lo que hoy conocemos como trabajo y a las luchas asociadas a la ampliación del contenido de paro, que surge con fuerza desde el sur global y con carácter internacionalista. Estas luchas muestran una recomposición de nuestro sujeto de clase, y que el feminismo, por su capacidad de reagrupar diferentes sectores constituye un punto de vista privilegiado para analizar las condiciones de explotación contemporáneas (Montanelli en Carreras, 2019).

Con esta perspectiva de interpretación amplia sobre el funcionamiento del capitalismo que incluye el circuito de reproducción social, la autora Tithi Battacharya, se va referir a la TRS no solo como aquellas condiciones vitales que corresponden a la dimensión de lo doméstico sino que va a sumar aquellas que dependen de la dimensión histórica y social. Para dar un ejemplo, el acceso a la salud (hoy fundamental debido a la pandemia) hace a los derechos sociales necesarios para reproducir nuestras vidas, pero un buen acceso va a depender del lugar que se ocupe en la lucha de clases. Con esta dimensión de análisis la autora va a decir que la reproducción social no se presenta de manera homogénea y universal en las sociedades capitalistas sino que va a depender de las relaciones de fuerza, en un contexto dado.

En sintonía, la economista Amaia Perez Orozco advierte un problema en el concepto de cuidado debido a una idealización que impone sacar adelante la vida en un sistema que la ataca constantemente. La autora lo va a llamar, la ética reaccionaria del cuidado, que impone resolver los cuidados en ámbitos invisibilizados y feminizados de la economía. De este modo, lo que se trata de evidenciar con este problema es la contradicción que vuelve a la actual organización social de los cuidados en un vector de desigualdad (Rodriguez, 2020). Que según Orozco, no se puede resolver en el capitalismo.

Reflexiones finales

Luego de esta breve historización y principales aportes del feminismo que considero claves, comparto algunas reflexiones finales que se encuentran atravesadas por el debate colectivo que se da entre feministas a nivel transfronterizo, esfuerzos teóricos de compañerxs que vienen pensando estos temas de manera interseccional y a partir de la salida de compañeras de la organización que me lleva a querer encontrar respuestas a las tensiones que aún existen entre los feminismos y organizaciones de izquierda, tensiones que si se hace abstracción se le hace un flaco favor a la construcción de alternativa.

En el recorrido histórico se pueden visualizar en principio, y con voluntad de pensarlo colectivamente, tres aspectos del feminismo como aportes significativos a las elaboraciones estratégicas para la etapa política. El primero es un aspecto teórico en torno a la reproducción social como método de análisis, que como vimos anteriormente nos permite intervenir en la realidad con una mirada ampliada del capitalismo, sujeta al cambio y no bologicista. Si en la actualidad partimos del marco de una crisis de acumulación del sistema de producción capitalista, desde los feminismos se habla de un avance de las lógicas mercantiles en el campo de la reproducción social debido a esto, por ejemplo la mercantilización del agua y endeudamiento de la economía de los hogares. Esta perspectiva ampliada que trae la teoría de reproducción social sobre el funcionamiento del capitalismo en esta etapa permite evidenciar la infraestructura que sostiene la vida colectiva y, la precariedad y los ataques regresivos que soporta.  

Al mismo tiempo este aporte teórico permite un giro en los análisis marxistas sobre la crisis, ya no se trata de hablar de una separación entre la producción económica y reproducción social sino de entender el funcionamiento del capitalismo como un circuito integrado por estas dos esferas, en palabras de Fraser, cada termino se encuentra codefinido por medio del otro. Por lo tanto, lo que antes era lo domestico-privado pasa a estar en la escena de lo público, es así que se comienza a ver en la lucha social una politización de las luchas reproductivas. Este enfoque nos permite comprender como los procesos de racionalización, la violencia heterocis-patriarcal y procesos migratorios tienen una relevancia en esta etapa del capitalismo vinculando estas opresiones al conflicto estructural de la clase pero sin reducirse meramente a él, ya que esta perspectiva complejiza las respuestas históricas que intentaron dar los partidos y organizaciones de izquierda socialista. Estas transformaciones al impactar en la lucha de clases  nos obliga a las organizaciones políticas a destinar tiempo a pensar futuros alternativos que orienten nuestras decisiones en un presente que se reorganiza desde los márgenes. 

El segundo son propuestas programáticas a partir de la práctica política de los feminismos a lo largo de la historia y que aportan a los espacios de organización. En las luchas actuales podemos encontrar a trabajadores que salen a reclamar algo más que un salario digno, las luchas de les trabajadores se articulan con las luchas contra la violencia patriarcal, el acceso a una vivienda digna, contra el negocio inmobiliario, por comida y por el medioambiente, entre otras. En esas luchas se visualizan las nuevas formas de expresión de la clase trabajadora, por ello las consignas de reorganización de los trabajos se vuelven renovadas desde los feminismos en tiempos de feminización de la fuerza de trabajo y huelga feminista. Al mismo tiempo que al hablar de cuidados lo que interviene ya no es solo una dimensión simbólica (dar cariño, escucha a otrx), sino que también es preciso prestar atención a la dimensión material (lo “no emocional”) como por ejemplo los trabajos de limpieza tercerizados de cualquier oficina del Estado, trabajos poco valorados e informales que en su mayoría esconden procesos de racialización. Como vemos el acceso a mayores derechos sociales que apunten a un mejoramiento de las condiciones de vida de les trabajadores no se expresa de manera homogénea, estas consignas tensionan lo que pueden las estructuras de la clase ya que cuestionan la distinción entre público- privado exigiendo salir de discusiones y formas de organización tradicionales.

Otro ejemplo es el desafío que abre haber ganado la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. El día de su aprobación los discursos alrededor de la importancia del derecho a decidir de las personas gestantes, abrieron un campo de disputa interesante respecto a qué significa la autonomía en un sistema que se rige bajo estructuras de poder que establecen qué cuerpos tienen el derecho a decidir. Las reivindicaciones feministas y queer, que buscan mover del centro a quienes definen la economía nos permiten elaborar posiciones políticas en términos de cercanía y lejanía de la sostenibilidad de la vida respecto a las políticas desplegadas. Esto último es un aporte valioso para elaborar reivindicaciones con perspectiva de(s)colonial y exponer la incapacidad de los gobiernos actuales de resolver las contradicciones que se esconden en los discursos institucionales.

Hasta ahora mencione algunos elementos que pueden colaborar a las elaboraciones estratégicas pero me resulta difícil no abordar algunas cuestiones organizativas, específicamente mencionar elementos que podrían tenerse en cuenta. La primera se trata de los procesos pedagógicos militantes que se tienen que llevar adelante en las organizaciones para terminar con los privilegios heterocis-patriarcales expresados en las relaciones sociales y la urgencia de desnaturalizar que algunos espacios políticos pertenecen a ciertas masculinidades o formas patriarcales de construir esos espacios, tareas que implican algo más que acciones positivas. También podemos agregar la elaboración de programas que incorporen estos aportes, apostando a la radicalización de las luchas sociales y fortalecer su salto a la lucha política pero, a su vez, considero que no se puede avanzar en esto si no somos parte activa de los sectores sociales que hoy se están levantando. Poco sirve tener resuelto aspectos de estrategia sino encontramos las formas de llevarla adelante en la práctica. Para concluir, hoy las organizaciones políticas parecen ahogadas entre sus potencialidades y dificultades materiales para sostener un ritmo político que requiere de esfuerzo y estimulo militante, por eso pensar cómo nos organizamos implica hurgar de nuevo en las razones que reavivan la llama del socialismo con otrxs, ampliando perspectivas, evitando autonomismos poco dialógicos y conservadurismo a lo nuevo. 

El tercer y último aspecto, en este caso del movimiento feministas, que me gustaría señalar es el carácter plural, insterseccional y contrahegemónico, que permite reagrupamientos amplios y articulaciones políticas con aquellxs que se encuentran resistiendo en los márgenes del sistema (espacios históricamente poco atraídos por las experiencias organizativas de izquierda), protagonistas de los últimos levantamientos populares. Esta característica contribuye a nuestra voluntad de crear mayorías que disputen el poder del capital con capacidad de articular nuestras ideas marxistas y socialistas con otras tradiciones como las de los pueblos originarios, LGBTTTIQ+, ambientalistas, etc. Los feminismos han mostrado en este ascenso ser una posibilidad de ruptura real con el capital, con una gran capacidad de auto-organización y de prefigurar contrapoder pero resulta difícil encontrar solo en este aspecto la salida de la crisis. Estamos sin duda frente a desafíos inmensos y los feminismos vienen abriendo esa posibilidad de dialogo y cruces necesarios entre dos teorías solidas para la construcción de alternativa. 

En estos tiempos de revueltas y de respuestas en clave de urgencia que no alcanzan, nos toca pensar cómo nos organizamos y volver a enamorarnos del sueño de que “cambiar el mundo es posible”. En momentos donde aparecen viejos monstruos en ciclos que parecen cerrarse, la creación de proyectos políticos que se proponen reconstruir las fuerzas populares no puede hacer abstracción de estos aportes feministas.

Citas

1 Véase en: https://democraciasocialista.org/teoria-y-estrategia/teoria/estado-partido-y-estrategia-en- el-actual-periodo-historico/
2 En este texto del año 1919 Alexandra realiza un recorrido histórico sobre la articulación política entre las mujeres obreras y sufragistas, en los años 1905 y 1906. Allí la autora señala que la iniciativa de las mujeres burguesas fue acompañada por las trabajadoras, pero la intención de las primeras de crear un “movimiento femenino sin clase” naufragó debido a un movimiento de mujeres obreras que comprendían que su liberación no incluía a sus patrones.
3 Aquí habría que saber qué aportes post y de(s)coloniales nos colaboran a profundizar la relación entre las transformaciones a nivel global y las lógicas coloniales e imperialistas predominan en alguna zonas, y que según algunas autoras como Ochy Curiel afirman que estas lógicas han cambiado las relaciones de género en donde la mirada occidental y blanca no existía.
4 Sobre este debate me gustaría recomendar a Roswitha Scholz que a finales de los noventa ha elaborado la teoría del valor-escisión, muy sólida y con grandes aportes, pero que no puedo ampliar aquí aunque recomiendo.
5 Estos debates se pueden encontrar en “Domestic labor revisited” del 2000
6 Lise Vogel en Beyond Intersectionality del 2018, aborda las críticas que dicen que esta teoría se enfrenta a la mirada interseccional, para dar cuenta de lo contrario.
7 Butler en Género y disputa va a decir que es una matriz de interpretación y acción sobre el mundo orquestada por los principios de la heterosexualidad y los géneros binarios. Esta matriz establece una relación de causalidad entre el sexo, el género y el deseo sexual que detenta supuestamente continuidad y coherencia natural. En cambio, el género es el producto de una serie de prácticas que sostenemos y que nos constituyen en lo que somos. Somos los géneros que actuamos. Los géneros no son ni una farsa ni una verdad última. Los géneros son performativos. El género es aquello que nos es dado, pero que nos constituye en lo que somos, a partir de lo cual actuamos, sentimos, pensamos y también nos rebelamos.
8 Young, I. Marxismo y feminismo, más allá del “matrimonio infeliz” (una crítica al sistema dual). Vease en: https://www.democraciasocialista.org/wp-content/uploads/2014/03/139104361-Young- Marxismo-y-feminismo.pdf
9 En 1983 Heidi Hartmann publicó un escrito titulado “El matrimonio infeliz de marxismo y feminismo”. Desarrolla la teoría de los dos sistemas, patriarcado y capitalismo. A pesar del nexo entre el modo de producción y el sistema patriarcal, ambas funcionan con lógicas internas y leyes específicas.
10 Sostenibilidad de la vida, corriente de la economía feminista que explica que las políticas neoliberales y financieras que impulsan el poder corporativo implican una reducción de las condiciones para sostener la vida.

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https://www.democraciasocialista.org/wp-content/uploads/2014/03/139104361-Young-Marxismo-y- feminismo.pdf

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