El texto que sigue es una descripción de nuestras concepciones políticas, que tiene por objeto pasarlas en limpio y ponerlas a discusión en función de pensar el tipo de organización, programa y estrategia que necesitamos. Se apuntan, al final de cada apartado, recomendaciones bibliográficas sobre estos temas para quienes quisieran profundizar en estas discusiones y nuestras posiciones al respecto.

bases estrategicas

Hacia una caracterización de nuestra etapa histórica

La caída del muro de Berlín y la desarticulación del “campo socialista”1 cerró todo un ciclo histórico, correspondiente al “corto siglo XX” abierto con la primera guerra mundial y la revolución de Octubre. La mayor parte de los enunciados estratégicos de la tradición marxista revolucionaria de los que aún somos hacedores fueron forjados al inicio del anterior periodo histórico y hoy nos enfrentamos, por ende, a una necesaria reconstrucción del proyecto emancipatorio.

Lo que se cerró es el ciclo histórico forjado bajo la estela de la revolución de Octubre, sus conclusiones estratégicas y delimitaciones. Y eso por dos razones: la derrota burocrática de las experiencias emancipatorias del siglo XX constituyen, hasta cierto punto, un fracaso intrínseco del proyecto emancipatorio, que no puede adjudicarse exclusivamente a cuestiones “exteriores” (la guerra civil, la escasez, la miseria); por otro lado, el mundo ha cambiado lo suficiente como para que las tesis políticas y las hipótesis estratégicas que orientaron la acción de los revolucionarios durante todo un ciclo histórico, hayan perdido cierta vigencia. Debemos ser parte, entonces, de un proceso, probablemente largo y complejo, de reconstrucción del movimiento socialista sobre bases revolucionarias.

No sabemos cómo serán las revoluciones del siglo XXI, necesitamos nuevas experiencias históricas y hechos fundacionales de la lucha de clases, para poder formular hipótesis estratégicas integrales para nuestro periodo. Ello no significa que haya que hacer tábula rasa con la historia del movimiento revolucionario, ni empezar de cero: hay una memoria, una historia, unas lecciones teóricas, del movimiento obrero y socialista, que hay que recuperar, actualizar y proyectar.

1 La implosión de los regímenes burocráticos de la Unión Soviética y Europa del este, a fines de los 80’ cierra la etapa de la restauración capitalista cuyos inicios tenemos que buscar en los tiempos de la derrota de la revolución alemana del 18-19 y la contra-revolución burocrática del estalinismo.
Estas conclusiones, que nacen con la “oposición obrera” al estalinismo y se continúan con la IV Internacional, mantienen vigencia. Pero no es así con las tesis del Estado obrero burocratizado, para caracterizar los regímenes posteriores a la contra-revolución burocrática: la derrota de la revolución durante los años 20 fue de tal magnitud – en el terreno material, físico, de la conciencia, – que ya no puede afirmarse que se tratara de un “estado obrero” de ningún tipo, sino de algún tipo de formación social burocrática (ni capitalista ni socialista). Este diagnóstico tiene consecuencias estratégicas y políticas en la medida en que la caracterización del “estado obrero burocratizado” dejaban completamente indemnes las hipótesis bolcheviques que las corrientes trotskistas ortodoxas mantienen sin mayores alteraciones.

Para seguir leyendo:
Bensaïd, Una nueva época histórica

Hacia un rearme teórico y organizativo de la izquierda
anticapitalista

La profundidad y extensión de estos cambios ha expuesto al movimiento anticapitalista a la necesidad de afrontar un periodo de rearme teórico, programático, organizativo y estratégico, para formular un nuevo proyecto emancipatorio, acorde al actual periodo histórico y a las lecciones teóricas del siglo XX. En esta tarea, nuestras armas serán, entonces, la disposición al diálogo, en el plano teórico y organizativo, entre distintas tradiciones y herencias revolucionarias en la búsqueda permanente de síntesis, evitando los rasgos sectarios y autoproclamatorios que caracterizan a gran parte de la militancia revolucionaria.

En nuestro país, los laxos agrupamientos “multisectoriales” que intentaron reagrupar a diferentes agrupaciones de base y corrientes políticas, constituyeron un primer momento de recomposición política y organizativa, que hay que saber valorar. Esta experiencia de la denominada “nueva izquierda”, ha servido como primer momento de recomposición política, al articular una cierta capacidad organizativa con el planteo de nuevas hipótesis políticas. La preocupación por la democracia de base y por el establecimiento de relaciones sociales horizontales, aportaron novedad y riqueza a la discusión del momento. Sin embargo, cuando estas inquietudes se cristalizaron dogmáticamente se convirtieron en obstáculo para proyectar nuestra vocación de intervenir efectivamente en la lucha política con alcance estratégico.

Consideramos necesaria la construcción de una izquierda decididamente anticapitalista y clasista, no sectaria ni oportunista, que abogue por un socialismo radicalmente democrático, feminista, ecosocialista y libertario; que retome a un marxismo heterodoxo, crítico y abierto; y que pueda interpelar a los sectores provenientes de otras identidades populares y tradiciones teórico-políticas.

La recomposición en el plano organizativo debe ir de la mano, a su vez, de un rearme en el plano teórico y programático. La actualización de un marxismo crítico, abierto, complejo, heterodoxo, que esté a la altura de las luchas actuales. No se trata de ninguna “defensa del marxismo” como se proponen los dogmáticos, sino de una renovación y actualización, desprejuiciada y original.

Para seguir leyendo:
Jose Correa, Programa, estrategia, sujeto: los desafíos de la revolución en el siglo XXI

Diferencias con la “izquierda tradicional”: catastrofismo y “mini-partido”

En la izquierda dogmáticamente trotskista, la sexagenaria caracterización de la etapa del capitalismo como de estancamiento crónico (derivada de la célebre tesis de Trotsky respecto a que las fuerzas productivas “han cesado de crecer”) conduce a una estrategia política de ofensiva permanente, según la presunción de que las rebeliones espontáneas de los sectores populares, la irrupción del movimiento obrero y el desprestigio de los gobiernos burgueses serían más o menos inevitables e inminentes, compungidas las masas por la crisis capitalista que arrojaría a los trabajadores a la lucha, generando el caldo de cultivo para el desarrollo de la organización de vanguardia. Por tanto, la actividad política se reduce en lo fundamental a la agitación (para favorecer la rebelión de las masas) y la propaganda (para ganar a los mejores elementos de la vanguardia).

El “catastrofismo” conduce a una lógica de corto plazo que cree encontrarse siempre ante oportunidades y coyunturas decisivas y, por tanto, pretende de modo persistente acelerar infructuosamente los procesos. Al mismo tiempo, la supuesta inminencia de la crisis lleva a colocar la prioridad política en la acumulación partidaria y en la “lucha por la dirección” antes que en la consolidación de las organizaciones populares, de los frentes de masas, de las conquistas reivindicativas parciales, etc.

En la medida en que la gravedad de la crisis y la madurez de las condiciones objetivas reducen la actividad política a la cuestión de la dirección, los revolucionarios se concentran casi exclusivamente en la construcción de partidos que compiten con brutalidad con el resto de las corrientes por ocupar ese lugar. Ese marco explica la persistencia de una cultura política facciosa y divisionista por parte de las principales tradiciones del trotskismo sectario. De hecho, estas corrientes sectarias provenientes del trotskismo tienen una concepción de la construcción organizativa que se ajusta cabalmente a lo que Hal Draper llamó “mini-partido”. Esto es, la creencia de que la vía hacia una fuerza política de masas es el simple crecimiento lineal del propio núcleo político -por minoritario y aislado que se encuentre frente al movimiento de masas- en la medida en que logre depurar adecuadamente sus propias líneas ideológicas, delimitarse sistemáticamente de las corrientes centristas y oportunistas, y organizarse prefigurativamente como un “pequeño partido de masas”. La organización política podría, así, empalmar con las masas, por encima de los aparatos políticos pre-existentes que no soportarían la presión y la dinámica de los acontecimientos, en un contexto de crisis capitalista.

Para seguir leyendo:

Hacia un nuevo comienzo… por otro camino – La alternativa a la micro secta – Hal Draper

Balance de la experiencia de la “nueva izquierda” argentina

La denominada “nueva izquierda” no constituye una unidad política sino un campo inestable de fuerzas en proceso abierto de conformación. Se trata, en todo caso, del nombre de un trayecto común que fue produciendo rasgos compartidos: el de apostar a convertir a la militancia social desarrollada durante el último periodo en el embrión de una nueva experiencia política que pudiera renovar el proyecto emancipatorio.

La primera fase de ascenso de las luchas, iniciada a fines del siglo pasado, debió lidiar con un contexto marcado por el más amplio desarme político y organizativo de los sectores populares, producto de la derrota histórica que sufrió la clase trabajadora en las últimas décadas de contra-ofensiva neoliberal. En tal etapa, el surgimiento de las luchas sociales más elementales, de movimientos reivindicativos sin mayor elaboración programática, constituyeron una genuina forma de lucha política para un momento en que lo prioritario pasaba por la regeneración del tejido social y organizativo, precondición para una posible reconstrucción política del movimiento socialista. El medio que se encontró para empezar a proyectar políticamente a las nuevas experiencias organizativas y profundizar la recomposición política popular pasaba por generar relaciones horizontales entre las nuevas agrupaciones sectoriales,   corrientes   “multisectoriales”   con   fuertes  rasgos federativos que procuraban respetar el tiempo y el protagonismo del conjunto de la militancia de base. Este proceso constituyó un momento precioso en el proceso de recomposición organizativa del sujeto popular.

Sin embargo, en las puertas de una nueva situación política, es importante reconocer la insuficiencia de estas formas organizativas para enfrentar las tareas de la próxima etapa. En lugar de fetichizar las actuales formaciones organizativas, creyendo que nos encontramos frente a la forma política finalmente encontrada, tenemos que entenderlas como una etapa valiosa que permitió preparar las siguientes. En ciertos momentos, el medio para defender la acumulación política construida no pasa por preservar los instrumentos construidos, sino por forjar las nuevas organizaciones que sean eficaces para afrontar las tareas del momento. Actualmente, debemos superar las coordinaciones políticas federativas en dos sentidos complementarios. Por un lado hacia convergencias amplias de carácter más político, que sobre la base de la multiplicidad de experiencias, sensibilidades y tradiciones, puedan instituir un bloque social y político contra-hegemónico, con capacidad de intervención dinámica y unitaria. Por otro lado, hacia corrientes políticas revolucionarias, con un mayor grado de homogeneidad y centralización política, que cumplan la función de referencias político-ideológicas, con capacidad de intervención política y reflexión estratégica.

Resulta esencial reconocer la irreductibilidad de la lucha política, que no es una mera continuación de la lucha social sino que cuenta con una lógica y mecánica propia. La indistinción o fusión de lo social y lo político bien puede llevar, más allá de la pretendida intención democrática, a despolitizar lo político y/o a sobreideologizar lo social. Más aun, la inconmensurabilidad de lo político y lo social es la base necesaria para una concepción democrática de la emancipación. Más allá de las pretendidas intenciones anti-burocráticas, la “fusión” de lo social y lo político tiende hacia el sustituismo. En la medida en que se considera que lo político es la continuación inmanente de lo social, no hay, por un lado, lugar para la pluralidad política, para la lucha ideológica (que parte necesariamente de reconocer el hiato entre lo social y lo político), ni la correspondiente autonomía del movimiento social respecto a los instrumentos políticos (que requiere del reconocimiento de funciones diferentes para los frentes de masas y las herramientas políticas).

Para seguir leyendo:

Facundo Martín y Martín Mosquera, Una ventana a la crisis de la izquierda independiente, en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=182939

Lucha hegemónica y prefiguración

El punto de partida para reconstruir una estrategia socialista acorde a nuestro tiempo, es la comprensión de la política como construcción de hegemonía. Es decir, como el proceso en el cual las clases subalternas van construyendo colectivamente una nueva constelación cultural y moral, en donde vertebrar y prefigurar una nueva sociabilidad en base a sus propios valores, prácticas e instituciones, en disputa con las actualmente hegemónicas. Es importante comprender que la disputa hegemónica no se da entre dos construcciones ideológicas pre-constituidas y estáticas, sino que exige disputar creativamente y articular hegemónicamente diferentes elementos presentes en el sentido común, y que no tienen necesariamente un contenido de clase a priori (como es la democracia, la nación, el pueblo).

No existe fuerza social y política que pueda seriamente amenazar al régimen capitalista si no integra hegemónicamente a vastos sectores sociales, fuerzas políticas y sensibilidades culturales. No se trata de embestir de frente contra las identidades existentes en las clases subalternas, sino de radicalizar los elementos progresivos que existen contradictoriamente en el sentido común popular. Los anhelos de justicia e igualdad social de la clase obrera peronista, la opción por los pobres de sectores vinculados al cristianismo, la crítica contra-cultural de sectores juveniles o, incluso, la sensibilidad republicana y democrática de sectores medios, pueden recuperarse resignificándose en una aspiración anticapitalista.

Las experiencias prefigurativas hay que situarlas en esta perspectiva de construcción contra-hegemónica. Sin la pretensión ingenua de construir “islas de comunismo” en el seno de la sociedad burguesa, apostamos a que nuestras construcciones prefiguren la sociedad que anhelamos, en la línea del Marx que consideraba a los sindicatos como “escuelas de socialismo”. Es decir, procesos de empoderamiento de las clases subalternas, de transformación subjetiva y organizativa, de visibilización material de las posibilidades de organizar bajo nuevas bases los diferentes aspectos de la producción y reproducción de la vida social. El desarrollo de una cultura socialista, las prácticas moleculares anti-burocráticas, la politización de la vida cotidiana y las relaciones personales son la condición y el reaseguro para las luchas estrictamente políticas, no su reemplazo.

Siendo “poder popular” y “prefiguración” dos significantes claves de la militancia del último período, corresponde realizar una apropiación crítica. En ambos casos, se trata de recuperar estas categorías, pero en una definición, por así decirlo, “ampliada”. La prefiguración no puede reducirse, como habitualmente se hace, a las experiencias autogestivas, asamblearias o cooperativas, por la sencilla razón de que el socialismo que queremos prefigurar no se reduce a asambleas y cooperativas. El socialismo también requiere instituciones, mecanismos de decisión de amplia escala, formas representativas de gestionar lo social. Por otro lado, la prefiguración también se expresa en la lucha por derechos y reformas. Cuando se logra una reivindicación, se conquista un derecho o se amplía una libertad, en algunos casos también se está prefigurando los contornos de la sociedad socialista por la que luchamos.

Respecto al poder popular, vale una aclaración equivalente. No puede pensarse el “poder popular” como una entidad previa y completamente exterior al poder del Estado, por tres razones: 1) en primer lugar, porque no hay un “afuera” completo del Estado. Si bien el Estado no es una totalidad omnicomprensiva, sino una realidad porosa y contradictoria, no hay lugares a completa distancia de él. Las experiencias piqueteras (que viven de la lucha por financiamiento estatal), o la misma organización sindical, son prueba de ello. En segundo lugar, 2) el poder popular no puede convertirse en un espacio social que conviva eternamente con el Estado capitalista. Se trata de embriones de un nuevo poder que lucha por la reorganización del conjunto de las relaciones sociales y por el poder del Estado. Por último, 3) el poder popular también puede expresarse al interior del Estado mismo, como una lucha que lo atraviesa, como lo expresan las juntas comunales en Venezuela, las conquistas electorales de las fuerzas revolucionarias, o las tenues democratizaciones del espacio público que consiguen los sectores populares. En este caso, también debemos formular una concepción “ampliada” del poder popular, que no lo piense como mera alternatividad frente al Estado o al mercado, sino como una fuerza social y política interna a la sociedad burguesa y en disputa con ella, al interior, y no en paralelo, de todos los ámbitos de la sociedad civil y el Estado.

Para seguir leyendo:

https://www.democraciasocialista.org/?p=2980                                                                    y https://www.democraciasocialista.org/?p=2562.

Hacia un nuevo programa de transición

Reforma y revolución no se oponen, sino que son dos momentos de un proceso complejo: la articulación de acto y proceso, guerra de posiciones y de maniobra, estrategia de desgaste y de enfrentamiento. La conquista de reformas producto de la lucha, que redundan en beneficios materiales y subjetivos para las masas, cumplen el objetivo de reforzar la confianza en la propia fuerza por parte de las clases subalternas y sirven de plataforma para proyectarlas hacia sus objetivos estratégicos. En el marco de esta consideración, es necesario repensar el papel de las “consignas transicionales”.

No se debe tratar de consignas maximalistas, que hagan abstracción de los grados de conciencia realmente efectivos en los sectores populares. Tampoco de consignas que solo busquen “desenmascarar” al adversario. Ni de una desestimación de las demandas del “programa mínimo”. Para nosotros sigue siendo necesario articular el trabajo reivindicativo que puede conquistarse en el marco del capitalismo con nuestro programa estratégico, es decir, enlazar orgánicamente las preocupaciones inmediatas de las masas con el socialismo, pero de un modo acorde a las condiciones sociales y políticas actuales. Una forma eficaz de realizar esta articulación es a través de consignas que no sean lógicamente imposibles dentro del capitalismo, pero que requieran de un proceso de radicalización para mantenerse, dado que no son fácilmente estabilizables dentro del sistema. Esto permite o bien impulsar una radicalización política, o bien demostrar prácticamente que necesidades elementales no son posibles de conquistar en el seno del capitalismo.

Por otro lado, hay que saber reconocer, como dijimos antes, que las luchas democráticas y por reformas trazan los contornos de la sociedad por la que luchamos, basada en la satisfacción de las necesidades sociales, la ruptura con el capitalismo y la desmercantilización de la vida social. He aquí, también, una dimensión transicional y prefigurativa propia de la lucha por reformas. Por último, una tercera manera de pensar lo “transicional” es entender que las luchas reivindicativas no solo dejan saldos materiales, sino también formas de organización y de poder popular que fueron necesarias para su conquista. En este caso, lo que une las demandas reivindicativas con nuestro programa estratégico es el tipo de poder y de organización que fue construido en el transcurso de la lucha.

Para seguir leyendo:

Debate con R. Astrita sobre la crítica del programa de transición: https://www.democraciasocialista.org/?p=3908

Hacia una caracterización compleja del Estado moderno

Consideramos que el Estado de la sociedad capitalista es, precisamente, un Estado capitalista. Tanto la orientación política que le imprimen quienes lo controlan, como la forma y la estructura de sus instituciones son funcionales a garantizar a la reproducción social de este modo de producción. En consecuencia, para la destrucción del capitalismo será  necesaria  una  ruptura,  o  una  multiplicidad  de  ellas,  con  el  Estado  actualmente existente. Sin embargo, para cumplir esta función, el Estado no puede valerse únicamente de la coerción y el monopolio del uso legal de la fuerza, sino que debe darse también una política hegemónica de construcción de consenso. Partiendo de esta base, es necesario complejizar una visión completamente funcionalista del Estado. El Estado no es un objeto, es ante todo una relación social, y por lo tanto no puede ser una herramienta fácilmente moldeable en función directa   de   las   necesidades   del   capital,  sino que expresa, de manera mediada, una condensación material de una correlación de fuerzas entre las clases sociales. Esta concepción tiene la ventaja de permitirnos entender que el Estado no es un bloque monolítico, sin fisuras, al que las masas se enfrentan desde el exterior absoluto en todos los terrenos.

En esta clave, existen ciertas conquistas democráticas dentro de las instituciones que, a pesar de sus limitaciones y su objetivo de cooptación e institucionalización del movimiento popular, expresan al mismo tiempo conquistas duraderas de las luchas populares y no un mero armazón institucional de la dominación burguesa. Las libertades civiles, los derechos políticos, el multipartidismo, el sufragio universal, deben entenderse como conquistas populares, aunque contradictorias y limitadas, que hay que “conservar superando” en una futura democracia socialista.

A su vez, en un sentido más intuitivo, consideramos que hoy en día existen una gran cantidad de disputas a dar hacia el Estado, como puede ser la lucha por la obtención de recursos por parte de las cooperativas de trabajo, por el reconocimiento institucional de los bachilleratos populares y sus títulos, o por la orientación del conocimiento dentro de las universidades.

Finalmente, consideramos que en determinados momentos de radicalización política, la construcción de poder popular puede tener una relación con el Estado que supere la autonomía absoluta, y que penetre de alguna manera dentro de instituciones estatales con ciertas particularidades. Sostenemos esta hipótesis retomando concretamente casos como el de las Juntas de Abastecimiento y Control de Precios de Chile durante el gobierno de la Unidad Popular y a las Comunas existentes actualmente en Venezuela. Ambas son instituciones impulsadas desde el Estado, pero que indudablemente funcionan como herramientas de acumulación de poder popular y que mantienen una autonomía relativa con respecto a los Gobiernos, así como la capacidad de dar disputas por la radicalización del proceso y contra medidas particulares. Retomando la necesidad de ruptura revolucionaria con el Estado a la luz de las concepciones más complejizadas de un Estado con contradicciones internas, planteamos la hipótesis de que, en contextos de una crisis revolucionaria en Estados modernos hegemónicos, estas rupturas no necesariamente se darán entre el Estado como bloque monolítico y las instituciones de doble poder como un exterior absoluto al Estado, sino que el poder revolucionario podrá haber penetrado en instituciones del Estado como las mencionadas anteriormente.

Para seguir leyendo:

Democracia y Emancipación Social  y http://www.democraciasocialista.org/?p=1273

Clase obrera, movimientos sociales y sujeto revolucionario

Un debate histórico y central del movimiento socialista es el que refiere a la “centralidad de la clase obrera”. Desde mediados de los años ’80, pero con mucha fuerza durante la década del ’90, las tesis del fin de la centralidad del trabajo y del fin o de la pérdida de centralidad de la clase obrera tuvieron una importante difusión en las ciencias sociales e impactaron en la emergente militancia política. En nuestra coyuntura, este debate se toca con las tesis del “sujeto piquetero” (que pretendieron reemplazar el lugar central del movimiento obrero por el de los movimientos de desocupados) y con el fortalecimiento de los nuevos movimientos sociales (de género, identidad sexual, étnicos, etc.). El reciente retorno de las luchas obreras al centro de la escena en Argentina y en Europa ha establecido un punto de apoyo para repensar qué significa actualmente el análisis de clase en el marco de un proyecto socialista.

Para iniciar esta tarea, hay que superar definitivamente algunas ideas que tienden a identificarse con la centralidad del trabajo en la sociedad capitalista. En primer lugar, 1) la idea de que la clase obrera, como clase universal, emancipa al conjunto de la humanidad y supera el conjunto de las contradicciones (con lo cual, las luchas de género, de identidad sexual, nacionales, étnicas, etc. se resolverían con la resolución de la contradicción de clase, que por eso se consideraría “principal”). En segundo lugar, 2) la idea de que la clase obrera es “esencialmente”, o tendencialmente, revolucionaria: algo que demuestra la historia del siglo XX es que la clase obrera puede ser enteramente conservadora y corporativa; incluso más que otros sectores sociales que clásicamente se consideraron más regresivos (campesinos, desocupados, etc.). En tercer término, 3) el optimismo sociológico por el cual se considera que el desarrollo del capitalismo entraña de manera casi mecánica el desarrollo de una clase obrera más numerosa y concentrada, cada vez mejor organizada y cada vez más consciente. La experiencia nos deja la necesidad de reconocer la importancia de los procesos de diversificación en el interior de nuestra clase y que la unidad de las clases explotadas nos es algo dado sino algo por lo que se lucha. Por último, 4) no hay que confundir a la clase obrera con los asalariados industriales. La idea de una centralidad sociológica del obrero industrial (que es solo una figura históricamente situada), sí tiene que ser superada, más allá de que existan algunos sectores de la producción y del movimiento obrero que tengan una relevancia estratégica.

No se trata de dar una definición exclusivamente sociológica de la clase, definida solamente en relación a su lugar en las relaciones de producción (esto conlleva los subsiguientes problemas de establecer los límites de esa definición: ¿Dónde comienza la clase? ¿Dónde termina?). Es necesario un concepto no esencialista ni mítico de la clase, sino estratégico, relacional y procesual. Esto supone que no existe unidad de los sujetos fundada en intereses objetivos o en estructuras exclusivamente económicas.

La lucha de clases tiene un papel determinante en la estructuración de la vida social debido al hecho de que la relación de capital en su articulación con, y subsunción de, todas las formas de vida social es capaz de igualar e incorporar cualquier diferencia social (de género, identidad sexual, étnica) excepto la diferencia de clase. No existe una relación lógicamente necesaria entre el capitalismo y las otras formas de opresión presentes en la actualidad, sino que existe una relación de mutua funcionalidad determinada históricamente. Por lo que, analíticamente, el capitalismo podría abandonar esas otras formas de opresión y continuar reproduciéndose, aunque no sea una tendencia que percibamos concretamente. Por el contrario, es consustancial al capitalismo la separación de los productores de los medios de producción, y la progresiva subsunción del trabajo al capital. Estos dos simples elementos son los que le dan actualidad y vigencia a un análisis del sistema social en términos de clase.

Progresivamente, desde la aparición de la manufactura en adelante, las relaciones de los trabajadores directos están mediadas por el capital, lo que constituye al obrero como obrero colectivo. De esta existencia colectiva se deriva su potencialidad de devenir sujeto a nivel político. Pero, estrictamente, es en el plano político donde se constituye la unidad de la clase, no en su nivel económico. Es decir, en el terreno de lucha por el poder (del Estado, de la economía), de la reorganización del conjunto de las relaciones sociales, en antagonismo con la dominación burguesa, es que puede, de forma estratégica y relacional, hablarse de una clase obrera como sujeto revolucionario.

La centralidad de la clase no debe entenderse como jerarquía, sino como articulación. Nada garantiza que la opresión de las mujeres vaya acabar con el fin de la propiedad privada. Eso justifica la autonomía del movimiento de las mujeres por un futuro indeterminado, y más allá de la superación del capitalismo. Pero hoy, aquí y ahora, la lucha contra la opresión de las mujeres está estrechamente ligada a la lucha del movimiento obrero, a las reivindicaciones sobre el tiempo de trabajo, al servicio público, etc. Y, por lo tanto, se encuentran orgánicamente articuladas. Por ende, el feminismo, la ecología radical, las luchas de disidencia sexual, el internacionalismo, la lucha contra todas las formas de discriminación y opresión, no son reivindicaciones de importancia secundaria, sino que están en el centro de nuestro proyecto.

Con la irrupción de la crítica de la subjetividad y el lenguaje aparecen dimensiones adicionales en el proceso de dominación que están presentes embrionariamente en el análisis de Marx, aunque de un modo insuficiente. Las perspectivas de la dominación de género y étnicas, así como las normatividades que estructuran la jerarquía social eran subestimadas por pertenecer a una esfera superestructural, cuando no negadas y/o reproducidas lisa y llanamente. Es por eso que quienes son expropiadxs, por el capital, de su trabajo, lo son mediante una operación en la que también son expropiados sus otros constituyentes, en tanto que seres vivientes-deseantes-simbolizantes. No será entonces posible acabar con el trabajo alienado sin subvertir hasta vencer al dominio en todas sus formas.

Para seguir leyendo:

Daniel Bensaïd, Teoría del valor, trabajo y clases sociales (Entrevista)

Adrián Piva, ¿Fin de la clase obrera o desorganización de la clase?

Hacia nuevas hipótesis estratégicas

El periodo de tres décadas de guerras y revoluciones que se inicia con Octubre y culmina en la conquista del poder por la revolución china de 1948 condensa también lo que Daniel Bensaïd va a denominar las dos hipótesis estratégicas del siglo XX, la huelga general insurreccional (el “modelo” ruso de 1917) y la guerra popular prolongada (el “modelo” chino de guerra de guerrillas y de dualidad territorial de poderes). Las experiencias posteriores pueden, en buena medida, ser analizadas a partir de estos dos parámetros – desde las luchas de guerrilla de los movimientos de liberación nacional hasta las insurrecciones urbanas.

Pero no hay forma pura y la estrategia es reflexiva, evolucionando siempre: depende del periodo, de la correlación de fuerzas, de la situación nacional e internacional, de lo aprendido por el enemigo de las experiencias pasadas, etc. Ejemplos como los de las revoluciones cubana y nicaragüense, en 1959 y 1979, muestran que las dos hipótesis pueden combinarse. Y una tercera hipótesis emerge del debate de la experiencia chilena, con fuerzas radicales conquistando el gobierno a través de elecciones y teniendo, en consecuencia, que prepararse para enfrentar la contra-revolución (donde, por ejemplo, Allende fracasa en 1973, pero Chávez tiene éxito en 2002).

Como decimos más arriba, es necesario tener en cuenta que necesitamos de nuevas experiencias fundacionales de la lucha de clases, para poder formular más integralmente una estrategia socialista en la actual etapa. Sin embargo, creemos plausible que la lucha revolucionaria en la actualidad se parezca más a la hipótesis que emerge de la experiencia chilena (y, más actualmente, de la venezolana y boliviana), que de los modelos clásicos insurreccionales o guerrilleros, implausibles en sus formatos clásicos en este periodo de democracias parlamentarias consolidadas y Estados “hegemónicos”.

Esto no implica una ruptura con la tradición revolucionaria, sino una actualización y resignificación. El debate estratégico del siglo XX nos ha brindado lecciones y conclusiones duraderas. Las tesis del doble poder y la crisis revolucionaria de la tradición insurreccional que se remonta a Octubre (y a la Comuna de París, anteriormente), mantienen vigencia, en la medida en que el “doble poder” no se lo entienda de modo restrictivo a la manera soviética, es decir, exclusivamente como órganos de tipo consejista a distancia del Estado. En el mismo sentido, los debates posteriores a la revolución China (y, luego, vietnamita, argelina y cubana), sobre la crítica al “espontaneismo” en el terreno político-militar, mantienen vigencia, en la medida en que se diferencie de las derivas militaristas y foquistas de buena parte de las experiencias guerrilleras de los 60 y 70.

Los complejos escenarios del cambio social en la etapa actual exigen mantener abierta una hipótesis estratégica que incluya la articulación entre independencia programática y organizativa y la posibilidad de apoyos parciales a gobiernos de orientación antiimperialista que, sin lograr una ruptura total con la burguesía, favorezcan procesos de radicalización social y política. La combinación de fenómenos de auto-organización popular junto a la ocupación de posiciones en el marco de la democracia burguesa (y la inevitable confrontación consiguiente con la contra-revolución), pueden ser coordenadas posibles para un “guerra de posiciones” revolucionaria en las actuales condiciones sociales y políticas. En procesos de estas características es inevitable la relación tirante y compleja entre las direcciones políticas y gubernamentales, nacionalistas o reformistas, y los sectores revolucionarios que se proponen una ruptura decisiva con el Estado burgués. Una estrategia socialista, para ser tal, debe desarrollarse evitando un doble peligro: por un lado, el vanguardismo sectario que se desprende del desarrollo subjetivo y organizativo de los sectores populares; por el otro, la adaptación populista a la dirección de estos procesos.

Para seguir leyendo:

Daniel      Bensaïd:   El      retorno     de      la      cuestión     político-estratégica

Facundo Martín y Martín Mosquera, ¿Qué organización, para qué estrategia?,

Jose Correa, Programa, estrategia, sujeto: los desafíos de la revolución en el siglo XXI

Nicos Poulantzas, El Estado y la transición al socialismo (Entrevista)

Partido, frentes, movimientos, redes

Actualmente, a nivel organizativo, estamos obligados a avanzar en dos terrenos simultáneos, que pueden encontrar una complementariedad positiva. Por un lado, es necesario dar pasos firmes hacia una convergencia amplia de agrupaciones de base, movimientos sociales y corrientes políticas en torno a una nueva herramienta política, que evite los errores simétricos de la adaptación oportunista y el sectarismo basista, que aquejan a las jóvenes construcciones de la “izquierda social”. Actualmente existe un capital político y organizativo, aunque frágil e inestable, que podría cristalizar en un instrumento político de estas características. Por otro lado, es importante tener en cuenta que la construcción de un amplio frente social y político complementa y no sustituye la necesidad de conformar organizaciones políticas estratégicas, “retaguardias ideológicas” que impulsen la politización, la formación de cuadros integrales y que puedan tomar acciones por si mismas cuando fuera necesario. Es decir, ya no podemos postergar la tarea de construir una organización marxista revolucionaria, democrática, feminista, ecosocialista y libertaria que esté a la altura de nuestros sueños.

Esto implica comprometerse con la rehabilitación y reformulación en nuevas condiciones de lo que para buena parte del nuevo activismo sigue siendo la “bestia negra” de la política revolucionaria: la “forma-partido”. Como solía repetir Daniel Bensaïd:

“Una política sin partidos (como quiera que se llamen: movimiento, organización, etc.) termina, en la mayoría de los casos, en una política sin política: ya sea en un seguidismo sin objetivos a la espontaneidad de los movimientos sociales, o en la peor  forma de vanguardismo individualista elitista, o finalmente en una represión de lo político en favor de lo estético o lo ético” (Bensaïd, 2002).

Cuando hablamos de la “forma partido” o de organización política, pensamos especialmente en 1) la necesidad de centralización y representación democrática en la toma de decisiones y 2) el reconocimiento de que no existe, y probablemente no existirá nunca, la “unidad espontánea” de toda la clase en un único movimiento social basado en procedimientos de carácter consejista. Las actuales discusiones sobre la “forma-partido”, la crítica a la burocratización y el rechazo a la centralización, no son una novedad en el movimiento socialista. Más allá de lo abusivo de ciertas críticas, éstas señalan dificultades reales de la práctica política y puntos ciegos de la teoría marxista a atender cuidadosamente por parte de cualquier intento serio de renovar las aspiraciones emancipatorias. Es recurrente en la historia del movimiento obrero que en paralelo a la degeneración burocrática de organizaciones políticas o experiencias revolucionarias surjan como reacción concepciones ingenuas que, apelando a algún tipo de unificación espontánea de las luchas sociales, buscan volver superflua la mediación estrictamente política, esto es, el paso por estructuras representativas y lógicas centralistas. Cuando hablamos de rehabilitar la noción de partido no pretendemos volver a las peores formas del vanguardismo autoproclamatorio, sino que señalamos la necesidad de que la nueva izquierda anticapitalista termine de desembarazarse de los remanentes que aún le queden de espontaneísmo y horizontalismo despolitizantes.

El partido debe ser comprehendido como organización portadora de una memoria colectiva, hecha de experiencias de lucha, de asimilación de victorias y derrotas, como “operador estratégico”, que sepa actuar y tomar decisiones necesarias en los momentos de crisis aguda del capital, de revuelta social o de oportunidades decisivas.

Para seguir leyendo:

Daniel Bensaïd, Estrategia y partido

Jorge Sanmartino, Pasado y presente de la teoría socialista del partido

Tomás Callegari y Martín Mosquera, Una crítica de las “dos almas” de la teoría marxista del partido

Reforma y revolución en el socialismo de nuestro tiempo

La relación de las corrientes clasistas y revolucionarias con los sectores políticos reformistas, normalmente hegemónicos, obviamente no es una temática nueva sino que recorre las polémicas y la experiencia política de los movimientos socialistas desde sus orígenes. Más aún, este dilema se relaciona con la problemática estructural de la relación con las masas que, cuando empiezan a romper con las ilusiones del capitalismo “realmente existente”, caen con “naturalidad” en la pretensión de reducir sus injusticias y costos sociales a través de reformas parciales y sin rupturas ni convulsiones radicales.

No es posible resolver por anticipado la difícil cuestión de evitar los problemas simétricos del oportunismo y el sectarismo. Sólo en un desfiladero estrecho es que puede situarse una aspiración anticapitalista racional, que articule virtuosamente amplitud táctica y organizativa con firmeza estratégica. No hay fórmula universal, ni cerrojo programático, que nos inmunice a estos riesgos perpetuos de la estrategia socialista. Sin embargo, es posible establecer criterios hipotéticos y analizar diferentes procesos históricos.

Por un lado, es necesario comprender que la delimitación estratégica entre la reforma y la revolución no está grabada en mármol en los textos de una vez y para siempre. Ella se desplaza en función de las experiencias históricas. Depende de la lucha de clases, de la coyuntura nacional e internacional, de la formación social, de las relaciones de fuerza. La relación entre reformistas y revolucionarios, entonces, es la de una frontera móvil, lo cual se demuestra en todas las experiencias revolucionarias del siglo XX. Sin ir más lejos, los bolcheviques tenían, hasta abril de 1917, un programa de colaboración de clases con el gobierno provisional, basado en la tesis estratégica de la “dictadura democrática de obreros y campesinos” que iba a dar lugar a una república capitalista.

Por otro lado, hay que reconocer, como explica Daniel Bensaïd, que “las organizaciones reformistas no lo son por confusión, inconsecuencia o falta de voluntad. Expresan cristalizaciones sociales y materiales… Las direcciones reformistas pueden ser pues aliados políticos tácticos para contribuir a unificar a la clase. Pero, estratégicamente, siguen siendo enemigos en potencia. El frente único se propone crear condiciones que permitan romper con la mejor correlación de fuerzas con esas direcciones, en el momento de las opciones decisivas, y arrastrar a capas lo más amplias posibles de las masas”.

En esta tensión entre reconocer la “frontera móvil”, pero también que el reformismo expresa la cristalización de intereses sociales y materiales (de aparato, burocráticos, económicos), es donde se sitúa una experiencia no sectaria ni oportunista frente a las corrientes políticas reformistas y el reformismo espontáneo de las masas.

Para seguir leyendo:

Miguel      Romero,     El      origen      de      la      política      de      frente      único

Daniel Bensaïd, Estrategia y partido

Hacia un nuevo internacionalismo

Bajo la convicción de que el internacionalismo revolucionario es un principio anticapitalista fundamental, Democracia Socialista ha desarrollado relaciones fraternales y una experiencia conjunta con la IV Internacional (denominada en nuestro país, habitualmente, Secretariado Unificado de la IV Internacional). ¿En qué consiste hoy este agrupamiento internacional? ¿Qué valor tiene para nuestra corriente el desarrollo de esta relación internacional?

Para nuestro espacio político, formado en confrontación teórica y práctica con las tradiciones sectarias del trotskismo local, establecer un relacionamiento con la organización proveniente del tronco histórico de la vieja IV Internacional fundada por Trotsky (más específicamente, de la IV reunificada en 1963) puede resultar extraño. Sin embargo, esta extrañeza surge del desconocimiento de la realidad de esta modesta red de organizaciones revolucionarias a nivel internacional, y de su asimilación con las corrientes sectarias del trotskismo local.

Hoy “la Cuarta” no puede definirse como “trotskista” en ningún sentido familiar para nosotros. Sí reivindica la tradición anti burocrática, revolucionaria e internacionalista del trotskismo histórico, pero se la considera una identidad insuficiente para afrontar los procesos organizativos actuales. Durante sus últimos congresos mundiales, bajo la consigna de “nuevo periodo, nuevo programa, nuevo partido”, “la Cuarta” encaró un rearme teórico y programático que no tiene comparación con ninguna otra corriente política internacional. Las reflexiones sobre la democracia socialista, la incorporación del ecosocialismo como componente estratégico, la incorporación de las luchas de género y LGTBIQ, los debates estratégicos y los balances de las experiencias revolucionarias del siglo XX, la actualización de la teoría sobre el partido y las apuestas por construir “partidos amplios anticapitalistas”, conforman un bloque teórico-político inestimable en nuestro periodo histórico.

A su vez, a nivel organizativo, “la Cuarta” abandonó hace varias décadas la definición de Trotsky de “Partido mundial de la revolución socialista” y su pretensión de aplicar un centralismo democrático a nivel planetario, de una forma equivalente al centralismo de una organización nacional. Hoy la IV Internacional es un cuerpo federal, que no impone línea a sus secciones nacionales, y que da un lugar fundamental al respeto de las minorías y a la existencia de una cultura política pluralista y democrática. De este modo, es fácilmente identificable la existencia de debates públicos entre la mayoría de la Internacional y algunas de sus secciones nacionales (como es en el caso griego y la relación con SYRIZA), o al interior de un partido nacional (como son conocidos los fuertes debates internos del NPA francés). Por último, a nivel organizativo una definición central es la apuesta por la construcción de una nueva internacional anticapitalista de masas. Lejos de toda auto-proclamación, para la CI un nuevo polo internacional sólo puede surgir en base a nuevos eventos históricos y procesos fundacionales de la lucha de clases que permitan reagrupar, sobre una compresión común del periodo, a un conjunto de formaciones de diferentes orígenes: trotskistas de distinto tipo, libertarios, nacionalistas radicales, sindicalistas revolucionarios, reformistas de izquierda.

Consideramos que el patrimonio teórico y programático de “la Cuarta” constituyó una referencia ideológica decisiva para nuestra evolución hacia la “cuestión política” y el balance de la fase “social-movimientista” de la “nueva izquierda”. Esto está lejos de cualquier idealización o fetichización de esta corriente internacional. “La Cuarta” es un espacio amplio, con un vivo debate interno y débil organizativamente, por el momento. En cualquier caso, constituye, para nosotros, una relación internacional fecunda, productiva en términos prácticos y no excluyente con otras.

Para seguir leyendo:

Liam Mac Uaid, ¿Qué es la Cuarta Internacional en la actualidad?

Martín Mosquera, Recreando el proyecto socialista: nuevo periodo, nuevo programa, nuevo partido, en Bensaïd, Daniel, Trotskismos, Sylone, 2015.



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