En 1970 se conforma en Argentina el Frente de Liberación Homosexual, que se convirtió en una de las pocas voces de la época en denunciar la vinculación del sistema de opresión sexo-genérico con el capitalismo. Este frente conformado por organizaciones de diversas corrientes políticas y territorios, militantes expulsados de sus partidos y organizaciones por negarse a dejar su sexualidad en el ámbito privado y varios intelectuales destacados, tuvo una gran actividad durante su corto tiempo de existencia, publicando la revista Somos (primera de su tipo en América latina), boletines de agitación y propaganda y realizando medidas de acción directa como forma de denuncia y en pos de «la disputa por la opresión y la organización independiente de todxs lxs homosexuales para el cuestionamiento del sistema que lxs oprime» .

A continuación compartimos Sexo y Revolución texto publicado en 1973, conocido como el manifiesto del FLH, este texto realiza un cuestionamiento a la heteronorma como régimen político fuertemente ligado a la reproducción del sistema capitalista. Recuperar este texto no es solo retomar el cuestionamiento a un régimen reaccionario y a deconstruir la dicotomía que separa lo publico de lo privado, poniendo en primer plano que «El sexo mismo es una cuestión política», es también la recuperación de uno de los mas ricos antecedentes Argentinos de lucha contra el capitalismos y el Heteropatriarcado.

Manifiesto:
Debemos comenzar preguntándonos qué factores inherentes al ser humano como especie crean, mantienen y perpetúan el origen de la dominación. Porque si no tuviéramos en claro esos factores, nos resultaría imposible explicar por qué los seres humanos aceptan e incluso defienden la opresión a la que se los somete, que les quita desde su salud física hasta su libertad.

Siendo la característica del sistema de producción capitalista la producción para el beneficio de una clase dominante, es interés de esa clase el establecimiento lapidario de la dominación sobre el resto de los seres humanos. De este modo, los individuos son moldeados para ser dominados y/o para dominar, y esto se realiza a través de especificas y poderosos mecanismos sicológicos, mecanismos que en último término acaban sosteniendo y perpetuando ese orden de la dominación. Lo importante es entonces discernir los vínculos existentes entre la estructura de la explotación (extracción de plusvalía) y la ideología cotidiana que envuelve cada uno de esos actos, por mínimos que sean, de los individuos. Pues (y esto es necesario recalcarlo una vez más), en tanto que el sentido, el propósito y el eje del sistema de dominación es asegurar la explotación de la fuerza de trabajo en beneficio de una clase, todos los actos de todos los individuos están dirigidos hacia ese fin supremo. Ningún área del comportamiento individual puede escapar a esta sobredeterminación, pues entonces el individuo quedaría libre para poner en tela de juicio el sistema de dominación. Es por ello que todos los actos privados y todos los actos comunales de todos los individuos resultan ser actos que cumplen una función política.

Todo ser humano enfrenta, desde su nacimiento, a un grupo primario: la familia. ¿Qué significa la familia? A un ser como el humano, cuyo período de aprendizaje (infancia) es el más prolongado de la escala biológica, le es necesaria una agencia social específicamente encargada de orientarlo, ayudarlo y mantenerlo en ese proceso. Esto significa que la familia es una fábrica de seres humanos sociales. Ahora bien, en la medida en que un grupo social basado en la explotación necesita gente preadaptada para entrar en el proceso de producción alienada, la familia, sustentadora, debe convertirse en una agencia de-formadora. Se trata de una microsociedad que reproduce en almácigo el sistema que la nutre. La gastada afirmación de que “la familia es la base de la sociedad” adquiere plena validez: lo es porque reproduce todas sus características y porque es la agencia de producción de seres humanos condicionados al sistema. En la familia standard hay un detentar del poder, el macho, que, en la medida en que maneja el poder económico en la familia y el poder político en la sociedad, maneja por derecho propio el sistema de relaciones familiares y su extensión, las relaciones sociales. El objeto de su dominación es, en primer lugar, la mujer; y en segundo lugar, los hijos, que son el producto-mercancía de la fábrica familiar. El sentido último de la familia es producir seres que reemplacen a sus progenitores en sus tareas, inculcándoles antes los mecanismos de la dominación para que las realicen sin protesta. De tal manera se verifica y asegura en este nivel, al igual que en las demás escalas de la vida social, la dicotomía opresores/oprimidos.

Esta dominación no es sólo una cuestión teórica abstracta, sino que, como dijimos, preside todos los actos cotidianos. Se revela en esencia en el poder sexual del macho sobre la hembra en el coito. El coito deviene una institución estructurada culturalmente para la satisfacción del varón, que detenta toda la iniciativa, y que posee el derecho legítimo a gozar. Esta dominación en el coitoes en última instancia, en el terreno ideológico, la manifestación objetiva de la dominación de la mujer por el varón en la vida cotidiana. Así la mujer deviene un objeto de placer y de re-producción. Es necesario remarcar que el sistema le impone la obligación de realizar las tareas del hogar sin darle derecho a ninguna remuneración, lo cual desenmascara su verdadera situación: la esclavitud doméstica. La inserción de las mujeres al aparato productivo minó relativamente la autoridad del macho e inspiró exigencias a las mujeres. Sin embargo, las conquistas logradas por las mujeres no consiguieron alterar—hasta el momento—la esencia del sistema de dominación machista. De hecho, los varones siguen manejando los resortes básicos del proceso de producción, y continúan jugando el papel Protagonizo en el sexo. El núcleo de la opresión de la mujer, sigue, pues, intacto. Esta pareja de dominación, en la que la nueva igualdad es un “bluff”, se reproduce, tiene hijos, y se forma para ello. Los hijos son los objetos de la dominación paternal. El padre, que controla los ingresos, posee concomitantemente el poder de emitir órdenes inapelables, abonado por la falazideología de que el niño es un incapaz crónico sin poder ni derecho de elegir sus actos. Es un objeto de posesión de sus padres, situación sancionada por el concepto jurídico de patria potestad. La sexualidad infantil está negada explícitamente por la ideología del sistema; en tanto que, sin embargo, ella existe objetivamente, esta negación funciona en la práctica como una mutilación. ¿Cómo es realmente la sexualidad infantil? La sexualidad infantil muestra la variedad de impulsos de todo tipo y objeto que conforman la libido humana, y en este sentido, es el rostro más auténtico de la vida.
Lo real es que en la sexualidad, en la multiplicidad y riqueza de sus potencialidades está inscripto el primer atisbo de libertad que encontramos en la naturaleza, y es este enorme caudal de energía potencial de la libido lo que debe ser desviado hacia la meta social del trabajo enajenado. La castración de la sexualidad tiene como objetivo introducir la dominación característica del sistema en la mente misma, en su intimidad, a fin de “ablandar” al ser humano en campo fértil para la ideología del sistema y para el trabajo enajenado. Un ser humano que hace objeto de dominación a sus impulsos sexuales, no se extrañará de encontrar reprimidos y dominados en el mundo social; un ser humano que hace objeto de dominación a sus impulsos sexuales, está preparado para adoptar sin extrañeza el papel de dominador y/o dominado.

En el sistema de castas, los varones son educados en la dominación, y las mujeres en la sumisión. El individuo internaliza los mismos roles que encuentra en la familia: será el padre opresor si es macho, o la madre sumisa si es hembra. La figura autoritaria del padre es reproducida luego en la figura del policía, del patrón, del Estado, sostenedoras del sistema ante las que los individuos se inclinarán como ante el padre. Así, el esquema de dominación es traspasado fielmente al individuo a través de la familia. En el sistema de clases, cada cual recibe el entrenamiento según el sitio que le está predestinado. El hijo de burgueses es educado para mandar al proletariado y para obedecer a su vez a sus superiores jerárquicos. El hijo del proletario es educado para ser obrero, o sea, para obedecer al patrón—o eventualmente para intentar ser a su vez patrón—

La dominación de la libido (la sexualidad) culmina con su reducción a determinadas partes del cuerpo, los genitales. En realidad, todo el cuerpo es capaz de aportar al goce sexual, pero la sociedad de dominación necesita de la mayor cantidad de zonas del cuerpo posibles para adscribirlas al trabajo. La genitalización está destinada a quitar al cuerpo su función de reproductor de placer para convertirlo en instrumento de producción alienada, dejando a la sexualidad sólo lo indispensable para la reproducción. Es por eso que el sistema condena con especial severidad todas las formas de actividad sexual que no sean la introducción del pene en la vagina, llamándolas “perversiones”, desviaciones patológicas, etc. Para encadenar el ser humano al trabajo alienado es necesariomutilarlo reduciendo su sexualidad a los genitales.

Debemos recordar que estos procesos se dan dentro de un marco socio-económico específico caracterizado por la explotación. Las clases dominantes realizan un manejo muy particular de un proceso universal inherente al ser humano como especie: el libre desarrollo de la energía sexual y sus fines. Las clases dominantes conforman y estatuyen el proceso de socialización en vistas a su objetivo, la producción enajenada, convirtiéndolo en un proceso de transformación de la energía sexual libre en trabajo alienado.

Este esquema sexual ha perdido su característica rigidez del siglo anterior, y ello no es casual. A medida que el capitalismo se desgasta, a causa de sus propias contradicciones internas, van revelándose sus bases de miseria económica y sexual. Pero en la medida en que estas necesidades de libertad no son integradas a un planteo revolucionario explícito, es el mismo sistema el único que les da respuesta, manteniendo las mismas bases de la opresión sexual pero brindando satisfacciones ilusorias o sustitutivas. Así, por ejemplo, como respuesta a estas exigencias, el sistema produce y apaña una floreciente industria de la pornografía, que transforma al sujeto en espectador de sus propias fantasías sexuales, en lugar de convertirse en alegre actor de las mismas. ¿A quién beneficia la preservación de las pautas morales tradicionales? A las clases dominantes, las que aseguran así que los individuos sometidos a su imperio sufrirán un proceso de socialización (la “educación”) destinado a proporcionarles servidores dóciles en forma continuada.

Pero esta no es la totalidad del sistema de opresión machista. Aquellos individuos que no cumplen con el rol sexual establecido, los homosexuales, son vividos como un máximo peligro por este sistema, en tanto que no sólo lo desafían, sino que desmienten sus pretensiones de identificarse con el orden de la Naturaleza. La desexualización del cuerpo humano es obra de la cultura. En el caso del varón, ella multa el coito anal pasivo, la utilización del ano como zona sexual a pesar de que éste está rodeado de terminaciones nerviosas eróticas. También están fuertemente censuradas las tetillas masculinas, a pesar de ser áreas erógenas, por sus sola semejanza a la anatomía femenina. Pero esto importa aplicar categorías teológicas a la sexualidad humana, y es en tal intento donde debemos ver la enfermedad de la cultura. Si el sexo tiene alguna función es la de unir a los seres humanos en formas constantemente renovadas y creativas. Lo contrario significa reducir al sexo a una sola de sus posibilidades—la reproducción. Es por eso que la cultura machista necesita calificar a los homosexuales de “degenerados”, “enfermos”, “anormales”, “delincuentes”. En realidad, los homosexuales reivindican, de hecho, las posibilidades plásticas inherentes a la libido humana, que el sistema de dominación sexista se empeña en mutilar. Es el proceso de socialización alienado el que introduce la separación entre lo bueno y lo malo, la culpa y la mala conciencia. Esta desigual repartición de poder sexual en favor de los varones heterosexuales se refleja en una poderosa ideología (internalizada compulsivamente por los miembros de nuestra sociedad): quienes violan sus leyes—algunas escritas y otras no, pero totalmente efectivas y vigentes—no reciben sólo una sanción moral, que sería la culpa, sino que son penados a través del propio aparato represivo del Estado. Los homosexuales son los chivos emisarios de la represión sexual, sobre los cuales recaen los castigos más severos e inmediatos.

El Frente de Liberación Homosexual considera llegado el momento histórico de proponer y comenzar a realizar una revolución que, simultáneamente con las bases económicas y políticas del sistema, liquide sus bases ideológicas sexistas, teniendo en cuenta que, de lo contrario, el sistema de opresión se reproducirá automáticamente después de un proceso revolucionario que sólo altere las esferas política y económica. Nuestro Movimiento surge como una organización de homosexuales de ambos sexos que no están dispuestos a seguir soportando una situación de marginación y persecución por el solo hecho de ejercer una de las formas de la sexualidad. Como hemos pretendido demostrar, esta persecución tiene una raíz netamente política. El sexo mismo es una cuestión política. En esa medida, la liberación que postulamos no puede tener lugar dentro de un sistema económico de dominación, tal como lo es el capitalismo dependiente argentino.Pero partiendo de nuestra propia marginación, cuestionando desde allá a la sociedad sexista, llegamos a un cuestionamiento global de la sociedad. Los homosexuales somos un sector del pueblo que padece una forma de represión discriminada y específica originada en los intereses mismos del sistema, e internalizado por la mayoría de la población, incluso por algunos sectores pretendidamente revolucionarios. En ese sentido, permanecen intactas muchas de las formas del prejuicio antihomosexual, disfrazadas a veces de criticas políticas. Por ejemplo, se plantea a título de objeción que la homosexualidad es un producto del capitalismo decadente. Sin embargo, sociedades ni capitalistas ni decadentes, como la incaica la practicaron y alabaron.

Hemos visto ya, además, que la libido humana original no desdeña ninguna de sus posibilidades. Detrás de ese planteo se oculta la incapacidad para formular un orden nuevo, una cotidianeidad verdaderamente revolucionaria. Otra objeción es que el F.L.H. es un movimiento sectario, en tanto que no se integra a los movimientos de liberación política. La razón es muy simple: a nosotros, como a todos los marginados, no nos va a defender nadie, salvo nosotros mismos.

En realidad, el argumento es falaz: en los hechos quienes nos marginan son ellos. Algunos planteos tienden a considerar como contradictorio el hecho de que mientras postulemos la liberación sexual, nos organicemos como un grupo de homosexuales. Hacerlo de otro modo significaba disolver nuestra opresión específica, olvidando que sobre nosotros pesa una condena explícita. Los oprimidos específicamente por el sexismo en el seno de esta sociedad capitalista somos los homosexuales y las mujeres; y los varones heterosexuales adquieren objetivamente, socialmente hablando, el carácter de grupo opresor.

Por supuesto, este carácter de opresores no es elegido libremente por ellos sino que les es culturalmente impuesto por la sociedad de dominación.

Existe un evidente desfasaje entre la política como actividad externa, social, y la política como actividad privada, individual, interna. La ideología no es sólo una superestructura intelectual montada sobre las bases afectivas del ser humano, sino que esas bases afectivas están estructuradas en un sentido político desde la cuna por la sociedad en que el individuo nace. La política es algo que se ejerce en todos los momentos de la vida cotidiana y que se trasluce en todas nuestras elecciones, por ínfimas que sean. También por ende el cuestionamiento revolucionario de la sociedad de dominación debe extenderse a todas sus esferas de actividad. Una praxis revolucionaria que no ponga en tela de juicio la moral burguesa, la está aceptando objetivamente y perpetra por un lado lo que pretende destruir por el otro. La desintegración de la vida privada y la acción política posibilita además que muchas personas, después de largos períodos de militancia, sean recapturadas por la burguesía a través de la formación de una familia, de la construcción de un hogar y de la crianza de los hijos.

El F.L.H. es una organización no verticalista ni centralista de homosexuales—en la que también pueden participar los heterosexuales que renuncien a sus privilegios—que se ha abocado a la tarea de integrar las reivindicaciones específicas del sector homosexual al proceso revolucionario global. Es un movimiento anticapitalista, antiimperialista y antiautoritario, cuya contribución pretende ser el rescate para la liberación de una de las áreas a través de la cual se posibilita y sostiene la dominación de la mujer y el hombre por el hombre, en el convencimiento de que ninguna revolución es completa, y por lo tanto, exitosa, si no subvierte la estructura ideológica íntimamente internalizada por los miembros de la sociedad de dominación. Somos conscientes que el sistema maneja amplios sectores del pueblo valiéndose de la moral, o sea, de mentiras interesadas. Somos conscientes de que el pueblo mismo abandonará sus prejuicios, que constituyen una traba concreta para el desarrollo revolucionario, en la medida que nosotros, los homosexuales, formemos parte activa y militante de una lucha que es también nuestra. Llamamos a los homosexuales, a las mujeres, a los verdaderos revolucionarios a realizar el esfuerzo que supone cuestionar las pautas originadas en el sistema de explotación, a fin de recuperarnos a nosotros mismos como actores eficientes de una revolución sin retrocesos.